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COLUMNA

La Feria

¿Cuál será la firma que acabe con las firmas, ese título postrero que alguien me pasará cuando esté levantándome para partir: “el último, por favor”?

Una larga cola para obtener la firma de un autor, en la Feria del Libro de Madrid.
Una larga cola para obtener la firma de un autor, en la Feria del Libro de Madrid.

Cuando mi hijo Amador era pequeño, le encantaba verme firmar en la Feria del Libro. Le impresionaba que estuviese detrás del mostrador, donde creía que solo se situaban las personas con autoridad. Un día los niños de su clase rivalizaron sobre la importancia de la profesión de sus papás: “El mío es médico, el mío ingeniero, el mío general…”. Amador, triunfante, proclamó: “¡El mío es el dueño de la Feria del Libro!”. Después, a los catorce o quince años, seguía gustándole asistir a mis sesiones de firmas, pero aprovechaba para azuzarme un poco con los nombres de los más vendidos en la Feria, entre los que invariablemente estaban (¡y siguen estando!) dizque escritores a los que yo no leería ni en peligro de muerte. “¡Es lo que le gusta a la gente! —comentaba guasón—. Papi, ¿tú estás seguro de que esto de la democracia…?”.

Hace ya cuarenta y seis años que vengo a firmar a la Feria del Libro. La he visto cambiar de ubicación, de tamaño, de modelo. Antes era un mercadillo callejero, ahora es un zoco interminable. Pero aquí seguimos buscándonos los de siempre, lectores y escritores. A lo largo de las ediciones, se repiten los mismos personajes. La pequeñaja que no tiene libro pero me ofrece un cuadernito con imperio inocente: “¡Fírmame aquí!”. El señor caviloso que me pregunta el precio de un libro muy gordo de otro autor. Y la guapa que no sabe que quizá escribo para ella: llega, mira el mostrador, luego a mí, hace una leve mueca y pasa de largo. ¿Cuánto durará aún la Feria del Libro hasta hacerse virtual, pasando de este parque cálido y familiar a la web? Y a mí, ¿cuántas ferias me quedan? ¿Cuál será la firma que acabe con las firmas, ese título postrero que alguien me pasará cuando esté levantándome para partir: “El último, por favor”?

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