Vóteme, soy muy rico: un millonario alcanza la presidencia de Argentina

Una de las suspicacias que levanta Mauricio Macri es su condición de acaudalado. ¿Puede el dinero llevar al sentido común?

Mauricio Macri, ensayando la mirada del tigre durante un descanso de un debate previo a las elecciones municipales de Buenos Aires en 2007.
Mauricio Macri, ensayando la mirada del tigre durante un descanso de un debate previo a las elecciones municipales de Buenos Aires en 2007.

"El eslogan de Donald Trump, si su campaña fuese tan honesta y sincera como él pretende”, escribió hace unos días la columnista de Politico.com Annie Karnie, “debería ser algo tan sencillo como: ‘Vóteme, soy muy rico”. La del multimillonario neoyorquino y candidato en la primarias del Partido Republicano es, según ha escrito en peoplesworld.org el periodista y académico Sam Pizzigati, “la campaña más desvergonzadamente plutocrática que ha conocido EE UU en el último siglo: su principal y casi único argumento es que merece el voto de sus conciudadanos porque tiene muchísimo dinero y eso le convierte en una especie de ser superior”.

El debate es antiguo y tiende a polarizar a la opinión pública. En un extremo se sitúan los darwinistas sociales, en la estela de John D. Rockefeller, que creen que la riqueza es síntoma de virtud y que son los virtuosos (Platón estaría de acuerdo) los que deben gobernar el mundo; en el otro, los que, como Honoré de Balzac, piensan que detrás de toda gran fortuna hay un crimen. Argentina, en parte debido a la profunda impronta del peronismo, siempre había sido más de Balzac que de Rockefeller. Sin embargo, Mauricio Macri, un multimillonario que nunca ha pedido perdón por serlo, ha ganado las elecciones y es el nuevo presidente de Argentina.

Un hombre que hacía campaña por Macri en los barrios más deprimidos de Buenos Aires me decía que el argumento que más le compran es que, al ser inmensamente rico, Macri no tendrá necesidad de robar y será menos corrupto”

Según Carlos Cué, corresponsal de EL PAÍS en Buenos Aires, “la gran novedad es que consiguió romper ese 30% del voto nacional que hasta ahora se consideraba su techo: no parecía posible que el hijo del hombre más rico del país obtuviese un apoyo semejante”. Su rival, el candidato oficialista Daniel Scioli, tal y como matiza Cué, también es un hombre muy rico, “pero se le percibe más bien como una especie de figura mediática, un deportista metido en política. Macri sí suele exhibir como uno de sus principales activos haber demostrado que es un buen gestor empresarial y deportivo, como presidente que fue de Boca Juniors”.

¿Puede Macri considerarse el Trump argentino? ¿Acaso una especie de Internacional Plutocrática, integrada por hombres muy ricos que aspiran a dirigir el destino de sus países, se está consolidando en América y en el mundo, siguiendo ejemplos recientes como los del chileno Sebastián Piñera (con un patrimonio de más de 2.500 millones de dólares según la lista Forbes) o el mexicano Vicente Fox, que antes de dedicarse a la política había presidido la división latinoamericana de Coca-Cola? El paralelismo puede resultar tentador, pero Cué ve importantes matices: “Macri no es un turista de la política, como Trump. Se dedica a la función pública desde hace muchos años y ha sido jefe de gobierno de la Capital Federal desde 2007. Todo este tiempo le ha servido para ir sacudiéndose de manera progresiva la imagen de millonario que quiere hacer política casi por capricho, aunque está claro que su dinero y su imagen siguen generando rechazo en las zonas más humildes del Gran Buenos Aires”.

¡Toma, Moreno! En este caso no es un cuervo, sino el vicepresidente del gobierno del estadounidense Gerald Ford. El magnate Nelson A. Rockefeller ostentó ese cargo entre 1974 y 1977 por el Partido Republicano.
¡Toma, Moreno! En este caso no es un cuervo, sino el vicepresidente del gobierno del estadounidense Gerald Ford. El magnate Nelson A. Rockefeller ostentó ese cargo entre 1974 y 1977 por el Partido Republicano.

Otros empresarios de éxito o herederos de grandes fortunas han sentido antes la tentación de convertir su dinero en trampolín privilegiado hacia el poder político. Destacan los casos del magnate italiano de la comunicación Silvio Berlusconi, el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, el opositor ruso Mijail Projórov, el ex primer ministro libanés Najib Mikati, el lord británico David Sainsbury, el actual presidente ucranio Piotr Poroshenko, la directora general de eBay y candidata a gobernadora de California Meg Whitman o el ex primer ministro tailandés Thaksin Shinawatra. EE UU presenta incluso clanes de multimillonarios convertidos en cargos públicos, como los Kennedy, los Bush o los Romney, padre e hijo.

