Yo, tertuliano

La parrilla radiofónica y televisiva no se explica sin tertulias. La aparición de nuevos partidos y la crisis han revitalizado el reino de la ‘todología’ La proximidad de las elecciones ha convertido estos espacios en un terreno decisivo para trasladar mensajes a los votantes y para ejercer presiones. Un relato en primera persona

Plató de 'Al Rojo Vivo', en La Sexta.
Plató de 'Al Rojo Vivo', en La Sexta.James Rajotte

La Tesorería General de la Seguridad Social sorprendió este verano a varios profesionales de la comunicación con una misiva que los degradaba de artistas a tertulianos. No tenía otra consecuencia administrativa la variación de rango, pero retrataba una doble anomalía. Que los tertulianos estuvieran antaño en el régimen general de artistas –será por la imaginación o por la creatividad– y que se les definiera en cuanto tales, tertulianos, otorgando un énfasis burocrático a una figura controvertida y ubicua entre los iconos de la sociedad contemporánea.

No se explica la parrilla televisiva o radiofónica sin la tertulia. Ni se explica tampoco, en un juego de espejos, la realidad política. Los platós han sustituido al eje de la actividad parlamentaria, precisamente porque las referencias emergentes del recambio, como Albert Rivera o Pablo Iglesias, no están representadas en el Congreso de los Diputados y sí forman parte esencial del nuevo escenario político.

La tertulia se ha multiplicado en sus horarios y en su repercusión porque compagina el entusiasmo de la audiencia con la ventaja de un presupuesto muy reducido. Es una fórmula de crisis expuesta al interés que suscita la crisis misma, por mucho que la credibilidad de la fórmula se resienta de la refriega, de la cultura del espectáculo, del cainismo ibérico y de la todología.

He aquí el neologismo y la maldición que arrastran los opinadores polifacéticos, aunque algunos de ellos, tan ubicuos como Francisco Marhuenda, se apresuran a avalar su posición con el crédito que les concede el mando a distancia de los espectadores. Insistiendo incluso en que el tertuliano que sobrevive en el espacio y en el tiempo lo hace dotado de una capacidad evolutiva, casi darwinista, frente a la voracidad que oponen las cámaras.

“La tertulia prolifera y se extiende por el hecho de que a la sociedad le interesa la política”, explica el director de La Razón. “Más aún cuando la crisis económica y la aparición de los nuevos partidos han vitalizado la pasión del debate. Y han polarizado la sociedad. No vale cualquiera para desempeñar este trabajo. Tienes que gustarle a la cámara, rellenar la pantalla, saber argumentar”.

Las reglas del juego implícitas en la cortesía de la mañana se desquician en el prime time. No es sencillo competir con las películas ni los shows convencionales en horarios de máxima audiencia, de forma que el reclamo de los fuegos artificiales dialécticos deriva la información al infoespectáculo.

Lo sabe y lo admite Belén García –actual directora de Espejo público (Antena 3)– porque controlaba los mandos de La noria, un espacio de debate emitido en Telecinco que alcanzó imponentes cuotas de share (20%) y de oposición dialéctica extrema.

La fórmula suscita interés por mucho que la credibilidad se resienta de la refriega, de la cultura del espectáculo y del cainismo ibérico

“Para lograr audiencia son necesarias la confrontación, la distancia ideológica, la crispación. Una buena tertulia, en términos de share, requiere que el tertuliano sea en sí mismo un personaje reconocible, identificable, y que la bronca, de una manera u otra, retrate el maniqueísmo de las dos Españas, de los dos bandos”.

La perspectiva no contradice que la política y la economía hayan reanimado la atención de la opinión pública hacia debates que antaño eran minoritarios o se observaban desde una cierta lejanía. De otro modo, no hubieran aparecido espacios televisivos de análisis y discusión a mediodía que concentran la audiencia de las amas de casa, los desempleados y los jubilados.

Uno de ellos es Las mañanas de Cuatro, con el liderazgo de Javier Ruiz. Otro lo conduce en La Sexta Antonio García Ferreras, protagonista de una evolución de la audiencia –del 2% embrionario al 15%– indisociable de las pruebas al hilo de las cuales “estamos viviendo una segunda Transición”.

Es la manera de acuñar una suerte de novedad sociológica que cuestiona el mito del bipartidismo y que traslada a los platós la pasión política de la calles. “Percibíamos que la sociedad estaba cambiando, que había un magma cada vez más alejado de las fuerzas políticas convencionales”, explica Ferreras. “Y está claro que el 15-M fue un momento cualitativo capital. Esa sociedad no tenía muchos caminos para expresarse”.

