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Ahora toca la tarea de liquidar las discordias

Los socialistas necesitan reconstruir el partido para embarcarse en la tarea de conquistar el poder

Juan Negrín, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, el general Miaja y El Campesino, en Alcalá de Henares durante la guerra.
Juan Negrín, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, el general Miaja y El Campesino, en Alcalá de Henares durante la guerra.

Se celebraron las primarias en el Partido Socialista y ganó Pedro Sánchez, pero no han terminado las discordias entre unos y otros, queda la herida, se mantienen vivos los desacuerdos. No es nada nuevo en la historia del PSOE, y si la experiencia sirviera de algo, lo único que recomendaría es bajar cuanto antes las armas para coger de inmediato la aguja y el hilo. Y comenzar a coser.

Fue durante la Guerra Civil donde a menudo estallaron conflictos de la más diversa índole entre distintos líderes socialistas. Hubo varias facciones dentro del PSOE cuando lo que resultaba más necesario entonces (como ahora) es que el partido trabajara unido, y se produjeron enfrentamientos que levantaron ampollas, provocaron desajustes, incomprensiones, afanes de venganza. Largo Caballero, Prieto, Negrín, Besteiro (por citar algunos de los nombres más relevantes): todos ellos entendieron lo que pasaba de forma distinta, y no consiguieron establecer el marco apropiado para que sus diferencias ayudaran a sumar y no, como ocurrió tantas veces, sirvieran solo para restar fuerzas y debilitar a la República frente al avance de sus enemigos. Claro que no era fácil encontrar la fórmula para sumar voluntades e ideas, pero no había otra. Y, sin embargo, fracasaron.

Poco después de terminada la guerra, en mayo de 1939, el jefe de Gobierno de la República, Juan Negrín, intentó acercarse al que había sido su ministro de Guerra, Indalecio Prieto, para limar asperezas y cerrar de una vez una de las mayores crisis que padeció, no ya el Partido Socialista, sino el bando republicano cuando lo relevó de sus responsabilidades. Se cruzaron unas cuantas cartas que siguen produciendo escalofríos y que muestran los complicados recovecos de sus graves diferencias.

“Su moral decaída impedía que su capacidad singular y su actividad prodigiosa dieran un rendimiento positivo y su indiscreta incontinencia nos llevaba a la catástrofe”, le escribe Negrín para explicarle las razones que lo empujaron a prescindir de sus servicios. Prieto le contesta: “Se atreve usted a formular semejante supuesto tras haberse producido bajo su mando la gigantesca hecatombe, y (...) el final más desastroso que pudo haber tenido nuestra guerra, el que nunca llegamos a imaginar los tildados de pesimistas”.

Cuando todavía el dolor por la derrota sangraba por todos los poros, aquellas inmensas figuras se aplicaban a darse de garrotazos. Lo hicieron en privado, pero basta asomarse a sus palabras para adivinar el inmenso abismo que los fracturaba. Y que fracturó al partido durante décadas.

Hoy el PSOE corre el peligro de volver a ensimismarse en sus batallas y de repetir como una ridícula farsa lo que fue durante la guerra un trágico desencuentro. Aquello de aprender de la historia para no caer en el mismo error no sirve nunca (las circunstancias de hoy no pueden compararse a las de ningún ayer). Pero sí hay margen para aprender una única cosa, que el PSOE se la está jugando y que la desunión es el camino más directo al mayor de los fracasos.

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