Trifulcas
Da igual hacia donde se vuelva uno, que encontrará razones para la vergüenza ajena


Era de esperar que el ambiente se enturbiara alrededor de los atentados de Cataluña. Al fin y al cabo, un país funciona como una especie de familia y aunque todos llegan con la mejor intención de no discutir al entierro o a la comunión o a la cena de Navidad, en cuanto sale la conversación no deseada, estallan las rencillas latentes. Y España tiene una conversación pendiente que incluye demasiados factores como para que los comensales se vuelvan a casa sin trifulca. Pese a que el asunto es deprimente no parece que otros países similares al nuestro puedan desligarse demasiado de estas rencillas. Lo que sí sería bueno es que no nos habituáramos a los estallidos de xenofobia ni a los prescriptores autoritarios ni consideráramos normales tantas salidas de tono que tienen una raíz bastante evidente en la pobreza mental, arraigada en una vida pública que ha expulsado la cultura y la inteligencia fuera de sus plazas públicas, ya sea el debate político, la programación de la tele o la mera importancia personal.
Da igual hacia donde se vuelva uno, que encontrará razones para la vergüenza ajena. Pero las más hirientes no pueden provenir del anonimato de las redes sociales o los desbarres de contertulios ni de los grupos más animosos en el barullo. Lo peor es lo que sale de bocas institucionales, que deberían esforzarse por respetar lo que representan más que por interpretarse delante del espejo como un adolescente tontaina. Así ha sucedido, de nuevo, con el alcalde de Alcorcón, un personaje que no incomoda a Cristina Cifuentes porque parece garantizarle un espectro de voto nutritivo en el radicalismo, pero que lleva demasiado tiempo bañando en lodo el nombre de su ciudad. Su ataque a la alcaldesa de Barcelona estaba no solo fuera de tiempo, sino de tono y sentido.
Lo irónico es que quien ahora exigía el corte de calles y las restricciones preventivas al tránsito en Barcelona, protagonizó en las pasadas Navidades la querella más tonta del año. Malgastó el tiempo y el dinero de los abogados de su ciudad en presentar un recurso contra las restricciones del tráfico que el Ayuntamiento de Madrid planificó en las fiestas y en los altos niveles de contaminación. Bajo el grito de nadie puede impedir la libertad de circulación de los coches privados fue protagonista durante semanas de una resistencia libertaria que los juzgados mandaron a la papelera por inconsistente, oportunista y zafia. Como ha ocurrido ahora a costa de las víctimas, nada importa si se puede sacar un rédito político. Alcorcón, ciudad de bello nombre mozárabe, merecería algo mejor para su representación colectiva.
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