El regreso de Carlitos y Snoopy

En sus viñetas, Charles M. Schulz creó un mundo personal e inverosímil encabezado por Snoopy y Carlitos Medio siglo después de su debut, la pandilla de los Peanuts, que ahora llega al cine, sigue sumando adeptos. ¿El secreto? Su irresistible humanidad

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El mundo en el que nací y crecí era muy diferente del actual; los automóviles todavía no eran los emperadores de las ciudades, los teléfonos tenían discos agujereados para marcar el número deseado y la televisión –un solo canal– no emitía las 24 horas del día. Para el niño que fui, como casi todos los de mi generación (y de otras cercanas), uno de los principales recursos contra el aburrimiento eran, además de jugar en la calle, los tebeos (cómics ahora). Esperaba con impaciencia la aparición de las aventuras del Capitán Trueno y del Hombre Enmascarado, los episodios de Hazañas Bélicas y también las historias de Disney, sin olvidar los que protagonizaban aquel mítico TBO. Ya más mayor conocí a Tintín, con su inseparable y fiel Milú; a Astérix, Obélix y el resto de su formidable tropa de galos, y a la inolvidable Mafalda. A todos los amé, pero a ninguno tanto como al grupo de los Peanuts, encabezado por Charlie Brown (Carlitos) y Snoopy, a los que fui leal hasta el final. Ellos tenían algo de lo que carecían todos los demás, salvo la muy consciente políticamente Mafalda: humanidad, una compleja y con frecuencia atormentada humanidad. Y además condensada en cuatro o cinco viñetas, no como las elaboradas historias de Tintín o de Astérix. Se trataba de un grupo de niños y de un perro, sí, pero ¡cuántos problemas y complejos sufrían!

El éxito de los Peanuts radica en que sus angustias e inseguridades son también las nuestras

Charles M. Schulz (1922-2000), su creador, creció en un mundo parecido –mucho más marcado que el mío, supongo– en su Minneapolis natal (entre sus favoritos estaban Mickey Mouse y Popeye). “Fui”, manifestó en cierta ocasión, “un producto de la época. Las tiras cómicas eran muy importantes cuando crecí, durante la década de 1930. Programas de radio, películas los sábados por la tarde y los cómics eran las cosas verdaderamente importantes. Y, por supuesto, yo podía dibujar. Nunca supe hacerlo muy bien –no podría pintar o hacer cosas del estilo–, pero podía dibujar”. Su gran deseo fue pronto dibujar cómics, y con solo 15 años comenzó a ver que su sueño podía cumplirse: fue entonces, 1937, cuando se publicó en la revista Ripley’s Believe It or Not! un dibujo que había hecho de Spike, el perro de la familia, el segundo que habían tenido: el primero se llamaba Snooky (¿les suena de algo?). Animado por aquello, siguió un curso por correspondencia de dibujo de cómics en la Federal School of Applied Cartooning.

Spike era, como Snoopy, un poco loco. Y es que, como sucede con muchas historias, detrás de ellas viven las experiencias e inclinaciones de sus autores. Así sucedía con Mafalda, donde son evidentes las opiniones de Quino, su creador, acerca de la situación ­político-social en la Argentina de entonces; y otro tanto se puede decir, aunque con un signo político opuesto, del inventor de Tintín, Hergé. En el caso, poco ideologizado, de los Peanuts, la presencia de Charles Schulz en el mundo que creó, tan imposible como real, fue sobre todo personal. “Dibujo para mí, que es para quien, creo, dibujamos todos. Dibujamos para nosotros y esperamos que le guste a la gente”, confesó. Cuando obtuvo un Emmy a la mejor película de dibujos animados para niños por A Charlie Brown Christmas (1965), manifestó que no dibujaba para los niños, sino “para los mayores”, para esos adultos que jamás aparecieron en una tira de los Peanuts.

