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Tu muro, mi valla

Es costumbre ancestral de la humanidad utilizar los pies para ir a buscar comida o garantizar la propia vida

En el mundo hay Gobiernos que no quieren que la gente salga y Gobiernos que no quieren que la gente entre. Durante la guerra fría, los países de la órbita soviética, también la España de Franco, prohibían a la gente salir o ponían muchas restricciones para hacerlo, no fuera a ser que no volvieras o que regresaras con ideas inadecuadas. Pero aun así muchos lo intentaban: cuando a la gente le prohíben votar con las manos acaba votando con los pies. En esa fea costumbre de prohibir salir siguen instalados muchos regímenes dictatoriales, incluyendo China, que restringen la salida de aquellos que disienten del régimen de partido único.

Pero tras el fin de la guerra fría las tornas han cambiado y los países que antes se quejaban de los muros de los demás se han dedicado a erigir todo tipo de vallas para impedir que accedan aquellos que, siguiendo una costumbre ancestral de la humanidad, utilizan sus pies para ir a buscar comida o garantizar la propia vida. Noten por favor un matiz importante: a las barreras que impiden la salida de los países de los demás les llamamos muros, pero a las que impiden la entrada en los nuestros (incluido España) les llamamos vallas, como si al llamarlo así el obstáculo fuera más liviano.

Paradojas de la vida. Recuerden si tienen un momento a ese Ronald Reagan que en junio de 1987, encaramado a una tribuna en Berlín, instaba a Gorbachov a derribar el Muro. O al Gobierno húngaro que en mayo de 1989 desmantelaba las alambradas en su frontera con Austria, permitiendo a los alemanes orientales huir de ese gigantesco presidio que era la RDA. Y ahora avancen los relojes y contemplen esa propuesta de Donald Trump de construir un muro sobre los 3.145 kilómetros de frontera que EE UU mantiene con México. O deténganse en las obras de construcción de la valla que aislará los 175 kilómetros de frontera húngara con Serbia. Hungría lleva en lo que va de año 80.000 solicitantes de asilo, en comparación con los 43.000 que recibió el año pasado. En ausencia de política, ponemos vallas, o directamente muros. Nos falta un Quevedo europeo que pudiera “mirar los muros de la patria europea” y lamentarse. @jitorreblanca

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