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Agua, barro y polvo: más allá de lo que arrastró el río en Atacama

Un mes después de las inundaciones del norte de Chile, la ciudadanía intenta recuperar la normalidad y reclama presencia, información y políticas preventivas a sus gobernantes

Más de dos semanas después de las inundaciones, algunos vecinos de Copiapó todavía no han logrado sacar el barro de las calles.
Más de dos semanas después de las inundaciones, algunos vecinos de Copiapó todavía no han logrado sacar el barro de las calles.

“¡Acá mataron un río!”, “¡Atacama se seca!” Era el Día Mundial del Agua, el 22 de marzo, cuando centenares de nortinos reivindicaban la falta de agua en Atacama. Es la Tercera Región de Chile y también la puerta al desierto más árido del mundo. Tierra de viñedos y minerales —oro, cobre y hierro— que se enmarca, como toda la geografía chilena, entre el Pacífico y la Cordillera de Los Andes.

Su capital, Copiapó, se ha convertido en una de las regiones emblemáticas de la crisis hídrica que afecta la zona. No es casualidad: los copiapinos han perdido su río. El Copiapó solía fluir a lo largo de 160 kilómetros desde la cordillera hasta el océano y se alimentaba de los afluentes que bajan desde los glaciares andinos. Hoy es un lecho polvoriento dónde se acumulan basuras y perros vagabundos.

La desaparición del río no se produjo sólo por la sequía extrema que amenaza la región —dónde no llovía con intensidad desde 1997—, sino también por la sobreexplotación de su cauce a través de la entrega de derechos de agua que superan varias veces la capacidad de la cuenca: “Según el último informe del año pasado, el acuífero ingresa de forma natural 3.800 litros por segundo y hay derechos de agua otorgados por 22.000. Los números no cuadran en lo más mínimo”, exclama Jorge Godoy, portavoz de la Coordinadora Regional por la Defensa del Agua y el Medioambiente de Copiapó.

La privatización del agua, impulsada por Pinochet a partir de los años ochenta, “permitió que cualquiera pudiera solicitar derechos de agua, que se entregaban mientras la cuenca tuviese capacidad. Pero eso no se respetó”, lamenta el activista. Durante los años noventa, cuando se multiplicaron las empresas mineras en la región y el valle se llenó de viñedos, las solicitudes se dispararon. La región se desarrollaba, pero el valle empezó a secarse.

Por eso, cuando la mañana del día 23 de marzo el río Copiapó trajo de nuevo agua, muchos copiapinos nostálgicos se concentraron al lado del lecho, sólo para contemplarlo: “La gente estaba muy emocionada, esperando el espectáculo”, explica el periodista José Manuel Gutiérrez. “Parecía que, junto con la llegada del río, revivían los recuerdos. Se sacaban fotos, lo miraban fascinados y empezaban a relatar historias de niñez, cuando jugaban con el río, pasaban el rato en la ribera o incluso construían balsas y hacían competiciones”, relata José Manuel. Según él, “el río era mucho más que agua, era la vida de la ciudad”. La “fiesta popular espontánea” se alargó hasta la noche.

Fue durante la madrugada, pero, cuando llegaron las primeras noticias y los vecinos vivieron a caballo del miedo y la exasperación. Las calles se habían convertido en ríos de basura y barro. Una mezcla viscosa avanzaba con fuerza por dentro de la ciudad y arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. La emergencia se declaró en la zona, que quedó totalmente inundada —hasta hoy— no sólo de barro y basura, sino también de incertidumbre, interrogantes y desinformación.

La acción colectiva para sobreponerse

“En 1997 hubo otras precipitaciones muy fuertes. Los servicios se juntaron, formaron comisiones y decidieron crear un plan de contingencia. ¿Dónde está este plan?”, se pregunta José Manuel, a quien le tocó cubrir la crisis en aquel entonces.

