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África y las inclemencias de un periodismo apresurado

 Un grupo de inmigrantes caminan por la playa de Tripiti en la isla de Gavdos hoy, jueves 9 de abril de 2015, tras desembarcar de una embarcación en el sur de Creta. Un total de 10.445 inmigrantes irregulares entraron en Grecia por vía marítima durante el primer trimestre del año, según informó la Guardia Costera del país, que apuntó que en el mismo periodo del año anterior fueron 2863 personas. EFEVASSILIS MATHIOUDAKIS
Un grupo de inmigrantes caminan por la playa de Tripiti en la isla de Gavdos hoy, jueves 9 de abril de 2015, tras desembarcar de una embarcación en el sur de Creta. Un total de 10.445 inmigrantes irregulares entraron en Grecia por vía marítima durante el primer trimestre del año, según informó la Guardia Costera del país, que apuntó que en el mismo periodo del año anterior fueron 2863 personas. EFE/VASSILIS MATHIOUDAKIS

Autor invitado: Johari Gautier Carmona

Martes 3 de Marzo del 2015. La noticia resuena en Telecinco con el mismo impacto de siempre. Dos pateras con 78 inmigrantes procedentes de África acaban de naufragar en las costas españolas. Siguen las inevitables imágenes tomadas en plena noche, horizonte oscuro, rostros extenuados, miradas confusas, casi implorando. El hacinamiento colinda inevitablemente con las temperaturas extremas y unas condiciones de viaje aterradoras. Las mantas son el primer consuelo de un viaje que no sabemos cómo se inició y tampoco cómo terminará. En total, 10 segundos dedicados a la inmigración irregular llegada a España. Quizás 12 en el caso de que, entre los viajeros, se encuentre una mujer embarazada, niños enfermos o algún fallecido.

Esta vez fue Telecinco, pero podría haber sido Televisión Española, la Cuatro o la Sexta. El esquema informativo no permite llevar a la audiencia hasta algo más profundo que un titular. Entonces las imágenes vuelan de un lado a otro, el locutor lee la noticia con un tono insensible, concentrado en evitar que se le escape un suspiro, un silencio o una décima de segundo. Los tiempos priman en el mundo de la información. Los 140 caracteres de Twitter también reinan en el mundo audiovisual y así es como el televidente termina atiborrado de titulares, noticias a medias o inconclusas, nutridas de cifras, muchas cifras. Siempre cifras.

Los encontronazos en Melilla y el reciente escándalo de los inmigrantes recibidos por autoridades policiales con balas de goma en una playa también consolidan ese paradigma. El bienestar, la convivencia y la seguridad pueden peligrar ante un fenómeno difícil de resolver y a ese desbordamiento hay que responder -con la ayuda de Europa- mediante mayores controles, más guardacostas, más convenios bilaterales sobre la custodia de las fronteras, más dinero para patrullas. Siempre más inversiones en la inmediatez: la seguridad y otros refuerzos de contención.

Los 28 inmigrantes subsaharianos, entre ellos dos niños de corta edad, que fueron rescatados cerca de la isla de Alborán por Salvamento Marítimo cuando navegaban en una patera, en el puerto de Motril. EFE/Miguel Paquet


Pero, ¿dónde están las preguntas de fondo? ¿En qué momento se invita seriamente a reflexionar sobre los caminos que pueden ayudar verdaderamente a revertir esa inmigración? El periodismo cotidiano, demasiado apresurado en relatar los hechos inmediatos, se olvida de detallar gran parte de la fotografía. La miopía de los 140 caracteres de Twitter –o la necesidad de cubrir toda la actualidad en un mínimo de tiempo, y con cifras y generalidades llamativas– se convierte en el denominador común del periodismo diario.

Así es cómo el factor humano termina quedándose fuera de los espacios periodísticos. El tiempo no le permite incorporarse y, sin embargo, es la clave de todo. Resolver la cuestión de la inmigración ilegal procedente de África exige preguntas más profundas. Preguntas que busquen otras alternativas que las actuaciones epidérmicas como la cooperación no-gubernamental internacional y los controles fronterizos.

¿Y por qué no extender de algunos minutos –o de algunos caracteres– esos espacios dedicados a la información para que el periodismo se permita plantear otros escenarios, reflexionar sobre otras posibilidades? ¿Sería esto la solución al pez que se muerde la cola? ¿Podría este cambio sugerir otra mirada necesaria sobre las relaciones entre el sur de Europa y África basadas en una apuesta clara por el desarrollo y la estabilidad política?

