LA PUNTA DE LA LENGUA
Columna
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'Dress code' sale de fiesta

La palabra “etiqueta” ya figuraba en el primer diccionario académico, y luego se llamó “etiquetero” al que gastaba cumplimientos excesivos

Eva Vázquez

Las invitaciones de cierto relumbrón a homenajes, fiestas o entregas de premios con gente de alto copete hacen constar ahora el dress code; escrito así, en inglés. Como si en español no hubiera palabras para traducir ni dress (traje, vestido, vestimenta, indumentaria, atavío…) ni code (código, regla, norma…).

El dress code es por tanto el vestuario, la forma de vestir, la ropa que se ha de llevar a un acto social; la “etiqueta” que, introducida aquí por los borgoñas (siglo XII), ya figuraba en el primer diccionario académico (1732) con este texto: “Ceremonial de los estilos, usos y costumbres que se deben observar y guardar en las casas reales”. Con el tiempo, la etiqueta se extendería a cualquier fiesta de cierta formalidad; hasta el punto de que se llamó “etiquetero” al que gastaba cumplimientos excesivos.

Pues bien, si hace siglos que se organizan actos sociales a los que cientos de invitados acuden vestidos conforme a lo que se espera de ellos, ¿cómo es posible que hasta descubrir lo del dress code no supiesen cómo indicar eso en las invitaciones y que sin embargo todos los asistentes cumplieran el protocolo?

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Una de las razones puede radicar en que antes no se mencionaba ni dress code ni nada que se le pareciese. Las invitaciones solían poner: “Caballeros, traje y corbata; señoras, vestido largo” (por ejemplo). Sin más. Ahora, en cambio, a todo eso le precede el aviso dress code, como si hiciera falta para comprender el mensaje. Si ya se dice “caballeros, traje y corbata; señoras, vestido largo”, todos sabrán que ésa es la ropa recomendada por el anfitrión para que no desentonen. Añadir dress code es no añadir nada.

Algo parecido sucedió hace años cuando se empezó a incluir en las tarjetas de visita el correo electrónico. Se indicaba en muchas de ellas: “e-mail: fulanodetal@menganasa.com”. Pero ya quedaba claro que eso era un e-mail, con su arroba y su canesú. Antes de inventarse el cibercorreo, en las tarjetas se escribía la dirección de la persona sin que se pusiera delante “dirección postal”. Si se leía “Andrés Martínez Zatorre, nº 3”, ya entendíamos que era una dirección postal. Pues igual de innecesario resultaba eso de aclarar que se trata de un e-mail.

Entonces, ¿se escriben esos anglicismos para mejorar la comunicación sobre una fiesta a la que se nos convoca o sobre el correo que alguien nos facilita? No. Estamos una vez más ante un lenguaje que no pretende significar, sino connotar. Porque si se indica “caballeros con esmoquin, señoras con pamela”, cualquiera con dos dedos de frente (aunque los tape la pamela) sabe que se está señalando cómo ha de ir uno vestido al acto. ¿A qué viene, pues, añadir entonces e-mail antes, y dress code ahora?

Pues viene a lo mismo que el novísimo save the date (o “reserve la fecha”) que se escribe en el asunto de un mensaje para darse pisto al avisar a alguien con tiempo de que tal acto se va a celebrar tal día. Porque con ese save the date se dice también lo que cualquiera ya deduce al leer la invitación. Si usted ha recibido la convocatoria, entenderá que quien la remite desea contar con su presencia y, por tanto, se lo comunica con cierto margen. Si no quisiera que acudiese, no le invitaría.

Así que cuando se escribe e-mail, dress code o save the date de forma innecesaria, alguien se está tirando el folio. Pero oiga: si le ha invitado a su fiesta, tampoco vaya a protestar por esto.

Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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