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Mujeres poderosas y el ‘cine rompehuesos’

Miren las señoras actrices más a Bette Davis, Joan Crawford, Vera Miles, Maureen O'Hara o Helen Mirren, capaces con su presencia fílmica de conmocionar la sociedad que les rodea y menos a Schwarzie, Sly o Jet Li

Bette Davis en una escena de la película 'La Loba' de William Wyler.
Bette Davis en una escena de la película 'La Loba' de William Wyler. FILMAX

Wonder Woman (WW) y Atomic Blonde (AB) están disparando dos presunciones entusiastas: a) empieza una etapa de mujeres poderosas en el cine (Charlize Theron, protagonista de AB, tiene antecedentes, la Imperator Furiosa de Mad Max); b) El feminismo ha llegado por fin a las playas del cine de acción y ocupará todas las posiciones estratégicas de la producción en una blitzkrieg fulgurante y triunfal. Dos palabras antes de entrar en materia. Tanto WW como AB son artilugios prescindibles —mañosas fruslerías, diría el clásico—, igual que buena parte del cine comercial, construido sobre franquicias, violencia de esthéticienne e infografía. WW, de Patty Jenkins, replica con fidelidad perruna las mañas enfáticas de Zack Snyder, compuestas a base de peleas con posado y cámara lenta discrecional. AB sigue la otra vía canónica de Hollywood: coreografías violentas largas y bien medidas como esqueleto o soporte de un vacío dramático. Nada entre dos platos.

El cebo publicitario de las mujeres poderosas tiene más miga. Tal parece que la mujer poderosa es un invento genial del cine de hoy. Este adanismo es congruente con la ausencia de memoria (literaria, cinematográfica, pictórica, etcétera) entre el consumidor o espectador que explica el triunfo en los mercados del arte de cualquier idea vieja envuelta en celofán o palabrería barata. Reciclado oportunista. El cine clásico abunda en mujeres poderosas; pero en ese cine la imagen de poder estaba unida sin remisión a la calidad interpretativa de las actrices y a la excelencia de los papeles (guiones, argumentos) que debían representar. ¿Quieren una mujer poderosa? La Regina Giddens de La loba (interpretada por Bette Davis) es un ejemplo, excelso, eso sí, entre cientos. ¿Más? Pues ahí están Vienna (Joan Crawford) en Johnny Guitar o Emma Small (Mercedes McCambridge) en la misma película. ¿Prefieren alguna más joven? Pues Laurie (Vera Miles) en Centauros del desierto. Y si gusta más la comedia, la apabullante Susan Vance (Katharine Hepburn) en La fiera de mi niña, de Hawks, está a la altura. Entre muchas.

La presunción de feminismo en el cine de acción no supera la categoría de hipótesis epidérmica que los hechos no respaldan. Si por feminismo se entiende que el encadenado de mamporros que hasta ahora propinaban Schwarzenegger, Stallone o Statham ahora llevará la firma de Gal Gadot (una diosa pueril en WW) o la Theron, estaremos todos al cabo de una calle donde reza el cartel Mujeres neutralizadas. La confluencia de mujeres poderosas y cine de acción no es el camino que reivindicará a la mujer en el cine, salvo que todo el meollo de esta cuestión sea la equiparación salarial de las protagonistas con los héroes del actioner.

Miren las señoras actrices más a Bette Davis, Joan Crawford, Vera Miles, Maureen O’Hara o Helen Mirren, capaces con su presencia fílmica de conmocionar la sociedad que les rodea y menos a Schwarzie, Sly o Jet Li. La aportación de actrices poderosas, que las hay, al cine debería ir más allá de romper brazos o ejecutar exquisitos desnucamientos como sus colegas de productora.

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