Aunque le dio el nombre de una persona con la que trabajó en una escuela de arte en Minneapolis, Carlitos era poco menos que el alter ego del niño Schulz: por ejemplo, los padres de ambos eran barberos. Con orgullo, en la tira publicada el 21 de junio de 1964, el Día del Padre de aquel año, después de que Lucy presumiera una y otra vez de la superioridad de su padre (lo que muchos niños suelen hacer) –que si tenía más tarjetas de crédito, que si enviaba más lejos la bola de golf…–, Carlitos, harto le dice: “Espera un minuto”, y la lleva a la barbería de su padre: “Aquí trabaja todo el día y trata con todo tipo de personas… Pero, ¿sabes?, puedo entrar en cualquier momento del día y no importa lo ocupado que esté, siempre se para y me ofrece una gran sonrisa”. De hecho, cuando regresó de servir en la II Guerra Mundial, se instaló con su padre –su madre había fallecido en 1943 de un cáncer de cérvix– en un apartamento encima de la barbería, en St. Paul (Minnesota), decidido a convertirse en dibujante profesional de cómics, algo que logró después de haber probado con personajes no demasiado diferentes de cómo sería después Carlitos: con grandes cabezas y que se relacionaban con otros con frases que no correspondían realmente a sus edades. Su minimalista estilo de dibujo y su humor, intelectual y un tanto seco, se ajustaba bien a lo que los periódicos reclamaban en la década de 1950.

Charles M. Schulz posa junto a sus personajes en un retrato tomado en 1962.
Charles M. Schulz posa junto a sus personajes en un retrato tomado en 1962.getty images

En el universo de los Peanuts abundan detalles del mundo de Schulz. Lucy estaba inspirada en su primera esposa, de la que se divorció en 1972 (se volvió a casar el año siguiente). Como Carlitos, que fracasa una y otra vez cuando intenta volar una cometa, Schulz reconoció que él “nunca había sido capaz de hacerlo”, poniendo como excusa que nunca vivió en lugares adecuados. “Cuando estaba creciendo, vivíamos siempre en zonas residenciales que tenían demasiados árboles y cables telefónicos”. Justo igual que Carlitos.

El éxito de los Peanuts radica en que, aunque sus historias son inverosímiles –¿cómo va a ser posible encontrar a un perro que intenta componer una novela tecleando una máquina de escribir sentado en el techo de su caseta?–, muchas de sus angustias e inseguridades son también las nuestras. Carlitos era, sin duda, el más atormentado; deseaba siempre cosas que nunca conseguía: ser una estrella del béisbol, patear el balón que la habitualmente malhumorada y tramposa Lucy le escamoteaba en el último momento y, ay, seducir a una atractiva niña pelirroja. La primera aparición de aquel gran amor suyo se produjo en la tira del 19 de noviembre de 1961. Carlitos está sentado en un banco de la escuela, solo, a la hora del almuerzo. “No me importaría ir al colegio si no fuera por estas horas de la comida… Tengo que sentarme solo porque nadie me invita a sentarme con él… Daría cualquier cosa del mundo si esa pequeña chica pelirroja viniera y se sentase conmigo. Estoy cansado de estar siempre solo”. ¿Cómo no voy a quererte, Carlitos? Representas a los nobles perdedores, esos que continúan intentando patear balones o atinar a la pelota con el bate de béisbol, soportando la burla de los demás porque no lo consiguen, olvidando el empeño que ponen en sus esfuerzos.

Snoopy, su perro, es justo lo contrario: egoísta, alegre, atrevido, aunque también, eso sí, como su amo, soñador. Carlitos desea ser un gigante del béisbol; Snoopy, además de novelista, se imagina ser un gran aviador, el piloto-héroe que durante la I Guerra Mundial derrota al célebre Barón Rojo. No derribó al aviador alemán, ni fue mucho más allá de la frase inicial de su novela, “Era un noche oscura y tormentosa”, pero el 10 de marzo de 1969 –cuatro meses, antes de que los astronautas Armstrong y Aldrin alunizaran en el Mar de la Tranquilidad con el módulo lunar del Apolo 11– Snoopy llegó a la Luna. “¡Lo conseguí! ¡Soy el primer Beagle en la Luna!”, decía en la tira de aquel día un Snoopy provisto de un casco espacial, añadiendo: “He vencido a los rusos… He vencido a todo el mundo… ¡Incluso he vencido a ese estúpido gato de la casa de al lado!”. Dos meses más tarde, el 18 de mayo, despegaba de la Tierra la misión Apolo 10: el módulo de mando tomó el nombre de Charlie Brown; el lunar, el de Snoopy.

