El embarazo no incrementa las complicaciones tras una operación

Ante la controversia existente, un extenso trabajo indica que la mortalidad al salir del quirófano es similar entre gestantes y no gestantes

Una mujer en avanzado estado de gestación.
Una mujer en avanzado estado de gestación.CORDON PRESS

Quizás sea un súbito ataque de apendicitis aguda que necesita ser tratado de inmediato. O una molesta hernia inguinal estrangulada o una operación para extraer la vesícula que no puede esperar. Durante los nueve meses que dura un embarazo existe la posibilidad de que la gestante tenga que someterse a una intervención de cirugía general. Algunos estudios muestran que una de cada 500 embarazadas pasará por el quirófano por problemas no ginecológicos (un 0,2%). Otros trabajos elevan esta tasa al 1,5%. ¿Implica el embarazo un mayor peligro de sufrir complicaciones tras pasar por la mesa de operaciones? ¿Es un factor de riesgo encontrarse encinta?

Un artículo publicado en la revista JAMA Surgery responde a estas preguntas. Ni en mortalidad, morbilidad en general (número de personas que enferman como consecuencia de la intervención) o complicaciones (a partir de una batería de 21 potenciales efectos secundarios) hay diferencias significativas respecto a las intervenciones en mujeres no embarazadas. Los autores del trabajo, como admiten en la publicación, se han ceñido a los potenciales daños en la paciente, pero no han considerado las lesiones que puedan haberse producido en el feto como resultado de la intervención (hay un 4% de casos de pérdida del feto tras una apendicectomía).

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El estudio pretende arrojar luz a la controversia que existe entre la comunidad científica, debido a la disparidad de los resultados de los trabajos que han abordado si la cirugía en embarazadas implica o no asumir riesgos por encima de los de la población general.

Para ello, los autores, del Anschutz Medical Campus de la Universidad de Colorado, han acudido a una gran base de datos de población, el Programa Nacional de Mejora de la Calidad Quirúrgica del Colegio de Cirujanos de EE UU, de la que han extraído historias clínicas de pacientes operadas entre el 1 de enero de 2006 y el 31 de diciembre de 2011. El estudio incluye información de 2.764 gestantes y de 516.705 mujeres intervenidas que no estaban embarazadas, a las que se siguió hasta 30 días después de la operación.

Tras cotejar la información que arrojaron los dos grupos de población, los investigadores extrajeron una primera conclusión. Las mujeres embarazadas hospitalizadas tenían mayor riesgo de ser sometidas a cirugía de urgencia (50%) que el resto (13%).

También advirtieron que había sensibles diferencias entre los dos grupos que podían alterar los resultados del trabajo. Al tener una media de edad sensiblemente más joven, las condiciones de salud de partida de las embarazadas eran mejores que las del otro grupo de pacientes. Por el contrario, los resultados de sus análisis de sangre eran peores. Para combatir los posibles sesgos que pudieran producirse, los investigadores recurrieron a un tipo de análisis estadístico que selecciona pacientes con variables homogéneas para que el resultado de la comparación arroje conclusiones fiables (propensity matching, en inglés).

Las tasas de mortalidad a los 30 días de la intervención son del 0,4% en las embarazadas frente a un 0,3% de las no gestantes

Al introducir este filtro, se seleccionaron dos grupos de 2.539 mujeres cada uno (gestantes y no embarazadas) y se confrontaron. Apenas se encontraron diferencias. Las tasas de mortalidad a los 30 días de la intervención fueron del 0,4% en las embarazadas frente a un 0,3%. La tasa de morbilidad general tampoco varió demasiado: 6,6% por 7,4%. Lo mismo sucedió con las complicaciones (sepsis, infecciones en las heridas, fallo renal agudo, neumonía, intubación prolongada, embolia pulmonar).

"Las conclusiones son aplicables a la situación en España", explica Camilo Castellón, jefe de servicio de cirugía general y aparato digestivo del Hospital Infanta Elena (Valdemoro, Madrid) y autor del libro Cirugía general y embarazo.  "Se trata de un estudio muy completo que emplea una base de población muy extensa y, frente a otros artículos similares, elimina el riesgo comparativo entre gestantes y no gestantes", destaca.

Castellón apunta que el principal riesgo que presenta la intervención en embarazadas se deriva del posible retraso en el diagnóstico. Los cambios fisiológicos en la paciente pueden enmascarar síntomas (aumento de frecuencia cardiaca, de recuento de leucocitos en sangre). Además, en ocasiones se limitan las pruebas para proteger al feto (el TAC) y este enfoque conservador puede derivar en un avance y agravamiento de la enfermedad (la perforación de tejido en la apendicitis). A este respecto, los autores del trabajo presentan sus conclusiones como un aval de la conveniencia de atajar la enfermedad e intervenir cuanto antes si el aplazamiento de la intervención puede conllevar el progreso de la patología.

Pese a la "riquísima información" que manejan los autores del artículo, el cirujano del hospital madrileño echa en falta algunos aspectos que podrían haber enriquecido el trabajo. Castellón alude, por ejemplo, a detallar no solo las diferencias en cuanto a complicaciones (que son similares), sino entre la gravedad observada en uno u otro grupo. O el momento de la intervención (por trimestres) y su relación con los efectos adversos.

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