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Cómo descubrí que mi pareja me engañó y cómo reaccioné. 20 confesiones

El 30 % de los españoles confiesa ser infiel. Al resto le toca averiguarlo y, lo más duro, asimilarlo

Mi pareja de engaña
Retrato robot del hombre infiel: 43 años, casado y con poder adquisitivo medio-alto. En la imagen, Billy Crystal y Meg Ryan en 'Cuando Harry encontró a Sally' (1989).

“¿Cómo pudiste hacerme esto a mí? Yo que te hubiera querido hasta el fin. Sé que te arrepentirás”. La celebérrima canción de Alaska y Dinarama caricaturiza muy bien la furia y la sed de venganza que embargan a una persona cuando descubre que su pareja le ha sido infiel. Algo cada vez más común si atendemos al reciente estudio realizado por el instituto IPSOS, según el cual un 30 % de la población española es infiel, cosa que nos otorga el dudoso honor de estar a la cabeza de Europa en esta materia.

Según datos facilitados por la web de contactos Ashley Madison, el retrato robot del hombre infiel corresponde a alguien de 43 años, casado, con poder adquisitivo medio-alto y, de profesión, empresario, directivo, médico o abogado. En cuanto a la mujer, tiene una edad media de 34 años, en el 67 % de los casos está casada y trabaja como administrativa, maestra, directiva o ama de casa. Los porcentajes de infidelidad entre ambos sexos son los siguientes: un 35 % de ellos y un 26 % de ellas reconocen haber echado, al menos, una cana al aire.

El 72 % de los hombres considera que la infidelidad sexual es peor que la infidelidad emocional, mientras que el 69 % de las mujeres encuentra la emocional más grave

Se trata, el de la infidelidad, de un tema espinoso donde existe una doble moral. Según el citado estudio de IPSOS, la inmensa mayoría de la población (83 %) cree que es posible serle fiel a la misma persona toda la vida, mientras que un 65 % considera que es factible estar enamorado de dos personas al mismo tiempo. ¿Cómo puede darse tamaña contradicción?

Esteban Cañamares, psicólogo clínico y autor del libro ¿Por qué le es infiel? (Editorial Amat), nos cuenta cómo la contradicción atiende a profundas razones antropológicas: “Por un lado somos seres curiosos que buscamos aventuras y nuevas formas de amar, pero como primates necesitamos estabilidad emocional. Son dos tendencias contrapuestas que habitan en nuestro interior. Esto se soluciona con la ley del embudo: buscamos ser atractivos y seducir a nuevas personas, pero al mismo tiempo queremos que nuestra pareja nos sea fiel. Una de las consecuencias de esto es que alrededor de un 13 % de los hijos no son de sus padres oficiales”.

Está claro que todo es muy divertido mientras uno mantiene sus infidelidades en secreto. Pero los problemas crecen cuando nuestra pareja nos descubre. El doctor Cañamares asegura que al infiel se le suele pillar “por un descuido o una incongruencia que provoca que la pareja engañada tire del hilo”.

"Una infidelidad es un buen momento para revisar a fondo a la pareja: el estado de las relaciones sexuales, la relación con las amistades y con la familia política…"

En cuanto a las reacciones, el psicólogo se lamenta de que, por regla general, sean desproporcionadas: “La mayoría explota en ira, aborda al infiel en caliente y monta una historia de buenos y malos. En realidad se debe hacer lo contrario: templarse, reflexionar y preguntarse si la infidelidad es puntual o sistemática, para dilucidar si se va a repetir o no”. Sobre este punto, un estudio de la red de encuentros extraconyugales Gleeden demuestra que un 16 % de los adúlteros repitió su experiencia antes de pasar dos meses del primer engaño y un 21 % antes de los 6 meses de empezar su vida de infiel.

La reacción de la persona engañada será más o menos colérica en función de diferentes factores, como pueden ser el carácter o el género, y del móvil de la infidelidad: no es lo mismo ser infiel por amor que hacerlo por placer. Según una encuesta de la web de aventuras extramaritales Victoria Milan, el 72 % de los hombres considera que la infidelidad sexual es peor que la infidelidad emocional, mientras que el 69 % de las mujeres encuentra la infidelidad emocional como algo mucho más grave y difícil de olvidar.

Una vez asimilada la realidad, llega el gran dilema: ¿perdonar o no perdonar? Esteban Cañamares: “Esa pregunta hay que responderla según lo que nos diga nuestro cerebro y, sobre todo, nuestro corazón. Pero es un buen momento para revisar a fondo todos los aspectos de la pareja: el estado de las relaciones sexuales, la relación con las amistades y con la familia política… Para ello, la ayuda profesional puede resultar muy positiva, sobre todo para analizar el problema desde fuera”.

Y eso es lo que vamos a hacer a continuación. Analizar flagrantes infidelidades. Daremos voz a veinte individuos, tanto hombres como mujeres, para que nos cuenten cómo descubrieron que los estaban engañando y cuál fue su reacción al enterarse. Será una catarsis para ellos, una interesante lección sobre la condición humana en general y sobre las relaciones de pareja en particular. Los apellidos no se desvelan por deseo de los participantes.

