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Imposible comprar en domingo en Alemania

Empresarios, Iglesia y sindicatos pelean por la apertura de comercios en día de descanso

La ciudad de Berlín, Alemania
La ciudad de Berlín, Alemania

Un domingo en una ciudad alemana es lo más parecido al día después de una bomba nuclear. Los comercios están cerrados a cal y canto y los víveres apenas se consiguen en las estaciones de tren. Las costumbres, sin embargo, podrían empezar a cambiar incluso en Alemania, un país que venera el día de descanso. Acuciadas por el avance del comercio onliney por el cambio de patrones de consumo, los grandes comerciantes han lanzado una campaña con la que pretenden doblegar a dos sólidas instituciones del país: Iglesia y sindicatos.

La Constitución germana lo explica con claridad en su artículo 139: “El domingo y los días festivos reconocidos oficialmente quedarán protegidos por ley como días de descanso laboral y de recogimiento espiritual”. Luego cada Estado federado regula las excepciones. No es lo mismo Berlín o Hamburgo que la católica Baviera, donde ni siquiera pueden abrir los llamados domingos de rebajas.

Los empresarios sostienen que debe ser cada individuo y no una norma general quien decida si se compra o no en domingo. “Los clientes, los empleados y los comerciantes son lo suficientemente maduros para determinar qué quieren comprar o vender en domingo”, defendía recientemente Stephan Fanderl, el CEO de Karstadt, el Corte Inglés alemán. Ampliar el abanico de excepciones no va a ser fácil. En los últimos ocho años, los sindicatos han llevado a los tribunales más de un centenar de ordenanzas y casi siempre han ganado. La Iglesia está de su lado. Los fieles podrían acabar de compras en lugar de ir a misa. “La protección del domingo contribuye a la paz social, promociona el bien común y fortalece la cohesión social”, ha reaccionado la agrupación evangélica de trabajadores. “Los ciudadanos libres necesitan domingos libres”. Las resistencias pues son fuertes para los prósperos empresarios alemanes, capaces de exportar sus productos a medio mundo en grandes cantidades, pero incapaces de convencer a los suyos de los beneficios de la liberalización. De momento, con la Iglesia —y también con la Constitución— han topado.

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