La Sexta fue uno de ellos, hasta el extremo de que García Ferreras alistó como tertulianos a Pablo Iglesias (La Sexta noche) y Tania Sánchez (Al rojo vivo). Ambos se habían batido en un ámbito mediático marginal, pero la repercusión en las cadenas generalistas los convirtió en figuras hegemónicas de la renovación televisiva.

No se explica su carrera política sin la televisión. Pero no se explica solo por la televisión, cuyas fauces han devorado a personajes efímeros en esa lógica de “la ley del más fuerte” que sobrentendía Marhuenda y que ha malogrado a muchos aspirantes.

Iglesias protagoniza el salto de la televisión a la política. Y no al revés. Anuncia su candidatura a las elecciones europeas en la tertulia de mediodía de Jesús Cintora (Cuatro), aunque la maniobra –enero de 2014– se observa y hasta se desprecia con escepticismo. Pedro Arriola, consejero de Mariano Rajoy, caricaturiza a Podemos como un autobús de frikis. Y las fuerzas políticas convencionales se adhieren al mensaje de silenciarlos.

“Ocurrió claramente así”, explica García Ferreras. “El Gobierno y el PSOE intentaron acallar a las fuerzas emergentes después de la sorpresa de las europeas. Por eso se nos acusó de convertirnos en sus portavoces. Lo que hicimos fue abrir nuestro plató a un fenómeno político que representaba a una sociedad angustiada, pero la misma televisión que los dio a conocer es la que ha proporcionado una equivalente repercusión a sus errores”.

Plató del programa 'Espejo Público' (Antena 3).
Plató del programa 'Espejo Público' (Antena 3).James Rajotte

Lograba La Sexta noche –debate que se emite los sábados– un hito del 16% de cuota –2,1 millones de espectadores– con la presencia de Iglesias en enero de 2015. Podemos colonizaba los platós con la excepción excluyente de TVE, del mismo modo que Ciudadanos asumía como primer mandamiento del sorpasso la consigna que presidía uno de sus despachos del Parlament: “La política se hace en televisión. Vayamos a las televisiones”.

Albert Rivera se responsabiliza del eslogan. Se multiplica hasta la ubicuidad. Y despierta la inquietud de los partidos convencionales, hasta entonces representados por los tertulianos infiltrados –periodistas de cuota que trasladan una consigna partidista– y adormecidos en las convenciones mediáticas.

Consciente del error y traumatizado por la pérdida de 2,5 millones de votantes en los comicios municipales y autonómicos, el PP puentea la negligencia comunicadora de María Dolores de Cospedal con un escuadrón de portavoces-tertulianos –Pablo Casado, Javier Maroto, Andrea Levy– a quienes se les exige ocupar minutos y evangelizar a la audiencia sistemáticamente.

Se pretende recuperar el terreno cedido y se generaliza la epidemia del político tertuliano. Lo es Esperanza Aguirre en Tele 5, igual que ocurre con Antonio Carmona en diferentes programas del espectro audiovisual, pero su fracaso en la campaña municipal de Madrid los constriñe a asimilar la diferencia que existe entre los espectadores y los votantes.

Por eso Carlos Alsina, director de Más de uno, elude recurrir al híbrido del tertuliano-político. Incluso rechazó incorporar a su antigua tertulia económica de La brújula una recomendación del PSOE que entonces podía considerarse balbuceante: Pedro Sánchez. Y no se arrepiente. “Es una evidencia que el político-tertuliano acude al estudio para colocar un mensaje electoral, y que todo su argumentario se expone a las dudas de ese mismo enfoque partidista. Una buena tertulia debe tener protagonistas instruidos, que se sepan los temas y que no teman ni discrepar ni coincidir. Esa es mi idea de la pluralidad. No tener cuatro voces distintas, sino capaces de mantener un debate atractivo, en la forma y en el fondo, dentro de la cordialidad y del respeto”.

La radio es el embrión de la tertulia tal como la conocemos en nuestro tiempo. Es verdad que la televisión había patentado la fórmula de La clave en la era de José Luis Balbín sin restricciones al tiempo ni a la nicotina, pero la prolongación actual, definida entre los extremos ideológicos de Fort Apache –la televisión podemista– y El cascabel –el programa de Antonio Jiménez en 13 TV– proviene de una idea que Fernando Ónega y Javier González Ferrari concibieron en Hora 25 –cadena Ser– como repunte de análisis a la información convencional.

La crisis ha diezmado los ingresos. Hubo tertulianos que llegaron a cobrar 6.000 euros por programa

Así nació en 1984 La trastienda, un espacio más informal donde los periodistas hablaban con cierta desinhibición, ignorando probablemente que su conversación delante de los micrófonos estilizaba o sofisticaba el fenómeno de la charla del bar, estableciéndose por añadidura un camino de identificación con la audiencia, incluso una sintonía sociológica: ¿con quién vas?

