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El nexo entre Cervantes y Shakespeare

Los dos grandes genios de la literatura occidental están unidos por la historia de Cardenio

Shakespeare y Cervantes
Grabado de William Kent de un 'Quijote' impreso en Londres en 1738. EFE

Los dos grandes genios de la literatura occidental, casi coincidentes en el tiempo, hasta el punto de morir con solo once días de diferencia, están unidos por una de las historias secundarias del Quijote: la de Cardenio, Luscinda, don Fernando y Dorotea. Shakespeare habría escrito, en colaboración con John Fletcher, un Cardenio, que no conocemos más que en la versión de Lewis Theobald de 1727 (con el título de Doble falsedad). Tenemos noticia, en cambio, de dos pagos a la compañía de Shakespeare, el 20 de mayo y el 9 de julio de 1613, por la representación en la Corte de seis obras, una de ellas con el título de Cardenno, inequívoca referencia al personaje cervantino. La inscripción del manuscrito en 1653. en el registro de libros londinense, nos informaría de que el de Shakespeare habría sido una obra en colaboración con John Fletcher, con quien ya había colaborado en Enrique VIII y en Los dos nobles parientes.

Puede parecer sorprendente que Shakespeare se haya servido de una de las historias secundarias del Quijote. Para quien no lo ha leído, el Quijote es fundamentalmente la historia de Don Quijote y Sancho. Una historia que, a partir del Romanticismo, se interpreta como la conflictiva lucha entre el espíritu y la materia, los ideales o aspiraciones del ser humano y la realidad, la poesía y la prosa de la vida, simbolizadas en los dos protagonistas. Pero esto es una construcción de los románticos alemanes. Para los contemporáneos de Cervantes, el Quijote era una historia que contenía mucho más que las peripecias de Don Quijote y Sancho, era una historia que incluía en sí otras historias. De hecho, tanto en España como en Francia o Inglaterra, las primeras recreaciones del Quijote toman como modelo mayoritario las historias intercaladas.

El autor de la versión dieciochesca del Cardenio de Shakespeare y Fletcher, Lewis Theobald, había sido, al lado de Alexander Pope y Warburton, uno de los más importantes editores de Shakespeare en la primera mitad del XVIII. Afirma haber utilizado tres manuscritos para su versión, pero debía de desconocer la colaboración de Shakespeare con Fletcher. Por una nota en un periódico inglés de 1770 sabemos que un manuscrito del Cardenio de Shakespeare y Fletcher se conservaba en el museo del teatro de Covent Garden, si bien se perdió en el incendio de 1808. Así pues, ante la pérdida o destrucción de los manuscritos, no tenemos otra fuente para conocer el texto del Cardenio de Shakespeare y Fletcher que la adaptación de Theobald a comienzos del XVIII. Es, pues, tarea imposible dilucidar el grado de intervención del adaptador, aunque se piensa que los cambios introducidos por Theobald no habrían sido muy importantes, precisamente porque se manifiesta orgulloso de una novedad de muy pequeño calado.

Resulta tentador establecer una comparación entre la historia cervantina y la recreación de Shakespeare, no ya en la fidelidad al modelo sino en la mirada sobre los personajes. Y esa comparación, sin que debamos sacar más consecuencias, resulta a todas luces ventajosa para el escritor español. Los personajes cervantinos destacan por estar construidos con la “arcilla” humana, pese a todo lo que puedan tener de convenciones literarias. Pero lo que resulta más próximo a nuestra sensibilidad es la benevolencia de Cervantes y su confianza en el género humano, en su capacidad para enmendar su comportamiento.

Los personajes cervantinos destacan por estar construidos con la “arcilla” humana

El Cardenio cervantino está atormentado —y perturbado— por su indecisión, por la inexplicable paralización sufrida al contemplar la boda de su amada con su amigo el noble don Fernando (una indecisión que se revelará como afortunada, pues es el único camino para el final feliz). Por el contrario, el Cardenio de Shakespeare y Fletcher tiene una menor complejidad psicológica. A diferencia del cervantino, interrumpe espada en mano la ceremonia, pero lo hace para quedar ridiculizado de un modo indigno: don Fernando se limita a ordenar a sus criados que lo expulsen de la sala.

Las diferencias se aprecian aún más en el personaje de Dorotea. La Dorotea cervantina es la imagen del poder de la verdad y del comportamiento racional, no impulsivo, en las peores circunstancias. De manera que, armada solo con la fuerza de la verdad, y de su belleza y elocuencia, derrotará a su enemigo, demostrando así la distancia que la separa de la mujer indefensa y desvalida del mundo caballeresco (precisamente el papel que representa en el engaño de la supuesta princesa Micomicona).

En el personaje de don Fernando, Cervantes retrata, de una forma sorprendentemente descarnada, el egoísmo y prepotencia de un noble de elevado linaje, que no duda en incumplir la palabra dada y en traicionar al amigo, mientras que en el Cardenio de Shakespeare y Fletcher aparece en una versión más complaciente. Pero la diferencia más notable se aprecia en el modo de llegar al final feliz: más convencional en el Cardenio inglés, porque se produce por la sensata intervención del hermano de don Fernando, todo ello bajo la autoridad del padre. Por el contrario, en el Quijote el final feliz se consigue exclusivamente por la determinación e inteligencia del personaje femenino, Dorotea, una labradora al fin y al cabo.

Por si no fuera poca cosa el relevante papel que proporciona a la muchacha, Cervantes le concede no ya la felicidad social que se produce en la versión de Shakespeare y Fletcher, gracias al matrimonio con el noble, sino algo más importante: la felicidad personal, al conseguir la transformación del joven prepotente; la conversión del deseo en amor, la única garantía en palabras de Cervantes, de una felicidad duradera.

Emilio Martínez Mata dirige un grupo de investigación internacional sobre la interpretación del Quijote y ha preparado la edición de un desconocido Cardenio inglés.

 

 

 

 

 

 

 

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