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La "suerte" de Espinar

El apoyo de Iglesias recuerda el penoso patrón de resistir a toda costa y culpar a los medios

Ramón Espinar (izquierda) felicita a Pablo Iglesias por su discurso en la sesión de investidura de Rajoy.

Según la primera versión dada por Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, la venta de la vivienda de protección oficial de Ramón Espinar fue producto de la desgraciada situación personal del afectado, que, como tantos jóvenes, no habría podido continuar con la compra por tener bajos ingresos. Después se ha conocido que decidió, aún previendo que no iba a poder pagar la vivienda —y sabiendo que podía renunciar a ella recuperando las cantidades aportadas— continuar con la compra con el claro objetivo de revenderla, logrando unos beneficios de casi 30.000 euros antes de impuestos y gastos. Al conocer todo esto, Pablo Iglesias ha caracterizado lo ocurrido como un golpe de “suerte”, no sin asegurar que Espinar hizo “lo que hace cualquier persona” en esa situación.

Por lo que se sabe, el proceder de Espinar no fue ilegal, y eso dice bastante de la necesidad de cortar la especulación con pisos protegidos. Pero sí hay escasa ejemplaridad en un político que, como el ahora senador, ha convertido el acceso a la vivienda pública en un tema central de su carrera y en un ariete contra los demás partidos.

Aún peor que los giros dialécticos de Iglesias, y las confusas explicaciones y evidente falta de ética del candidato a secretario general de Podemos en Madrid, es el empeño de ambos en atribuir las informaciones sobre este hecho al supuesto intento de los medios de interferir en una elección interna. En democracia, a los políticos les toca rendir cuentas en vez de protestar cuando se les piden explicaciones. Además exhiben malas artes partidistas al señalar como enemigo cómplice de conspiraciones alentadas desde el exterior a cualquier afiliado o simpatizante de Podemos que pueda considerar el comportamiento de Espinar y el refrendo de Iglesias como poco ejemplares. Dijo Iglesias de Rajoy que se le daban mal los SMS, pero la lógica de su apoyo al senador Espinar recuerda ese patrón penosamente habitual: resistir a toda costa y culpar a los medios.

 

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