“Y ese espíritu todavía sobrevive en la radio”, garantiza Juan Pablo Colmenarejo, director de La linterna (Cope). “La radio se ha demostrado insustituible porque sigue haciendo compañía. Y la tertulia ha alcanzado su máxima expresión porque nunca como ahora la gente ha sentido tan cercanos los problemas económicos y políticos. Hemos aprendido a descubrir cómo nos afecta la prima de riesgo. Hemos sido conscientes de cuánto puede concernirnos la crisis griega. Y hemos ido a buscar a los profesionales que mejor nos podían explicar nuestras incertidumbres. Sin olvidarnos de entretener ni de conservar un sosiego. Con más razón cuando el día ya ha terminado y se busca un poco de reflexión”.

No fue sencilla la mutación de la fórmula radiofónica a la televisiva. Montserrat Domínguez, antigua directora de La mirada crítica (Tele 5) y de El ruedo ibérico (Antena 3), reconoce que tuvo que hacerse un gran esfuerzo de medios y de ideas para evitar que la tertulia catódica fuera una radio en color, la mera extrapolación de un medio y concepto ajenos.

“Y descubrimos que dotándola de conexiones, de recursos, de personalidad televisiva, la tertulia podía ser una fórmula con idiosincrasia propia. Hablo de principio de los 2000, cuando el debate era menos apasionante que ahora. Por eso no tengo nada que objetar a la tertulia. Es un lugar que aglutina los asuntos que más nos importan, sujeta buena parte de la efervescencia de la opinión pública. Se ha ido produciendo un proceso de perfeccionamiento. En los profesionales del medio. Y también en los políticos”.

Montserrat Domínguez se desenvuelve ella misma como tertuliana en la cadena Ser y conoce los reproches de la todología, pero sostiene que los grandes espacios han asumido la importancia de reunir en una mesa a personajes definidos –en las tertulias gobierna la ley del más fuerte o la ley de la jungla– igual que han asimilado la necesidad de recurrir a los especialistas. “Cuanto más se acerca un programa al prime time, más tiende a forzarse la línea roja del infoespectáculo. No digamos si hay público y se establece una dramaturgia de la confrontación, pero los debates donde prepondera el análisis sobre la opinión significan un estímulo a la pluralidad informativa y al enriquecimiento de la sociedad”.

Menos entusiasta se declara Juan Cruz, cuyo papel de contertulio en los espacios culturales de TVE y de RNE no le hace añorar precisamente las refriegas dialécticas con las que tantas veces se estimulan los debates o se sobreactúa. “He hecho la prueba. Bajando el volumen, el espectador descubre que los tertulianos se están peleando o se están riendo. Me parece que ese ejemplo ilustra que la tertulia ha ido degradando la profesión del periodista. Lo ha constreñido no ya a opinar, sino a sobreopinar, de forma que la opinión está adquiriendo una proporción desmedida en nuestras obligaciones como periodistas”, explica el adjunto a la dirección de EL PAÍS.

Mamen Mendizábal ha "lidiado" con los tertulianos en TVE ('59 segundos') y ahora los modera en 'Más vale tarde' (La Sexta).
Mamen Mendizábal ha "lidiado" con los tertulianos en TVE ('59 segundos') y ahora los modera en 'Más vale tarde' (La Sexta).James Rajotte

Por eso recomienda un “periodo de reclusión y de reflexión”, una cuarentena que haga recapacitar a los periodistas sobre sus límites, sobre su pudor, sobre su papel de observadores y sobre la “excesiva preponderancia al espectáculo”, aunque la dieta conlleve sustraerse a las ventajas pecuniarias del oficio de tertuliano.

Urge aclarar que la crisis ha diezmado los ingresos de la casta. Y que los cachés contemporáneos se alejan de los hitos que se alcanzaron hace una década. Hubo tertulianos de renombre que llegaron a cobrar 6.000 euros por una sola participación en el programa 59 segundos de Televisión Española, como hubo canales autonómicos, ninguno tan rumboso como Canal 9, que apoquinaban entre 800 y 1.500 euros por tertulia a profesionales desplazados desde Madrid con todos los gastos pagados.

Fue la razón por la que Compromís, ahora en el Gobierno valenciano, vinculó las tertulias tanto a la maquinaria de la propaganda como a la malversación de fondos públicos. Un esquema bastante similar al que Esperanza Aguirre inculcó en Telemadrid y que su sucesora en el cargo, Cristina Cifuentes, ha tratado de rectificar, bien por la castigada credibilidad del medio, bien porque la vigilancia de otras fuerzas políticas –allí está Ciudadanos– exige cuestionar la sumisión de las televisiones públicas –Canal Sur y TV3 son ejemplos inequívocos– a la consigna del partido gobernante.

