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Piqué selección, Piqué selección

El deporte ha perdido el valor identitario de antaño y los futbolistas no están constreñidos al voto de silencio

Gerard Piqué se explica en Las Rozas sobre su pertenencia a la selección española de fútbol.
Gerard Piqué se explica en Las Rozas sobre su pertenencia a la selección española de fútbol. EL PAÍS

Se reprodujeron en la noche del viernes en el Rico Pérez los abucheos a Piqué, reclamándose plebiscitariamente su expulsión del equipo nacional. Tendría sentido el exorcismo si no fuera porque el profesionalismo, el mestizaje y la irrupción de los atletas mercenarios han desdibujado las obligaciones patrióticas de antaño. No hace falta “sentir” La Roja como la piel de un miura para defenderla honestamente en un campo de fútbol. Ni se le puede constreñir a los jugadores a un voto de silencio o a un compromiso identitario. La selección no es un cuerpo militar ni sacerdotal, más allá de las alegorías metafísicas o castrenses que puedan esgrimirse en su genuina proyección metadeportiva.

Piqué sería un traidor, un futbolista infiltrado. Es la sinrazón por la que se le abuchea hasta en los entrenamientos, haciéndosele expiar sus posiciones políticas —temerarias en su propio buenismo lacrimal—, pero sobre todo exagerando la batalla iconoclasta de los sentimientos primarios y de sus correspondientes estandartes. Bien lo sabe el Barça —eso sí es grave— articulando un viejo eslogan de Salazar: Dios, patria y fútbol.

Nos preguntamos sobre la idoneidad de Piqué cuando el delantero centro de la selección ha sido tantas veces brasileño —Costa decidió renunciar a la canarinha— y cuando nuestro feliz equipo de baloncesto recurre a una estrella montenegrina, Mirotic, o aloja en el banquillo a un entrenador italiano. Sería impropio que reclamáramos a Scariolo emocionarse con nuestro himno. Hemos recurrido a él en cuanto profesional. Tan profesional que nos ha hecho tricampeones de Europa alineando entre sus filas a un pívot de Congo llamado Serge Ibaka.

Todavía sobrevive en la memoria de algunos el trance de su pintoresca naturalización porque se ocupó de anunciarla el ministro Blanco como quien convierte a un musulmán. Lo hizo cometiendo un divertido desliz: “Me enorgullece anunciar que hemos nacionalizado a Ikea”. Resultaba llamativo que un Gobierno socialista hubiera asimilado el imperio sueco del mueble, pero la aclaración inmediata de Blanco deshizo el malentendido. Y nos parecieron muy bien los rebotes de Ibaka, como nos entusiasmaron las proezas de Johann Mühlegg hasta que el escándalo del dopaje le despojó del seudónimo de Juanito.

Unos y otros antecedentes, multiplicados con la porosidad fronteriza del deporte —la selección catarí de balonmano la forman jugadores balcánicos—, deberían relativizar la aversión hacia los catalanes que anteponen una sublime experiencia deportiva —un Mundial, una Eurocopa— a unos deberes sentimentales con la patria. ¿Tiene sentido reclamarle a Guardiola la medalla de oro de Barcelona 92 y su contribución neuronal al tiki-taka?

Cuentan que Michael Robinson —puede que la anécdota sea apócrifa— se mofó del himno de Irlanda pensando que era el de Polonia. Siendo él inglés, le habían encontrado en Éire un remoto antepasado que justificaba su alineación con los irlandeses, pero no le dio tiempo ni a conocer el himno. “No te rías, que es el nuestro”, le observó un “compatriota”.

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