La elección de la fecha del 3 de marzo del 2015 al inicio de este artículo como ejemplo de un modelo periodístico no es casualidad. El mismo día en Barcelona acontecía la presentación de la novela “Del sueño y sus pesadillas” (Atmósfera literaria, 2015), obra escrita por el mismo personaje que da cuerpo y significado a estas líneas.

La iniciativa vino de Ester Riera, dueña de la librería La Ploma, quien se dedica desde hace poco más de 30 años a difundir las publicaciones relacionadas con el continente negro y a fomentar un debate en torno a las temáticas actuales. Las migraciones son evidentemente uno de los platos fuertes de esas charlas apasionadas donde nunca faltan las preguntas y los testimonios en primera persona.

Acompañada de su marido Josep María, ella abre senderos –con libros (y no con machetes)- en esa jungla espesa del conocimiento. Cada mes organiza un ciclo de presentaciones en la biblioteca Vila de Gracia, motivada por la respuesta de un nutrido círculo de lectores que se suman a cada iniciativa. A veces la presencia del autor de una obra garantiza un debate más intenso y, en esas ocasiones, la discusión se extiende hasta bien entrada la noche, cuando la biblioteca cierra sus puertas.

En esos momentos de acaloramiento intelectual, desaparece el tiempo limitado y enrarecido de los telediarios o periódicos. La palabra y el pensamiento vuelven a retomar su lugar y su valor, y sólo en esos momentos, aclarando el contexto y los matices, se puede hablar de temáticas tan complejas como la inmigración africana. Es ahí cuando la literatura viene al rescate del periodismo.

Algunas claves para la lectura Del sueño y sus pesadillas se impusieron. La obra nació en la mente del autor cuando se produjo ese desembarque impresionante de inmigrantes africanos en la playa de La Tejita (Tenerife) –y que terminó eternizado en el reportaje “La playa más solidaria” de Octavio Toledo publicado en El País en el año 2006–, pero sólo empezó a escribirse después de un viaje a Senegal en 2009, después de recopilar valiosos testimonios de personas conocedoras de ese gran asunto nacional que es la emigración.

Había que aportar ideas claras de cómo se organiza un viaje en cayuco. Plasmar las problemáticas asociadas a esas largas y azarosas travesías para entender a los hombres y mujeres que deciden enfrentarse a la muerte en alta mar. Y con esa reconstrucción de los hechos nació la historia de Salif Bambara y Salif Diop, dos jóvenes huérfanos que deciden emprender ese viaje pese a las reticencias del principio y la presión social. En esa historia se expone el dolor, la angustia y la resignación del inmigrante, su indefensión ante ciertas artimañas de los traficantes, y todo eso con el fin de humanizar: ése es el gran poder de la literatura frente al periodismo apresurado.

En ese encuentro donde no faltaron intervenciones de peso, el profesor de Estudios Africanos en la Universidad Pompeu Fabre, Jean Bosco Botscho, especialista en Pensamiento, religiones y cosmogonía africana, subrayó el carácter traumático de esas travesías y la extrema soledad a la que se ve expuesto el inmigrante ya en suelo español. Planteó la posibilidad de usar la literatura como terapia: es decir como una forma de exteriorizar esas profundas frustraciones acumuladas durante el camino y devolver algo de dignidad y orgullo a esos héroes anónimos procedentes de África. La literatura se convierte aquí como un bálsamo emotivo y psicológico.

Más adelante, en esos giros enérgicos e inesperados que ofrecen las charlas abiertas, el ensayista Edmundo Sepa, gran conocedor del mundo asociativo catalán, se refirió al increíble retroceso que ha experimentado España durante estos años de crisis en materia de políticas de integración así como al debilitamiento de ciertas redes de solidaridad que existen entre inmigrantes. También destacó la labor quijotesca de ciertos inmigrantes africanos –como Kalilu Jammeh– que se han dedicado a través de la narrativa a concienciar sobre los engaños y abusos que conlleva la inmigración ilegal. Una vez más, la literatura asume ese papel reconstructor, de fondo, que implica diálogo y tiempo.

Así es como, un mismo día, dos realidades contrapuestas nos hablan del mismo fenómeno: el periodismo se aferra al instante y la literatura se enfoca en el sentimiento profundo. La primera realidad se escapa en las carreras de velocidad de la información y la segunda exige la atención de quien esté dispuesto a sentarse, respirar y pensar. Y entre las líneas alocadas de este mundo acelerado, el continente africano sólo pide un poco de tiempo para que lo entiendan.

@JohariGautier