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La gran epidemia de India

En el campo, la sequía y el endeudamiento asedian a los agricultores

La elevada tasa de suicidios entre ellos es la manifestación más dramática

Una mujer trabaja en el campo. Su marido se suicidó en 2008 porque no podía pagar la dote para casar a sus dos hijas.
Una mujer trabaja en el campo. Su marido se suicidó en 2008 porque no podía pagar la dote para casar a sus dos hijas.

La vida de Shakuntala Varma, mujer india de 35 años, madre de cuatro hijos, fue siempre difícil. “Teníamos solo medio acre de tierra y, aunque habíamos alquilado una pequeña parcela más, la cosecha apenas nos permitía sobrevivir”. El trigo recolectado este año ni siquiera daba para eso. Así que su marido, Mannulal Varma, tuvo que pedir prestadas 100.000 rupias (1.400 euros) a los usureros del pequeño pueblo de Atarra, en el norteño Estado de Uttar Pradesh, para la dote de su hija Shama, de 16 años. “Queríamos casarla cuanto antes, porque cuanto más mayor sea, más caro resultará encontrarle pareja”, explica ella. Pero semanas después las lluvias destrozaron el campo y los prestamistas comenzaron a insistir en el pago de la deuda. “Infravaloré nuestra situación financiera”, reconoce la agricultora.

El pasado 20 de abril, taciturno, Mannulal pidió a Shakuntala que fuese al pueblo para conseguir algo de comida con la cartilla de racionamiento. En su ausencia, se ahorcó en el árbol que preside la entrada a la pequeña casa de adobe de la familia. Subió tan alto que los vecinos tardaron horas en bajar su cadáver. “Él ya no sufre, pero ¿y nosotros? ¿Cómo voy a sacar a mis hijos adelante? Ahora siento que sería mejor si los matara a todos”. Shama ya no podrá casarse, y solo uno de los hermanos tiene edad para trabajar una tierra que no deja de cobrarse sus deudas con vidas.

Narayanamma, con la única foto de pareja que tiene con su marido.
Narayanamma, con la única foto de pareja que tiene con su marido.

Con toda la dificultad de las estadísticas, se calcula que unos 300.000 agricultores se han quitado la vida en los últimos 20 años. Y a pesar de que el crecimiento económico del país asombra al mundo, el problema se agudiza. De hecho, 2015 podría acabar, por primera vez, con más de 20.000 agricultores muertos. Algunos expertos advierten de que la tasa de suicidios no es mayor que entre desempleados u otros profesionales. Salvo en los Estados del sur, como Maharashtra, Andhra Pradesh, Karnataka o Kerala, donde la incidencia en el campo está muy por encima de la media.

Este año, el fenómeno también ha aumentado en el norte. “El número de suicidios se ha duplicado en la mayor parte de las localidades de Uttar Pradesh y sabemos que en otras zonas del país la situación es igual de dramática”, reconoce K. S. Singh Yadav, responsable del departamento de salud de la ciudad de Lalitpur, una de las más afectadas por las fuertes lluvias.

Los hijos de un suicida que bebió veneno para evitar que lo detuvieran por impago custodian la cosecha.
Los hijos de un suicida que bebió veneno para evitar que lo detuvieran por impago custodian la cosecha.

La alteración de las épocas del monzón, agudizada por el calentamiento global y que hace que tanto las sequías como las precipitaciones sean mucho más intensas, se ha aliado con la caída en los precios que se paga a los agricultores para provocar una auténtica sangría en el campo indio. De esta forma, el peso de la agricultura en el PIB cae sin parar: a pesar de que proporciona trabajo al 60% de la población, supone actualmente solo el 13% de la riqueza india. “El Gobierno fuerza a los agricultores a cumplir con los precios mínimos que establece, pero les ofrece compensaciones míseras en caso de que pierdan la cosecha. Así que los muertos continuarán amontonándose”, vaticina Ajay Sri Vastava, activista de la ONG ActionAid –hermana de la española Ayuda en Acción– en Lalitpur.

