Stuart Weitzman y la diplomacia del tacón


LA TRADICIÓN en EE UU manda acompañar las fotos del anuario del instituto con una frase que condense la personalidad del graduado. Hace casi seis décadas, Stuart Weitzman (1941) escribió: “Quiero hacer felices a las mujeres”. Todo este tiempo después, el celebrado diseñador de zapatos –lucidos con devoción por modelos y actrices– puede dar su misión por cumplida. Para prueba, la selecta recepción que le dedicó a principios de junio el embajador de su país, James Costos (1963), con motivo de la reciente apertura de una tienda en Madrid y, aprovechando el despliegue, a modo de celebración de sus tres décadas de fructífera relación con España, donde produce sus creaciones.
Esta vez sin la siempre esperada presencia de su pareja, Michael S. Smith, decorador de celebridades y notorio instigador de las fiestas más exclusivas de la capital, el diplomático abrió las puertas de su residencia a algunos rostros reconocibles de los a veces colindantes universos del espectáculo y la alta sociedad. Las intérpretes Cayetana Guillén Cuervo o Ana Fernández, aristócratas como Lulú Figueroa Domecq o la música y actriz Leonor Watling (junto a su compañero, Jorge Drexler), subieron la cuesta que da acceso a la fastuosa casa del diplomático encaramadas sobre algunas de las sandalias más vertiginosas de Weitzman.
Dentro de la céntrica mansión, el visitante pudo deambular por unos salones abarrotados de recuerdos y obras de arte, un popurrí de retratos con Obama o la reina Letizia intercalados con piezas de autores contemporáneos –de Ellsworth Kelly a Glenn Ligon– y enormes alfombras o esculturas antiguas. Al final del recorrido (casi) museístico, en un recogido patio, anfitrión y homenajeado atendieron a sus invitados en torno a una piscina que, bajo un sol poniente, certificó el inicio de la temporada de verano.
Con la música de Sara Pi y los DJ Anna Ponsa y Agustín Gómez Cascales (redactor jefe de la revista LGTB Shangay) como trasfondo, Costos se mostró entre preocupado y entretenido porque “resulta difícil poner a bailar a las españolas”. “¡Veamos cómo funcionan esos zapatos!”, instó a las asistentes que, copa en mano, prefirieron loar la belleza de los tacones del agasajado, a quien el embajador presentó como un “alma gemela”. “Somos de Massachusetts y amamos los zapatos”, dijo jovial en inglés. “Aunque Stuart habla mejor español”.
En una velada en la que hubo cuerpo incluso para debatir de política, el diseñador aprovechó un momento de descanso entre selfies y felicitaciones para reposar los pies. “Mira mis suelas”. En la derecha pone Stuart. Weitzman va grabado en la izquierda. Son de los pocos pares para hombre que ha producido. Todos en Elda, Alicante, “donde lo hacen muy bien”. Excepciones aparte, este estadounidense con media vida en España concentra todo su talento en las mujeres. “Ya te lo dije”, recordó. “Todo lo que siempre quise es hacerlas felices”.
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