Los afectados se quejan de no haber tenido la respuesta que esperaban de sus representantes políticos: “Casi toda la ayuda que hemos recibido ha sido de particulares”, afirma Rodrigo Parra, un joven del pueblo de Paipote que perdió todo —“menos la tele”— bajo el lodo. Su opinión coincide con la de Juan Carlos Pérez, un copiapino que dos semanas después de las inundaciones aún vive con la calle llena de barro y agua de las alcantarillas: “La primera visita de los funcionarios del municipio fue 11 días después de la lluvia para traer una bolsa con algunos víveres”.

La desaparición del río no se produjo sólo por la sequía extrema que amenaza la región, sino también por la sobreexplotación de su cauce

“Pasaron los bomberos y funcionarios municipales avisando de que había que evacuar”, relata José Manuel. “Hice algunas llamadas para tener más detalles —explica— pero las informaciones eran totalmente contrapuestas porque los carabineros y funcionarios del gobierno me dijeron que no saliéramos de casa”.

La percepción de que el Estado fue incapaz de gestionar la crisis es latente entre los vecinos. “No tuvieron capacidad de respuesta y se transfirió todo el poder al Ejército”, critica el periodista. El estado de excepción se declaró pocas horas después de que desbordaran las primeras quebradas: “El primer momento fue como una ocupación militar, con el toque de queda, las tanquetas y las metralletas de los militares con la banda roja, que significa que llevan munición de guerra”, señala José Manuel. “A muchos de nosotros, estas circunstancias nos recordaron otros tiempos”, espeta. Para el máximo responsable de la región, el intendente Manuel Vargas, en cambio, “el haber dispuesto que efectivos militares estuvieran presentes en las zonas afectadas fue una buena medida para entregar seguridad a las personas, evitar saqueos y que unos se aprovechen de los otros”.

A pesar del ejército, las autoridades locales, regionales y estatales, y los carabineros, bomberos y comités de emergencia, lo cierto es que fueron los ciudadanos, familias, empresarios locales y voluntarios quienes se autoorganizaron, movidos por la solidaridad entre vecinos y municipios, para superar los primeros momentos de la crisis. Sacar barro, limpiar las calles, traer agua y alimentos, ayudar en los desplazamientos o compartir informaciones se convirtieron en las tareas cotidianas de los nortinos durante las últimas semanas. Una acción colectiva y de autogestión que demostró ser clave para la resiliencia y recuperación de los atacameños y atacameñas.

Construir nuevas viviendas

El voluntariado ha sido otra pieza clave para mover los engranajes de la recuperación. Cientos de personas —con o sin organizaciones detrás— se han reunido en los centros de acopio, albergues o en los terrenos donde se construyen las viviendas, para colaborar con las entidades que están gestionando la ayuda a las familias afectadas desde la base civil.

Los copiapinos y copiapinas intentan recuperar la normalidad de su día a día pero reclaman información de los efectos medioambientales que los aluviones pueden provocar a medio y largo plazo. ampliar foto
Los copiapinos y copiapinas intentan recuperar la normalidad de su día a día pero reclaman información de los efectos medioambientales que los aluviones pueden provocar a medio y largo plazo.

Es el caso de Patricio Bustos, un joven del municipio de Vallenar que forma parte de la organización Un Techo para Chile y que decidió, junto a otros voluntarios de las regiones de Valparaíso, Coquimbo y Atacama, pasar el fin de semana en el municipio de Tierra Amarilla para construir 20 viviendas: “Las clases se suspendieron no sabemos hasta cuando, así que aprovecho para trabajar acá”. Sólo durante el mes de abril, Un Techo para Chile ha construido más de 170 casas.