A pesar de que la agricultura proporciona trabajo al 60% de la población, actualmente supone solo el 13% de la riqueza india

Varios estudios en países como Estados Unidos, Reino Unido o Canadá han constatado que la agricultura es una actividad de mucho estrés, donde la tasa de suicidio es más elevada que en el resto de la población. En el caso de India, al endeudamiento se unen, según los estudios, problemas familiares, alcoholismo, imposibilidad de hacer frente a las dotes, inexistencia de una red de apoyo, la ausencia de información o el deterioro del estatus económico. A pesar de los programas gubernamentales, menos de un 20% de los agricultores tienen algún tipo de seguro.

El periodista especializado en asuntos agrícolas Palagummi Sainath recalca un dato contundente: más de 15 millones de campesinos han abandonado la agricultura en el último cuarto de siglo. “Mientras han aumentado su productividad en un 84%, su capacidad adquisitiva real ha caído un 22%”, apuntó durante un simposio. “El suicidio de los agricultores no es la crisis, sino efecto de la crisis”. Y, como siempre, quienes más la sufren son mujeres y niños. Buen ejemplo de ello es la familia de Vimala Ahirwar. Tiene 23 años, la casaron con un hombre cuatro años mayor que ella poco después de haber cumplido los 13 y ya tiene dos hijos de cinco y de tres años y medio a los que tendrá que alimentar sola. Porque su marido se ahorcó el pasado 26 de febrero.

Shakuntala Varma junto a sus hijos.
Shakuntala Varma junto a sus hijos.

Como sucede habitualmente en las zonas rurales, los Ahirwar habían tenido que endeudarse para adquirir semillas, fertilizante y diferentes aperos de labranza. “El banco nos dio 100.000 rupias [1.400 euros], pero mi marido tuvo que acudir a los prestamistas del pueblo, antiguos terratenientes, para las 75.000 rupias [1.050 euros] más que necesitábamos”, recuerda. Una de las condiciones que les impusieron fue que comenzasen a pagar el interés del 30% solo un mes después. Pero en febrero, cuando la cosecha de cereal estaba ya casi lista, las callejuelas del pequeño pueblo de Patora se convirtieron en ríos y un granizo del tamaño de nueces hizo estragos. “Poco después aparecieron los usureros con palos”. La pareja ganó algo de tiempo empeñando las joyas que Vimala había recibido como dote, pero su marido sucumbió a la presión. “Y nadie quiere contratar viudas porque la gente cree que traemos mala suerte”, se lamenta.

Severana Kisheaha conoce esa situación, pero tiene la fortuna de que sus dos hijos se hacen cargo de ella después de que su marido bebiera sulfato en marzo. Las lluvias se anticiparon este año y dieron al traste con la cosecha. “Antes producíamos seis toneladas de maíz, pero este año solo nos ha quedado una”, explica su hijo mayor, Prushoddan, de 28 años, que debe hacer frente al crédito que pidió su padre.

Una viuda con la foto de su marido.
Una viuda con la foto de su marido.

Por eso, su esperanza está puesta ahora en la polémica compensación de hasta 700.000 rupias (10.000 euros) que el Gobierno central, en conjunción con los estatales, concede a los familiares de los suicidas. Pero no será fácil lograrla. Sri Vastava asegura que de los 32 suicidios que se registraron en la zona en la primera mitad de este año, únicamente se ha concedido la ayuda en cinco casos. Y su cuantía ha sido de 100.000 rupias (1.400 euros). “Los políticos no quieren pagarla y, en muchos casos, justifican la negativa presionando a los médicos para que aduzcan que la muerte se debió a causas naturales o por consumo de alcohol y de drogas”, denuncia. Como un 40% de los campesinos que se suicidan beben pesticida o tinte de pelo, las disputas con el Gobierno son numerosas.

Singh Yadav matiza la acusación: “Es cierto que el envenenamiento puede terminar causando la muerte por infarto, pero también es cierto que hay familias que tratan de que una muerte natural sea considerada suicidio para cobrar la indemnización”. “En India, la agricultura puede ser una condena de muerte”, concluye el periodista Parvati.

elpaissemanal@elpais.es