En España, Amancio Ortega, que el pasado 24 de octubre se convirtió, según Forbes y sólo por unas horas, en el hombre más rico del mundo, no ha mostrado hasta la fecha veleidades políticas, así que los intentos más sonados siguen siendo los protagonizados por José María Ruiz Mateos, Mario Conde y, sobre todo, Jesús Gil, que durante años fue alcalde de Marbella y líder del Grupo Independiente Liberal.

Por supuesto que no todos los empresarios de éxito van a gestionar las cuentas públicas mejor que los políticos profesionales. Eso sería una pretensión ingenua"

“¿Qué ventajas tiene que un multimillonario se meta en política?”, se pregunta el activista y teórico David García Aristegui, autor del ensayo ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros). “Ahora mismo no se me ocurre ninguna, y sí en cambio múltiples inconvenientes. Los grandes empresarios y la gente muy rica en general están acostumbrados al ordeno y mando, su ámbito natural es ese último reducto del fascismo en las sociedades libres que son las grandes empresas”. En opinión de García Aristegui, los que insisten en que una democracia moderna puede gestionarse como una empresa son “populistas en sentido estricto: pretenden hacernos creer, porque les conviene, que existen soluciones muy simples para problemas muy complejos”. Para el activista, “ese tipo de populismo no es patrimonio de la derecha ultraliberal: Lenin decía que su objetivo era crear un tipo de estado tan sencillo que pudiese gestionarlo una portera, y hoy sabemos que eliminar cualquier tipo de disidencia era una de sus recetas para simplificar el estado”.

Carlos Cué también rechaza la idea de que un país pueda gobernarse con criterios de estricta ortodoxia empresarial. “Para empezar, un empresario no tiene una oposición que pueda aspirar a sustituirle, no gobierna con la mitad de la empresa abiertamente en contra y no tiene que hacer un ejercicio permanente de persuasión, diplomacia y negociación”.

El economista Josep Maria Gay de Liébana introduce un matiz: “Por supuesto que no todos los empresarios de éxito van a gestionar las cuentas públicas mejor que los políticos profesionales. Eso sería una pretensión ingenua. Pero, ¿una persona cuyo gran mérito es prosperar en la estructura opaca y muchas veces corrupta de un partido va a ser siempre mejor gestor que alguien del mundo real que conoce sus problemas?”.

En su camino hacia la candidatura republicana, Donald Trump lanza un inflamado discurso a la sombra de los cañones del histórico acorazado  USS Iowa el pasado septiembre.
En su camino hacia la candidatura republicana, Donald Trump lanza un inflamado discurso a la sombra de los cañones del histórico acorazado USS Iowa el pasado septiembre.

Según García Aristegui, “lo que hay que exigirle a un político es honradez, capacidad y, sobre todo, una ideología, porque pretender que se puede ser neutral cuando lo que se ventila aquí es la lucha de clases es un insulto a la inteligencia”. En lo que sí está de acuerdo con Gay de Liébana es en su valoración negativa de las estructuras y dinámicas internas de los partidos políticos: “Las mentes más lúcidas del PP y del PSOE, que las hay, ya se han dado cuenta de que tienen un serio problema de relevo generacional, porque las juventudes de los partidos son escuelas de corruptos y de mediocres. Pero la única solución que se les ocurre de momento es captar independientes como si se tratase de fichajes mediáticos. Eso ha dado hasta ahora en España resultados más bien desastrosos, basta con recordar el caso de Baltasar Garzón. Habrá que ver qué pasa con Manuela Carmena o Irene Lozano”.

Carlos Cué apunta a otra supuesta ventaja de empresarios y multimillonarios sobre los políticos tradicionales: “Un hombre que hacía campaña por Macri en los barrios más deprimidos de Buenos Aires me decía que el argumento que más le compran es que, al ser inmensamente rico, Macri no tendrá necesidad de robar y será menos corrupto”. Cué acoge el argumento con escepticismo: “Ojalá fuese cierto, pero la realidad nos demuestra que el dinero es muy adictivo y que una parte al menos de los magnates metidos en política se ha corrompido tanto o más que nadie”.

Para García Aristegui, “ese es uno de los argumentos más endebles y ridículos a favor del gobierno de los ricos”. Y remata citando a Sam Pizzigati y su libro Los ricos no siempre ganan (Capitán Swing), un estudio de cómo EE UU se convirtió en una sociedad más igualitaria que nunca a mediados del siglo XX, antes de adoptar de nuevo políticas que benefician a la élite económica en detrimento del resto: “El antídoto contra la plutocracia son impuestos altos y sindicatos fuertes”. A partir de ahí, añade Aristegui, “que se meta en política quien quiera”.

 

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