“Se abre un capítulo distinto en la planificación urbanística de Atacama y la seguridad de las personas será un elemento central”, asegura el intendente regional Manuel Vargas. La nueva directriz implicará “tomar algunas decisiones drásticas” como “relocalizar” los poblados que se ubican en zonas de riesgo. Pero la directora regional de la ONG, Catherine Campos, asegura: “No es fácil aceptar esas medidas porque la persona tiene que estar dispuesta a dejar el lugar, que muchas veces es de su propiedad, y trasladarse a otro sector que no es dónde habitualmente se relaciona ni tiene su cotidianidad. Es muy complicado tener que decidir entre trasladarse a una villa de emergencia o esperar una solución más definitiva en el lugar que tuvieron los daños”.

Consecuencias económicas y medioambientales

Otra patata caliente que ha caído en manos del gobierno regional a consecuencia de los aluviones es la contaminación que envuelve la ciudad por el polvo en suspensión. Los días siguientes al desastre, el Ministerio de Minería confirmó la existencia de 164 tranques de relaves mineros activos en la región de Atacama, es decir, 164 acumulaciones de desechos de metales pesados que se distribuyen a lo largo de la Tercera Región. El desborde del río arrastró también algunos de estos residuos que se mezclaron con el lodo y ahora, una vez se secó el barro, el aire los esparce por toda la ciudad. Las mascarillas protectoras cubren los rostros de los vecinos, que siguen esperando un mensaje claro sobre cómo tienen que protegerse. “Ahora mismo están en riesgo los bebés y los niños, los adultos mayores, las personas alérgicas y las asmáticas porque se espera un crecimiento exponencial de las infecciones respiratorias agudas, producto del polvo contaminado en el aire”, asegura el activista Jorge Godoy.

Desde el gobierno de la región, se asegura que el polvo todavía está en fase de monitoreo para “tener la seguridad de que la precipitaciones no impactaron en los relaves”, pero algunas organizaciones que se han desplazado sobre el terreno ya han constatado que ha habido escurrimiento de relaves.

La acción colectiva y de autogestión que demostró ser clave para la resiliencia y recuperación de los atacameños y atacameñas

Los efectos de los aluviones han afectado duramente la actividad económica de la región, que ya arrastraba una tasa de decrecimiento del 6% debido, principalmente, a la bajada del precio del cobre: “Muchas familias, sobre todo las más vulnerables, tenían sus fuentes de trabajo en el sector agrícola o minero, y ambos están gravemente afectados”, señala Catherine.

Para paliar esos efectos, el Ministerio de Trabajo pretende crear “3.000 puestos de empleo destinados a la reconstrucción a través de materiales que se adquirirán al mercado local, la normalización del transporte público, operadores de maquinaria o la limpieza de calles y veredas”.

Rosa Segovia es propietaria del Café El Chañar de Copiapó. Su bar no sufrió daños importantes pero ha pasado más de dos semanas sin atender. Puso en marcha el negocio hace sólo un año y no quiere interrumpir la actividad justo ahora que empezaba a tener algunos clientes fieles: “He decidido abrir a la hora de cenar también porque durante el día la gente está en sus casas sacando barro y aquí no viene nadie”, dice. Rosa busca e ingenia la fórmula para levantar su negocio —y el humor— e intenta contagiarla: “Arriba los ánimos”, ha escrito al final de las recomendaciones del día que se anuncian en la pizarra.

También Leonor Núñez, librera en el mercado de la plaza de Armas de Copiapó, se muestra confiada para recuperar la normalidad. “La plaza ya está casi despejada, creo que en pocos días montaremos de nuevo. Han sido dos semanas sin mercado y este mes será muy duro”, lamenta.

Una nueva etapa arranca para los atacameños y atacameñas. Hay que levantar los comercios y viviendas, los alumnos tienen que volver al colegio y, en definitiva, recuperar la infraestructura que quedó anegada bajo el lodo. La predisposición, el buen humor —a pesar de todo—, la solidaridad y el sentido colectivo, están. Parece que el ingrediente que falta tiene que ver con que el acompañamiento de sus representantes políticos esté a la altura de la actitud que ha demostrado el pueblo nortino.