1. Esteban (fotógrafo, 32 años): “Mi novia llevaba meses siéndome infiel con su jefe. Lo descubrí porque un amigo los vio en un restaurante. Al enterarme, monté en cólera y a punto estuve de cometer un disparate, pero por suerte el amigo que me lo contó me paró los pies y me hizo entrar en razón. Lo mejor que podía hacer era olvidarme”.

2. Carolina (secretaria de dirección, 29 años): “Me envió por guasap un mensaje: ‘En un rato te veo en el hotel'. El mensaje no era para mí, que estaba en casa con fiebre, sino para otra chica. Lo primero que hice fue estrellar el móvil contra la pared y gritar. Al volver a casa me encaré con él y me contó todo. Dijo que esa chica no era importante para él, que me quería a mí. Me enfadé mucho. Pero reflexioné y le perdoné. Han pasado unos años y creo que aquel episodio incluso nos ha reforzado como pareja”.

3. Raquel (ama de casa, 45 años): “No lo descubrí de repente. Fueron un montón de pequeñas cosas, porque mi marido nunca ha sido un tío cuidadoso. Lo mismo me llegaba a casa oliendo a un perfume femenino que no era el mío, que encontraba pelos rubios en su ropa interior, cuando yo soy morena… Durante años hice la vista gorda y me tragué la bilis, porque por lo demás él es buen marido y buen padre. Pero la venganza es un plato que se sirve frío, y ahora soy yo la que tiene un amante”.

4. Jorge (electricista, 38 años): “Me dijo que estaba en un viaje de trabajo en Cuenca. Como pensé que se aburriría en el hotel, le pedí que hiciéramos un poco de sexting, intercambiando fotos eróticas. Me envió una en la que salía medio desnuda. Al fondo, sobre la cama, se veía claramente un calzoncillo. El shock fue tremendo. Le escribí: 'No hace falta que vuelvas. Quédate en Cuenca con tu amigo y su calzoncillo'. Acto seguido, me fui al cine a ver una película cualquiera: necesitaba estar a oscuras y desfogarme”.

5. Marta (galerista, 41 años): “Hacía tiempo que mi marido y yo no hacíamos el amor. Primero lo achaqué a que se había quedado en paro y estaba deprimido. Pero luego empecé a notar, al llegar a casa de trabajar, como un olor a sexo o a perfumes extraños. Muy mosqueada, escondí una pequeña cámara en la lámpara y vi con mis propios ojos que, efectivamente, mi marido me estaba engañando… ¡con otro hombre! Mi venganza fue ponerle el vídeo y obligarlo a enfrentarse a su infidelidad. Él se enfadó mucho y amenazó con denunciarme por haberlo espiado. En fin...”.

6. Rafael (administrativo, 50 años): “Mi mujer es mucho más joven que yo, y siempre tuve la paranoia de que antes o después me engañaría. Mis sospechas aumentaron cuando empezó a ir de compras casi a diario. Para saber lo que pasaba, me instalé una aplicación para entrar en su WhatsApp. Así pude comprobar que un tal Carlos le escribía todo el rato: le decía 'lo bien que lo pasamos esta noche', ella contestaba que 'a ver si me puedo escapar mañana'. Cuando me calmé, la llamé y le dije que tenía 24 horas para recoger sus cosas o las tiraría por la ventana”.

7. Julia (empresaria, 38 años): “Un día apareció en mi casa una chica y va y me dice que es la amante de mi pareja. Casi me da un telele. Lo primero que hice fue echarla de casa. Luego lloré a mares. Llamé a mi novio y le pedí explicaciones. Me dijo que la chica estaba desequilibrada, que, lo reconocía, habían tenido un lío, pero que ya se había acabado y ella no lo aceptaba. Decidí perdonarlo, más que por él, por nuestro hijo. Pasó hace tres meses. Todavía no sé si lo superaremos”.

8. Fernando (escritor, 41 años). “No soy un hombre posesivo; de hecho, es mi novia la que siempre ha sido más celosa. Por eso es paradójico que fuera ella la que me engañara. Me lo confesó llorando una tarde de mayo. Según me juró, fue un desliz: conoció a un hombre cuando yo estaba encerrado escribiendo una novela y ella se sentía sola. Aunque no es plato de gusto, no dramaticé. La abracé y le dije que la perdonaba si prometía no hacerlo más”.

9. Patricia (peluquera, 33 años): “Mi novio me fue infiel con mi hermana. Nunca se lo perdonaré. Ni a él ni a ella. Y lo peor de todo es que los pillé con las manos en la masa. Me dolía el estómago, llegué a casa varias horas antes de lo previsto y allí estaban...  ¿Qué cómo reaccioné? Llorando y vomitando como una loca. Me tuvieron que llevar a urgencias”.

10. Ernesto (florista, 38 años): “Mi chica empezó a trabajar con su ex y acabaron en la cama. Yo ya me lo temía, porque esa relación la marcó y creo que nunca llegó a superarla. Pero fue un golpe bajo. Me enteré por él, de una forma horrible. Me lo encontré en un bar, borracho, y me lo dijo: llevaba meses acostándose con mi mujer. En ese momento ella estaba de viaje. Cuando volvió se encontró sus cosas en la puerta, metidas en bolsas de basura”.

