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Amor a destiempo

Parece mentira que esta idea tan cruel de la mujer madura, anulada para cualquier papel que no sea el de viuda o abuela, siga vigente

Mario Vargas LLosa e Isabel Preysler.
Mario Vargas LLosa e Isabel Preysler. EFE

En la sala de espera de un médico, en el gimnasio, en el bar, o en urgencias, una tele en lo alto te da la oportunidad, mientras esperas noticias de una familiar ingresada, de conocer a fondo los problemas a los que se enfrenta el actor porno Nacho Vidal desde que su instrumento laboral se le arqueó durante la participación en un reality show. Es de agradecer que la furiosa tertulia tenga anulado el sonido, pero lo cierto es que todo el mundo sigue leyendo los subtítulos. Este debate contiene asuntos de naturaleza humana, puesto que nada hay más humano que hablar de uno de los órganos donde la vida se genera, pero lo cierto es que cuando a esos otros debates, los que abordan temas graves, les quitan también el sonido, como así ocurre en la sala de espera del dentista, leemos igualmente subtítulos cargaditos de absurdo. A mí, las tertulias que más me fascinan son aquellas de corte transversal, por usar el adjetivo del momento. Me refiero a esas reuniones de contertulios en que se trata lo rosa como si fuera sesudo y lo político como si fuera del corazón. Lo extraordinario de las tertulias transversales es que en ellas abundan las mujeres, por entender los responsables de los medios, imagino, que somos expertas en darle a todo su toquecillo humano y que nadie se va a extrañar si mezclamos los asuntos de gran calado político con cuestiones entrañables, como por ejemplo, quién le prepara la maleta al presidente del Gobierno cuando viaja. A veces pienso que cuando se lleva a una mujer a una tertulia o a la presentación de un libro, se espera de ella que en algún momento interrumpa lo solemne de la conversación para preguntarle al caballero que tiene al lado, “¿y a usted, quién le hace la maleta cuando viaja?”.

El otro día, en una de esas salas de espera en las que la tele se ve con subtítulos, me tragué una tertulia de mujeres mañanera, donde ellas, siguiendo el papel que se nos tiene asignado, iban del corazón a los asuntos políticos, de Obama (del que se comenta que anda haciendo campaña por la unidad de España) a la hija secreta de un jinete, tan enorme ya que se diría su novia. Pero el momento cumbre de dicho debate llegó con el hombre más paradigmáticamente transversal de los últimos tiempos, el que hoy podría protagonizar cualquier programa que se le propusiera: Mario Vargas Llosa. Había, en esta tertulia femenina, mucha guasa alrededor de la edad de don Mario (años que no aparenta) y la de su nueva compañera sentimental (que tampoco). Había sarcasmo, más que ironía, sobre la idea de que dos personas que han superado la madurez se muestren enamoradas, y algún comentario jocoso sobre esos abuelos que, como nuestra pareja, se enamoran en los geriátricos. Había un trasfondo sexual que sin expresarse se intuía todo el tiempo: ¿cómo se las apañan dos personas más allá de los 65 para gozar de una pasión?

Entiendo que sea chocante relacionar de pronto la literatura con el papel couche, pero dejando a un lado ese detalle, estoy segura de que el affaire del literato no hubiera provocado estos comentarios chistosos si la elegida hubiera sido una jovencita. Sea como fuere, siempre espero que las bromas de las señoras en torno a la edad del amor vuelen un poco más alto, ya que somos nosotras las que tradicionalmente hemos sido motivo de chanza si mostrábamos algo parecido a la pasión en cuanto dejábamos atrás la juventud. Véase Calle Mayor. Y parece mentira que esta idea tan cruel de la mujer, anulada para cualquier papel que no sea el de viuda, abuela o tía soltera que disfruta vicariamente las vidas de sus sobrinos, siga vigente. De los hombres poderosos sabemos que pueden llegar a viejos disfrutando del sexo (con ayuda química o sin ella) al lado de una joven extasiada con el poder, la inteligencia, el brillo social o todo a la vez. De las pasiones femeninas de última hora no sabemos nada, ni queremos saberlo porque nos ofende que una mujer de la edad de nuestra señora madre ande perdiendo la cabeza. Ignorancia y prejuicios. Isaac Bashevis Singer, que vivió mucho y amó más, escribió apasionadamente sobre el amor sexual, decía que “un novelista que escribe de los seres humanos debería tener una gran sensibilidad hacia el sexo. Hay tan pocos placeres en este mundo que el escritor no puede evitar inspirarse en el más grande de todos ellos”. Tal vez Singer estaba refiriéndose sólo a un viejo escritor varón, pero ya va siendo hora de que las mujeres nos incluyamos en la celebración de la vida sin límite ni complejos. En cuanto a don Mario, siempre fue singular en unos amores que le inspiraron novelas de amor y de humor, ¿por qué no otra?