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Del negro al rosa

Imagínese que en una reunión de amigos uno de los comensales, de pronto, se torna grave y pregunta: “¿Hay entre vosotros alguno que se haya visto abocado a pagar en negro?”

Unos jóvenes descansan en una plaza de Barcelona.
Unos jóvenes descansan en una plaza de Barcelona.

Imagínese que en una reunión de amigos uno de los comensales, de pronto, se torna grave y pregunta: “¿Hay entre vosotros alguno que se haya visto abocado a pagar en negro?”. Más que caer como una bomba, más que hacerse un silencio culpable, lo que harían los amigos del inquisidor sería preocuparse seriamente por si ha tenido un lapsus de memoria. En España, la pregunta sobra. Pero lo que de verdad sobra es el juicio moral a quien contesta la verdad: que sí.

¿Y quién no? Nada más detestable que la hipocresía de los que niegan lo obvio: ¿me podrían explicar los que andan santiguándose cómo podrían subsistir los andaluces, con el índice de paro que padecen, si no hubiera trabajillos en negro?

Pero aún voy más allá: ¿Cómo creen estos adalides de la moral pública que están llegando a fin de mes muchos de los jóvenes para los que el mileurismo quedó como símbolo de una época dorada que pasó? ¿Cómo alcanzan su autonomía? Fácil: padres, madres, tíos, abuelos, madrinas, tutores ocasionales o mentores nos hemos convertido en compensadores del ínfimo dinero que reciben en sus trabajos precarios.

¿No es esa una economía sumergida que no figura ni en los estudios que analizan la vida subterránea? Si se observara, desde un punto de vista cristiano, esta actividad compensatoria a la que nos dedicamos unos cuantos de la clase media tendríamos al menos el consuelo de estar haciendo obras de caridad. Pero una no aspira a ganarse el cielo. Por lo demás, comparar al sinvergüenza que no quiere tributar con el que hace trampillas para salir a flote es indecente. Cuántos conozco que cambiarían su vida en negro por una en rosa.