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Élites sin respuesta

Existe también una división cultural entre una élite con un marcado sentido de superioridad y la nueva clase social baja con valores distintos, escasa formación educativa y mucha desorientación ante ciertas transformaciones sociales

Donald Trump en un acto en Pennsylvania.
Donald Trump en un acto en Pennsylvania. AFP

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos se acercan y la distancia en el apoyo electoral a los dos aspirantes también. Lo sorprendente no es que la imparable candidatura de Trump augure una apasionada lucha en la recta final. El hecho escalofriante es que la posibilidad de que gane ya aparece como una opción real: Trump puede ser el próximo presidente de Estados Unidos. Es obligado preguntarse qué está ocurriendo.

Señalar a Trump como un formidable patán, escandalizarse con los típicos dislates de una personalidad estridente o criticarlo por su indisimulado discurso machista nos coloca en un pedestal de superioridad moral tranquilizador, pero que ciertamente explica poco. Hace unas semanas, Clinton se atrevió incluso a llamar “deplorables” a sus votantes: “Son racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos”. El auditorio rompió en una sonante carcajada. También Cameron, durante la campaña del Brexit,se aventuró a decir a quienes estaban considerando la posibilidad de dejar la Unión que eran unos analfabetos, estúpidos, racistas y xenófobos. Su mente privilegiada no pensó en ningún momento que ese desprecio hacia gente corriente se vería poco después correspondido con una revuelta de las masas en toda regla.

Este conflicto social expresado en sucesivas convocatorias electorales no solo tiene que ver con una brecha económica. Existe también una división cultural entre una élite con un marcado sentido de superioridad y la nueva clase social baja con escasa formación y mucha desorientación ante ciertas transformaciones sociales. Por ejemplo, el feminismo es un valor de progreso, pero el efecto que ha tenido sobre ese perfil de votantes no ha sido el esperado: los hombres ya no son cabezas de familia y principales portadores de ingresos. Su estatus ha cambiado alterando el sentido que tienen de sí mismos. Esto explica por qué el discurso sexista de Trump genera esa identificación que puede ser “deplorable”, pero que está ahí. Y revela también la incapacidad de su contrincante para construir un discurso político que desactive su potencial movilizador. Al contrario, parece que los discursos de las élites siguen tan alejados de la realidad como las políticas que han implementado durante los últimos veinte años. @MariamMartinezB

 

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