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COLUMNA

Vacaciones

La conciencia de por qué ya nunca suena el despertador, resulta más agotador que cualquier empleo

Nadie se las merece tanto como ellos, porque ningún trabajador está tan cansado. Madrugar en vano durante semanas, meses, años, o levantarse a las once de la mañana con el regusto amargo de la indolencia forzosa, la conciencia de por qué ya nunca suena el despertador, resulta más agotador que cualquier empleo. Nadie merece tanto unas vacaciones como esos doctores en Ciencias Químicas a los que encontraremos junto a la caja del supermercado, aquellos especialistas en las vanguardias artísticas europeas que nos pondrán copas en una terraza, o los dobles, o triples, licenciados en Ciencias Sociales a quienes acaba de contratar una academia que prepara la convocatoria de septiembre en Bachillerato y Selectividad. Los demás nos iremos de vacaciones cansados de madrugar, de dormir fuera de casa, de coger aviones y trenes hasta perder la noción del tiempo y del espacio, esa horrible sensación de no saber dónde estás cuando te despiertas de madrugada en un cuarto de hotel o esa otra, más horrible aún, de sentirte un elemento más de la mesa de oficina en la que echas horas y más horas extras que nunca cobrarás. Pero el placer de descansar, de no saber en qué día de la semana vives, de desconectar el despertador durante un mes, nunca será comparable con el que implica el cansancio de quienes van a madrugar, y a ponerse un uniforme, y a trabajar mucho más que ocho horas al día para cobrar una miseria a fin de mes. Felices vacaciones para todos, pero sobre todo para quienes no las disfrutarán. Que el otoño les sea más propicio que el verano. Que su contrato se alargue, al menos, hasta las primeras lluvias. Y que en noviembre, cuando ya se hayan marchado todos los turistas y, por desgracia, el desempleo les obligue a descansar contra su voluntad, les hagan tantas fotos y entrevistas como ahora. Ojalá que no.

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