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COLUMNA

Casados

No casarme es más que una omisión. Es mi bandera: un gesto.

Yo no quiero casarme. Nunca quise. Ahora, en la Argentina, aprobaron un nuevo Código Civil según el cual las parejas que vivimos en concubinato tendremos derechos parecidos a los que tienen las parejas unidas en la institución del matrimonio. Ya saben: compartir bienes, no quedar desamparados en caso de muerte de uno de los dos. Y yo, perdón, quiero enviar todos esos derechos de regreso al remitente como si fueran una carta que me hubiera enviado el diablo. Yo no quiero que ninguno de esos derechos me cobije. No casarme es más que una omisión. Es mi bandera: un gesto. Es mi forma de decir que jamás haré parte de una institución anquilosada que devora personas y las devuelve —no a todas, sí a muchas— convertidas en un pedazo de carne sin apetitos, en un magma de mezquindades que nada tienen que ver con el amor. Y yo sólo quiero esto que tengo: tus ojos de lobo. Maldita sea yo si espero que me cobijes con nada que no sea tu forma mansa de aplacar el viento negro que me arrasa. Maldita sea yo si necesito de vos algo más que tu silencio o que tus bromas tontas. No quiero dinero, ni casa, ni auto, ni cobertura social: a vos te quiero. Solo, entero, crudo, despojado. De vos no quiero la mitad de nada: quiero todo —todo— el continente de tu inmensa soledad en compañía. Maldita sea yo si quiero algo más que tus recuerdos y tu manera de no retroceder, de no tener miedo, de ser noble. Dirán que tampoco es grave: que para que estos derechos sean reconocidos los convivientes deben registrarse y dejar constancia de esa unión. Pero se llevan mucho: se llevan la bandera, el gesto. Yo iría a ese registro. Y firmaría, con tinta de mis huesos, que cuando venga la muerte tendrá tus ojos. Y que, con eso, a mí me basta.

 

 

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