Schulz manifestó que no dibujaba para niños, sino para los adultos que no aparecían en sus tiras

No son solo, por supuesto, Carlitos y Snoopy los personajes interesantes. Todos lo son. Ahí está la mencionada Lucy, que se las daba también de psiquiatra (estableció un puesto para ejercer, a cinco centavos la consulta), con su entrañable hermano, Linus, y su inseparable mantita “de seguridad”. Y Schroeder, que ama con pasión a Beethoven y desea convertirse en un gran pianista, practicando sin cesar en su piano de juguete. Schulz dijo en cierta ocasión que, aunque su compositor favorito era Brahms, había escogido a Beethoven simplemente porque su nombre sonaba “más divertido”. Y Sally, la espabilada hermana pequeña de Carlitos; Peppermint Patty; Woodstock, el pajarillo de erráticos vuelos, o Franklin, el niño negro, que hizo su aparición el 31 de julio de 1968 (en junio, esto es, poco después del asesinato, el 4 de abril, de Martin Luther King, Robert Kennedy, un gran admirador de los Peanuts, había animado a Schulz a que introdujese un personaje de color).

La primera tira de los Peanuts se publicó el 2 de octubre de 1950 en siete periódicos de tirada nacional. Allí estaba Carlitos con otros dos niños. Snoopy apareció en la siguiente entrega (4 de octubre). Como en otros casos –por ejemplo, el Mickey Mouse de Disney–, al principio los dibujos eran más sencillos, un tanto primitivos (la transición hacia los dibujos tal y como los recordamos duró prácticamente un lustro). La última tira se publicó el 13 de febrero de 2000. Schulz había fallecido el día antes, víctima de un cáncer de colon. Debió sentir ya el final y se despedía de sus lectores. En la primera viñeta estaba Carlitos contestando al teléfono y diciendo: “No, creo que está escribiendo”. Y, efectivamente, a continuación se veía a Snoopy, subido al techo de su caseta, tecleando en su máquina de escribir: “Queridos amigos…”. Daba así entrada a un texto firmado por el propio Schulz, punteado por imágenes clásicas de los Peanuts: “Queridos amigos. He tenido la fortuna de dibujar a Charlie Brown y a sus amigos durante casi 50 años. He logrado con ello cumplir mi ambición de la infancia. Desgraciadamente, no soy capaz de mantener el calendario que exige una tira diaria. Mi familia no desea que los Peanuts sean continuados por nadie más; por consiguiente, les anuncio que me retiro”. Y después de unos breves agradecimientos, terminaba: “Charlie Brown, Snoopy, Linus, Lucy… Cómo podría jamás olvidarlos…”. Sus historias estaban apareciendo entonces en 2.600 periódicos de todo el mundo y se habían traducido a más de 25 idiomas.

“Mi familia no desea que los Peanuts sean continuados por nadie más”, decía. Pero las buenas intenciones familiares no suelen durar demasiado, como demuestra el nuevo filme que se ha producido sobre ellos: Carlitos y Snoopy. La película de Peanuts. Fue uno de sus hijos, Craig Schulz, quien tuvo la idea y el que preparó el guion con su propio hijo, ­Bryan Schulz, y con Cornelius Uliano. Este caso me recuerda otros famosos. Por ejemplo, lo que hizo la familia del creador de la teoría de la evolución de las especies, Charles Darwin, que en sus últimos años compuso un “esbozo autobiográfico” pensando que podría “entretenerme y resultar, quizá, interesante para mis hijos o para mis nietos”. Su esposa, Emma, y uno de esos hijos, Francis, decidieron dar a la imprenta aquellas páginas, pero censurándolas, puesto que contenían pasajes que consideraban ofensivos (en especial, sobre asuntos religiosos). Hubo que esperar a 1958 para que una compasiva (con la memoria de su abuelo) nieta, Nora Barlow, se encargase de sacar a la luz una edición libre de censuras.

Leo que en la nueva película –que se estrenó el pasado día 25–, Carlitos decide dejar de ser un perdedor, convertirse en una persona diferente, y que Snoopy se asocia con Wood­stock para escribir una novela, de acción y de amor, en la que aparecen algunas de sus viejas obsesiones. Francamente, me parece una traición… Bien remunerada, por supuesto. Una traición tanto a la memoria de Charles Schulz como a Carlitos y compañía. Aun así, ay, la veré en cuanto pueda.

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