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Años noventa

Plaza ha hecho con esa película un artefacto matriusko del que no se sale indemne

Sandra Escacena, protagonista de 'Verónica', película de terror de Paco Plaza. Tráiler de la película.

Hay varias historias de terror en Verónica, la impresionante película de Paco Plaza inspirada en el Expediente Vallecas: el único atestado de la policía española que recoge fenómenos sin explicación en un domicilio de ese barrio madrileño. Es curioso porque solo días después de verla se empieza a pensar en todo lo que hay debajo del esqueleto principal, unas chicas haciendo una ouija que sale mal sin saber que cuando sale bien es peor. Por ejemplo, la soledad brutal de la protagonista, una niña de 15 años, huérfana de padre y ama de casa, que de repente ve cómo sus dos únicas amigas empiezan a pasar de ella; hay una pena delicadísima ahí, una tristeza de instituto que no da tiempo a sentir en la película, preocupados como estábamos por el diablo, pero en la que uno piensa después. Si la adolescencia en sí misma es un cuento de terror, una época llena de complejos y frustraciones, condicionada como ninguna otra por el reflejo que devolvemos a los demás, los que la pasamos en la España de principios de los noventa vimos ese terror multiplicado de una forma alegre y suicida. Si algo lo arreglaba eran los amigos, las tardes enteras echadas a perder con ellos; si algo lo podía arruinar para siempre era perderlos. Plaza ha hecho con esa película un artefacto matriusko del que no se sale indemne. Esa década fue exactamente eso, está retratada a la perfección: el ocultismo, el eclipse y nosotros en el patio viéndolo con negativos, Loquillo y Rock & Roll Star, el anuncio de Centella (que cantaba la liberación de la mujer porque ahora podría limpiar el polvo más rápido), las familias numerosas, una señora deslomada en un bar, los pijamas horrorosos, la loza y el interior de las casas (extrañé el gallo portugués del tiempo encima de la tele, igual era una cosa gallega), el cani con moto en la puerta del colegio: ha madurado y dejado los estudios. De eso y del aburrimiento, como tantas películas de terror —solo los aburridos quieren hablar con muertos y cuando aparece el monstruo ir hacia ellos: coge a los niños y sal de casa, alma de cántaro—, habla Verónica, que además es la primera película que se atreve a mostrar el calvario sufrido por los fans de Héroes del Silencio en esos años. De eso y de algo mucho más perturbador, que es el asunto de las cosas inexplicables que han tenido históricamente dos salidas posibles: psiquiátrico o muerte. Que la historia sea real y se cuelen las fotos del atestado asienta el miedo y desvía otra vez con inteligencia el foco: en realidad da mucho más miedo lo que podemos explicar, y explicamos, que lo que hay que dejar por imposible.

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