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Coordinado por Fernando Casado
Desigualdad Urbana

Reflexiones sobre la desigualdad urbana

El papel de las ciudades generando crecimiento inclusivo

Niños saliendo de los tugurios de Llaje-Bariga para ir al colegio. Lagos, 2017.
Niños saliendo de los tugurios de Llaje-Bariga para ir al colegio. Lagos, 2017. Pius Utomi Expei (AFP)
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Nunca en la historia se ha generado y acumulado tanta riqueza como en las últimas décadas. De igual forma, nunca en la historia se ha reducido tanto la pobreza extrema (un 35 % desde 1990, que representa más de 750 millones de personas) ni tanta gente ha ascendido a ser parte de la clase media. Son buenas noticias, sin lugar a dudas. Aunque curiosamente, tampoco nunca se había acentuado tanto la desigualdad entre personas. Según el último informe de ONU Hábitat sobre ciudades, la desigualdad es mayor ahora que hace 25 años y se estima que más de dos tercios de la población mundial viven en ciudades donde las desigualdades en el ingreso se incrementaron desde 1980.

Por lo tanto, vivimos en un mundo más rico, si, pero más desigual. Ello abre el eterno dilema sobre la gestión de ciudades entre crecimiento económico y desigualdad.

Simon Kuznet, premio Nobel de economía en 1971, ya avisó de que el debate de la desigualdad se ve afectado por la gran confusión en las definiciones, invitando a diferenciar "entre cantidad y calidad del crecimiento económico, analizando sus costes y beneficios a corto y largo plazo". Amartya Sen, Nobel en 1998, avisaba de que la desigualdad se debería "definir más por el acceso al bienestar que por la igualdad de los ingresos" y Joseph Stiglitz, Nobel del 2000, señalaba que el alto precio de la desigualdad nos obligará a escoger entre política o economía.

Las ciudades han demostrado ser centros de innovación que cristalizan nuevas ideas. La alta densidad de personas facilita el crecimiento económico y fomenta el intercambio, potenciando la cocreación de modelos económicos y procesos de participación democrática. Pero la densidad también acelera la desigualdad, aumentando la presión sobre el entorno, dificultando el acceso a servicios básicos y en muchos casos, disminuyendo la calidad de vida de sus habitantes.

Obviamente, el crecimiento económico es fundamental para el desarrollo de ciudades, pero igualmente importante es entender qué tipo de crecimiento necesita cada ciudad, y sobre todo, la capacidad que tiene ese crecimiento de ofrecer diferentes oportunidades a sus ciudadanos.

Por lo tanto, a la hora de proponer modelos de desarrollo urbano apropiados es importante desmitificar ciertas hipótesis para poder adoptar una relación coherente entre desigualdad, crecimiento y desarrollo urbano sostenible.

Por ejemplo, en muchos casos coincide que las ciudades que generan más riqueza generan también más desigualdad. Es el caso de grandes ciudades estadounidenses, que tienen los productos interiores brutos más altos del país, y a su vez, son las que tienen los niveles de desigualdad más altos, como por ejemplo Atlanta, Nueva York, Nueva Orleans, Los Ángeles o Miami.

En España sucede algo similar. Un estudio de la Fundación Fedea reflejaba que los municipios donde la renta personal es más alta (Alcobendas, San Cugat del Valles, Madrid, Barcelona, Valencia…) corresponde con las ciudades de mayor desigualdad, poniendo en evidencia que el crecimiento económico no siempre lleva a la reducción de la desigualdad.

La desigualdad en las grandes ciudades se ha tendido a tolerar, en parte, justificada por cierta ideología neoliberal, así como por el mito de la ventaja urbana.

Varios economistas liberales, como el precursor del libre comercio Milton Friedman, justificaban altos niveles de desigualdad cuando se combinan con oportunidades de movilidad social. Asimismo, el Banco Mundial afirmaba que una sociedad necesita cierto nivel de desigualdad para proporcionar incentivos al trabajo y la inversión. Max Weber profundizó en estas caracterizaciones, clasificando las diferencias de desigualdad en la sociedad en función de “méritos” y “culpas”: la riqueza aparece como el resultado del trabajo duro y el mérito de la habilidad individual en aprovechar las oportunidades; y en cambio, la pobreza se concibe como el producto de la pereza y la culpa por desaprovecharlas.

Por otro lado, el concepto de la ventaja urbana asume que existen ciertos beneficios innatos derivados de estar en la urbe en comparación a la vida rural. Sin embargo, se ha demostrado que no siempre suele ser cierto. Un estudio reciente de UNICEF analizaba la situación señalando que en algunos casos los niños urbanos se encuentran en desventaja y carecen de acceso a educación superior, servicios de salud u otros beneficios de los que disfrutan los niños y niñas de zonas rurales. Según el informe, "en Benin, Pakistán y la República Bolivariana de Venezuela, por ejemplo, las disparidades en materia de educación entre el 20% más rico de la población y el 20% más pobre son mayores en las zonas urbanas que en las rurales y los niños de las familias urbanas más pobres no solo tienden a cursar menos años de estudios que los de las familias urbanas más ricas sino también que los hijos de las familias rurales más pobres".

Por lo tanto, es preciso ser consciente de que las ciudades pueden crecer sin generar mayores desigualdades y convertirse así en lugares de oportunidad y prosperidad compartida. Pero cualquier crecimiento no vale. Y el crecimiento por sí solo tampoco. Si por un lado se requieren modelos de crecimiento sostenible respetuosos con los recursos y las capacidades del ecosistema urbano, por el otro se han de complementar políticas públicas retributivas que aseguran el acceso equitativo a oportunidades.

Ejemplos de ello, como muestra el estudio de la OCDE Haciendo que las Ciudades Trabajen para Todos, son la prioridad de políticas orientadas a mejorar el acceso a la educación poniendo énfasis en las comunidades más vulnerables de bajos ingresos; mejorar la inversión en la educación en la niñez; invertir en capacitación de adultos y emprendimiento para fomentar la creación de empleo; o mejorar la adjudicación de subvenciones a la vivienda para que el acceso sea más equitativo y promueva barrios con niveles de ingresos mixtos. Por ello, se concluye que los niveles de desigualdad actual no son derivados por falta de crecimiento económico, sino tolerados por falta voluntad política.

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