En este mismo contexto de hipertrofia se explica que el Grupo Socialista del Congreso reclamara el pasado mes de octubre al presidente de RTVE, José Antonio Sánchez, un inventario exhaustivo sobre el ejército de tertulianos que abastecían la radio y la televisión públicas. Supimos entonces que la cifra ascendía a 144 y que los honorarios oscilaban entre los 150 y los 300 euros, aunque las dudas de los diputados socialistas también concernían a la afinidad gubernamental de muchos profesionales.

No es una novedad, ni una peculiaridad del PP, pero ocurre que la inminencia de las elecciones ha convertido la tertulia política en un terreno de juego decisivo. Para trasladar mensajes a los votantes. Y para convertirse en el lugar prioritario donde se ejercen las presiones.

“Y las presiones del Gobierno son enormes”, explica García Ferreras. “Trata de crearse un clima de intimidación que en realidad retrata la propia negligencia. Primero, porque el PP había decidido asilarse detrás de un presidente de plasma. Y después, porque la manipulación de la televisión pública, donde hay buenísimos profesionales, ha provocado la pérdida de la credibilidad y de la audiencia. La ventaja es que los programas de debate y de análisis han abierto en canal las inquietudes de la sociedad”.

Convienen unos y otros comunicadores que la tertulia sobrepasa la coyuntura. La crisis política y económica les ha conferido la ubicuidad y el máximo interés, pero la fórmula lleva 40 años arraigada y se ha demostrado insustituible.

“Insustituible”, matiza Carlos Alsina, “porque no hemos descubierto que existan ni razones para cambiarla ni soluciones alternativas. El público la demanda y es barata. Por eso, en el momento de llegar a la tentación de sustituirla, la pregunta es: ‘Vale, ¿qué pongo?”.

No tiene la respuesta Mamen Mendizábal, presentadora de 59 segundos (TVE), Hoy por hoy (cadena Ser) y Más vale tarde (La Sexta). No la tiene ni la considera necesaria, precisamente porque la tertulia “es la mera extrapolación mediática del hábito que tenemos los españoles, en casa o en el trabajo, de apasionarnos con las cosas que nos interesan”.

elpaissemanal@elpais.es

Manual de supervivencia

¿Pero los tertulianos vais en metro? Fue esta la actitud estupefacta con que me abordó un viandante en un vagón de la línea 3 madrileña. Había sido identificado –más por la estirpe que por el nombre– y le había sorprendido al interlocutor que mi fortuna no alcanzara a permitirme un coche y un chófer postineros.

Tanto se nos ve o se nos padece en televisión –y en la radio– que los tertulianos parecemos en el imaginario colectivo como gentes de dinero. Y no niego que las haya en el gremio, pero no será por los emolumentos que proporciona el oficio en los tiempos actuales.

Que son los tiempos de la crisis y del esfuerzo presupuestario con que las radios y las televisiones han encontrado en nosotros, los tertulianos, un recurso inapreciable para plantear debates, sobreactuar en ellos y consumir horas de emisión.

Y no es cuestión de lamentarse, pero este victimismo y estas lágrimas de aligátor me parecen un recurso providencial para sentir despecho del desprestigio que padecemos tantas veces a cuenta de la todología y la vocinglería.

Parecemos equilibristas de la actualidad en un circo de cuatro pistas, pero nuestro funambulismo se antoja menos expuesto cuando accedemos a la clave wifi del plató. Es la Red en sentido tecnológico y es nuestra red en sentido material, gracias a las facultades ilimitadas de un ipad.

Por eso los tertulianos lo custodian como a un amuleto común. Tan común como todas esas expresiones de repertorio que el profesional termina manejando en las exigencias de la refriega:

–Te niego la mayor.
–Déjame terminar. Yo no te he interrumpido.
–Me llama poderosamente la atención.
–Dicho lo cual.

El tertuliano es un depredador de la palabra. Se apodera del micrófono en el desliz de una milésima de silencio. Y es capaz de no ruborizarse cuando el debate oscila de Siria al bádminton o del Vaticano al último disco de Madonna. Que nunca es el último.

Pero tenemos cualidades sobrenaturales. Nunca enfermamos, por ejemplo. Y hemos demostrado la proeza de la ubicuidad o de la bilocación. No solo estando a la vez en dos programas distintos, sino sosteniendo argumentos contradictorios sobre el mismo asunto.

Quinto Septimio Florente Tertuliano fue un maestro de la dialéctica y un eximio padre de la Iglesia. Le hemos secuestrado el nombre y lo hemos profanado, pero uno se siente más allegado a la santidad laica de Indro Montanelli, entre cuyos aforismos urge anteponer que “un periodista es un océano de sabiduría con un centímetro de profundidad”. Y quien dice periodista, dice tertuliano.

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