11. Laura (camarera, 32 años): “Me enteré porque usamos el mismo portátil para ver pelis y él, que es muy despistado, se dejó su correo abierto. No es que yo anduviera espiándolo, pero al ver la bandeja de entrada me dio por echar un ojo y vi un montón de mensajes de una tal Mónica. Cuando los leí me quedé en shock. No sabía que mi novio, que conmigo era un santo varón, tenía tanta imaginación erótica. Me entró tal ataque de nervios que me puse a contestar los correos uno por uno, poniendo todos los insultos que sabía y hasta alguno inventado. Ella nunca contestó”.

12. Esther (traductora, 39 años): “Me enteré de la forma más dolorosa posible: ¡los vi en plena en plena calle! ¿Mi reacción? Liarme a bolsazos con ellos. ¿Qué quieres? No iba a darles unas palmaditas en la espalda”.

13. Gerardo (pinchadiscos, 45 años): “Mi chica empezó a llegar a horas intempestivas y a meterse corriendo en la ducha, supuestamente porque venía cansada y quería relajarse. Me sonó tan raro que contraté a un detective privado. No gano mucho dinero y me costó un ojo de la cara, pero valió la pena: me trajo unas fotos en las que aparecía con un hombre. Me fui a casa con las fotos y, como ella no estaba, colgué todas las fotos en la pared con chinchetas. Luego cogí mis cosas y me mudé a casa de un amigo”.

14. Sandra (abogada, 43 años): “Mi novio, que antes era el hombre más casero del mundo, empezó a salir de noche dos o tres veces por semana. Que si se iba al fútbol, que si se iba al cine con unos amigos… Un día le seguí. Le vi entrar en un hotel. Pregunté en recepción el número de habitación y comprobé que ni siquiera se había registrado con nombre falso. No monté escándalos. Sólo llamé a la puerta, me abrió una chica en albornoz, pregunté por mi marido y le dije que se podía quedar en el hotel el tiempo que quisiera, pero que a casa no volviera nunca más”.

15. Miguel (taxista, 48 años): “Por mi trabajo paso mucho tiempo fuera de casa. Empecé a sospechar algo por una insinuación que me hizo un vecino. Tras espiarla durante varios días comprobé que me estaba siendo infiel. Estuve conduciendo toda la noche, sin coger clientes, para relajarme. Cuando llegué a casa, se lo dije. Hizo las maletas y se fue. No nos hemos vuelto a ver”.

16. Rosa (dependienta, 26 años): “Me enteré porque le operaron y pasó varias semanas en el hospital. Un día se presentó en el hospital una chica con un ramo de flores. No me preguntes cómo lo supe, pero nada más verla supe que era su amante. Intuición femenina. No hice nada, me quedé paralizada, congelada. No supe reaccionar. Luego me encerré en el baño y pegué un grito que se oyó en todo el hospital”.

17. Pedro (profesor, 40 años): “Fui el último en enterarme. Mi pareja llevaba diez años viéndose a escondidas con otro hombre. ¡Diez años! Un día se lo dije a las claras. Ella lo negó ese día. A la semana siguiente me pidió perdón, dijo que era verdad y que se marchaba con él. Cogí algunos de mis ahorros y me fui un mes de viaje por el mundo. Conocí a una chica danesa y acabamos de tener nuestro primer hijo”.

18. Beatriz (pintora, 46 años): “A mi marido no le sentó nada bien la crisis de los cuarenta: no dejaba de mirar a mis amigas, a las chicas de la calle… Empecé a pensar que estaba siendo infiel. Decidí ponerlo a prueba y me abrí un perfil falso en Facebook, puse una foto falsa y tenté a mi marido, a ver qué pasaba. Y pasó lo que pasó. Que intentó seducirme. Le seguí la corriente y concertamos una cita en un hotel. Tenías que haber visto la cara que puso al llegar y verme allí. No pude evitar partirme de risa. Reír por no llorar”.

19. Gonzalo (militar, 37 años): “Lo creas o no, descubrí que mi novia me engañaba porque lo soñé. Estaba un poco mosqueado y un día tuve un sueño muy real. Investigué un poco y lo descubrí. Me pillé un buen cabreo. Para evitar hacer una locura me fui al campo. Allí grité y lloré. Después, llamé a mi novia y le dije que no tenía sentido seguir”.

20. Eugenia (masajista, 31 años): “La primera pista fue una foto de Facebook que una chica publicó en su cuenta, etiquetando a mi novio. Salían muy cariñosos. Al preguntarle a mi novio quién era, se puso colorado y contestó: 'Nadie, una conocida, una amiga de un amigo'. Al día siguiente había desaparecido la foto. Me pareció raro. En cuanto pude, me puse a cotillear su móvil. Y encontré varios selfies de los dos. Me bebí media botella de ron, me fui a la discoteca más cercana y me lié con el primero que me tiró los tejos”.

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