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El paisaje “desparejo” de Buenos Aires

* Por Marcelo Corti

Buenos Aires, por Marcelo Corti.

Entre los lugares comunes sobre Buenos Aires destaca la recurrente comparación con París. Si bien buena parte del mejor patrimonio arquitectónico se origina en ese momento de fines del siglo XIX y principios del XX en que la oligarquía agro-ganadera construye sus residencias en la zona norte de la ciudad bajo la inspiración del Beaux Arts francés, no es tan significativa la extensión urbana que, con un leve entrecerrar de ojos, podría recordar el ambiente urbano de la capital francesa.

La particularidad porteña es, en cambio, la diversidad aluvional de influencias. “Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas”, sostenía Borges y esa promiscua apropiación de referencias puede aplicarse sin error a la lectura de nuestro paisaje urbano.

La heterogeneidad es el rasgo más evidente de la morfología urbana de Buenos Aires, a diferencia de la unidad de alineamientos y alturas que tanto admiramos en las ciudades europeas. En la manzana típica de cualquier barrio predomina una base de casas y comercios de planta baja y uno o dos pisos, sobre las que destacan algunos edificios de mayor altura. La extrema división parcelaria (modulada sobre el frente mínimo de 10 varas u 8,66 metros, el famoso “ocho sesenta y seis”) genera en muchos casos un ominoso paisaje dominado por las grandes paredes medianeras, carentes de aventanamiento. Solo una voz calificada ha defendido esa peculiaridad: Clorindo Testa, el gran arquitecto argentino de la segunda mitad del siglo XX. “Entre medianera y medianera es un desfiladero. Ves cosas que están a dos kilómetros. En Europa te asomas a la ventana y ves la casa de enfrente”, dijo a Valeria Shapira en una entrevista, quizás (solo quizás) con algo de ironía.

Suele atribuirse esa rapsodia visual a las sucesivas y drásticas alteraciones de la normativa urbana, cuando no a la pecaminosa otorgación de excepciones a esa norma. Pero la verdadera causa debe buscarse en el excesivo optimismo (o más bien, la ausencia de cálculo) en la determinación de los coeficientes de constructibilidad urbana. Hasta la sanción del Código de Planeamiento Urbano de 1977, de haberse construido la edificabilidad admitida por el anterior Código de Edificación la ciudad hubiera podido albergar a varias decenas de millones de habitantes. Como obviamente no había mercado para ello, solo en algunas manzanas muy bien ubicadas se completó esa edificabilidad, con consecuencias gravosas para la calidad habitacional debido a las laxas condiciones de iluminación y ventilación requeridas. Mientras tanto, en el resto de la ciudad solo algunos predios fueron aprovechados para levantar edificios al tope de la legalidad.

Una situación intermedia se da en barrios donde se produjo una renovación muy amplia pero no completa, como en el caso del próspero Belgrano y los edificios en torre que lo transformaron a partir de 1977. Las casas (algunas muy elegantes y de valor patrimonial) que “sobrevivieron” a la transformación devinieron poco atractivas para el uso residencial, dadas las nuevas condiciones de su entorno. Finalmente, la mayoría de ellas se reciclaron para usos de servicio a la residencia: escuelas, gimnasios, restaurants, comercios, clínicas, etc. Se constituyeron así en un particular basamento funcional de los edificios residenciales en altura con los que “conviven”.

Volviendo a Borges, un “demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también” (esto, si cuestionamos que la heterogeneidad del tejido urbano sea en si mismo el problema que a los arquitectos nos parece que es; volveremos sobre este punto). Entre las propuestas que se ensayaron para paliar el impacto de las grandes paredes medianeras sobre el paisaje urbano hubo una de naturaleza normativa: el “completamiento de tejido” o enrase. Este mecanismo habilita a construir superficie por encima de la habilitada en predios ubicados entre edificios anteriores a 1977, con alturas superiores a la admitida. Se suponía que esto permitiría “tapar” medianeras y generar tejidos de mayor prolijidad a la vista, pero al desregular los coeficientes de constructibilidad, muchas veces en zonas de alto valor inmobiliario, las buenas intenciones normativas derivaron en algunos casos de gran conflictividad vecinal y sospechas de corrupción.

Otro mecanismo intentado fue el aumento de los coeficientes de constructibilidad en lotes de esquina. El argumento fue en este caso que la menor superficie que caracteriza a esas parcelas en la especulativa división catastral de la manzana cuadrada de Buenos Aires, llevaba a un escaso aprovechamiento de las esquinas y que eso disuadía de construir en ellas, por lo cual se generaba un nuevo factor de heterogeneidad en el tejido. Este argumento parte de una falacia matemática, pero además ignora otra de las peculiaridades de la construcción urbana porteña: los predios con usos comerciales en áreas de mucha circulación (y las esquinas lo son por definición) no son atractivos para el desarrollo de emprendimientos constructivos que impliquen cerrar el uso comercial por uno o dos años, ya que de ese modo se pierde la renta y la ganancia cotidiana actual por una renta futura sujeta a riesgos empresariales, ciclos económicos, etc.

Quizás la solución a esos tejidos incompletos y a esos feos paredones medianeros parta de resignarse a convivir con ellos (o como anticipamos arriba, darlos de baja como “problema”). Podemos pensar en mecanismos más racionales de completamiento e incluso, por qué no, la habilitación de convenios entre vecinos para compartir espacio aéreo. También es posible imaginar la apertura de aventanamientos en muros divisorios, algo que en la práctica abunda en la ciudad y que en si mismo no es ilegal. Puede explorarse la aplicación de arte urbano, paredes verdes o incluso soportes de colectores solares para la generación de energía. Como estrategia, consolidar por un lado un tejido homogéneo, “europeo”, allí donde la ciudad lo haya generado; potenciar, por otro lado, un tejido “porteño”, diverso e intrincado a partir de la propia lógica que lo generó.

Hace muchos años, un amigo me decía mientras mirabamos Buenos Aires desde una terraza de Palermo: “¿no te recuerda a una composición cubista, un cuadro de Bracque?”. Pensar el paisaje urbano porteño desde otra lógica puede ayudar a reformularlo, a encontrar una nueva relación entre la Buenos Aires construida históricamente y la percepción simbólica de su tejido.

* Marcelo Corti es arquitecto y urbanista (UBA), magíster en Políticas, proyectos y gestión de la Ciudad (Universidad de Barcelona). Dirige la revista y editorial Café de las ciudades. Autor de La Ciudad Posible. Guía para la actuación urbana. Es asesor urbanístico del Estudio Estrategias e integra la red de consultores La Ciudad Posible. Es Director de la Maestría en Urbanismo de la FAUD (Universidad Nacional de Córdoba).

Link de interés: Convocatoria “Medianeras”, organizada por el Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo de Buenos Aires en 2014. http://arqa.com/actualidad/noticias/convocatoria-medianeras-fallo-del-jurado.html

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A mi me parece una ciudad increible!
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