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El poder sigue cazando

El campo es un excelente lugar para hacer nuevas amistades y consolidar viejas relaciones. Son conocidos cazadores Mario Conde, Juan Abelló y los hijos de Botín.

Miguel Blesa, expresidente de Caja Madrid, símbolo de los años del despilfarro, en una cacería en Namibia. Ampliar foto
Miguel Blesa, expresidente de Caja Madrid, símbolo de los años del despilfarro, en una cacería en Namibia.

Un terreno bien surtido de perdices o jabalíes puede ofrecer mejores oportunidades de negocio que las reuniones de un consejo de administración. Los cazadores se reúnen al alba para tomar un desayuno fuerte, salen a por sus presas y celebran sus trofeos con largas sobremesas al calor del fuego de la chimenea de alguna finca idílica en pleno campo. Van a desconectar, pero también se establecen relaciones, de esas que abren puertas, sirven para cerrar operaciones y, en ocasiones, pagar o buscar favores. La España de hoy ya no es la España del tardofranquismo que reflejó Berlanga en La escopeta nacional. Pero la caza se mantiene como una afición de moda entre la élite empresarial.

El campo es un excelente lugar para hacer nuevas amistades y consolidar viejas relaciones. Son conocidos cazadores Mario Conde, Juan Abelló y los Albertos (los primos Alcocer y Cortina). Lo fue Emilio Botín y también lo son sus hijos Ana y Javier. Quizá el más popular de todos sea Juan Carlos I, aunque su afición le llevó a tener que pedir perdón a los españoles tras romperse la cadera persiguiendo elefantes en África. El duque de Westminster, lord Gerald Cavendish Grosvenor, una de las mayores fortunas de Reino Unido, es el propietario de uno de los mayores latifundios: 15.000 hectáreas, enclavadas en el parque natural del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Allí han cazado el príncipe Guillermo, Carolina de Mónaco y, años atrás, su madre, Grace Kelly. Casi todos los mencionados tienen o han tenido fincas preparadas para la caza. En ellas, como en cualquier coto privado, se asiste por invitación.

“Se trata de reunir a gente que quieres conocer; les invitas a cazar para consolidar amistades”, explica Ángel López Maraver, portavoz de la Real Federación Española de Caza. “La caza va más allá de la actividad en sí misma. Hay mucho contacto entre los asistentes. Durante los años de bonanza económica propició muchas nuevas amistades; ahora, con la crisis, se han reducido mucho las cacerías, pero sigue siendo un lugar donde reafirmar relaciones”. Pese a las actuales estrecheces, un puesto para cazar en España –los precios en el extranjero son más altos– puede llegar a 1.500 euros. Imposible saber cuántos negocios se han fraguado entre tiro y tiro. “Se cierran operaciones: no sé cuántas, pero se cierran”, explica Custodia Cabanas, profesora del IE Business School. “Este tipo de actividades, que se realizan fuera del entorno profesional, hacen que los demás te identifiquen como parte de un grupo. Se genera un ambiente de confianza. Se dice que uno de los impedimentos que frenan el ascenso de las mujeres a los altos puestos es que no suelen acceder a estos círculos”, añade la experta.

Un puesto para cazar en España puede llegar a 1.500 euros. Los precios en el extranjero son más altos

Entrar en la aristocracia cinegética ha puesto en aprietos a más de un político. Muy criticados fueron Francisco Álvarez Cascos y Manuel Fraga, entonces ministro de Fomento y presidente de Galicia, respectivamente, por marcharse de cacería el fin de semana del vertido del Prestige. Tampoco pasó desapercibida la publicación en 2012 de una foto de Juan Carlos I con Jaume Matas, Gerardo Díaz Ferrán y Arturo Fernández tomada en 2007 –años después, los tres acabarían teniendo problemas con la justicia– durante una cacería de perdices en una finca del entonces presidente de la CEOE. Matar venados le costó muy caro a Mariano Fernández Bermejo, que tuvo que dimitir como ministro de Justicia del Gobierno de Zapatero tras coincidir en una cacería con el juez Garzón mientras este investigaba el caso Gürtel.

Unas de las fotos que probablemente más han escandalizado a la opinión pública, como símbolo de los años del despilfarro, son las del expresidente de Caja Madrid Miguel Blesa –cazando osos, leones, cebras, jabalíes y rinocerontes por medio mundo– mientras crecía bajo su gestión el agujero de Caja Madrid; y la foto de las llamadas cacerías de la trama Púnica, en las que promotores inmobiliarios y miembros del PP se encontraban fuera de los despachos.

Los cazadores de a pie defienden esta afición que, solo en España, mueve 3.635 millones de euros al año. “Berlanga llevó al esperpento las cacerías de otro tiempo. Nadie duda que aún hoy las hay, pero, en comparación con el 90% de las jornadas de caza que se dan durante la temporada, son una minoría”, remarca el antropólogo social Roberto Sánchez Garrido, que ha estudiado el fenómeno de la caza y sus aspectos económicos.

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