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Terrazas

Agosto no tiene la culpa si no podemos dormir tranquilos. No es el calor ni la resaca, es la mala conciencia de todo un país encarnada en sus líderes

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno.
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno.

Después del testimonio de Rajoy durante una de las ramificaciones de la trama Correa, refulge aún más su capacidad para salir de los atolladeros más complicados. Tanto es así que en los días siguientes corrió a convocar una rueda de prensa donde participaba a los españoles de la buena marcha de la economía nacional. En lo que vino a ser el mensaje para recordar durante el mes de agosto, las cifras del paro se alzaron como la buena noticia de todas las buenas noticias. El detalle menor de que el último arreón de creación de empleo se basara nada menos que en un 50% únicamente en el sector hostelero no aguó la fiesta. Rumbo hacia una ciudadanía plena de camareros, daban ganas de ponerle al presidente una copa en su terraza mental. Pero si resulta cierto que España endereza su economía bien mereciera oscurecer con ese sol tantas y tantas sombras.

La principal de todas tiene que ver con la propia declaración de Rajoy como testigo. En su tan comentado estrado, entre concursante de tele y alguacil de juicio norteamericano, declaró alto y claro que jamás ha cobrado sobresueldos de la contabilidad extracontable de su partido y que las anotaciones de Bárcenas son falsas. Esta es una línea de defensa más que un testimonio, pero conviene no pasar por ella de puntillas. Porque en su día el propio partido presentó una querella contra el periódico que publicó los papeles de Bárcenas, pero la retiró cuando el tesorero corroboró que las anotaciones eran todas reales, los peritos lo reafirmaron y quien filtró las fotocopias lo corroboró. Esto nos conduce a un desconcierto absoluto y por más que anhelamos la estabilidad política, es imposible alcanzarla con una rueda de molino tan brutal pendiente de ser ingerida.

¿Qué va a ser de nosotros cuando termine agosto? Tenemos tantas páginas que pasar que a ratos nos sucede como a esos ansiosos lectores que nada más comprarse un libro ya se están leyendo el final para ver cómo acaba. Pero hay que ir por orden. Nos encantaría terminar de una vez con estas pesadillas, y otras ya eternizadas, calcificadas en el día a día del país. Pero no hay manera. Porque nos hacen trampas, porque no nos dicen la verdad, porque les puede la prisa por tapar el agujero antes de mirar lo que hay dentro y porque demasiados se ocupan tan solo de preservar su taburete de poder. Agosto no tiene la culpa si no podemos dormir tranquilos. No es el calor ni la resaca, es la mala conciencia de todo un país encarnada en sus líderes.

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