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En Pakistán no hay día de San Valentín

La médico de MSF recuerda el difícil caso que tuvo que atender hace un año

La doctora Patricia Lledó trabajando en el hospital.
La doctora Patricia Lledó trabajando en el hospital.

"El día de las flores, los chocolates, los besos susurrados y los pensamientos fucsia, aquí donde me encuentro es tan sólo un día más". La médico de MSF recupera un año después las anotaciones en su diario que hizo del difícil caso que atendió.

Palwasha entra en la maternidad cubierta con mantas, acompañada por su madre, su hermana y su suegra. Su marido, un respetable hombre de 60 años, espera al otro lado de los muros del hospital. Tras retirarle las mantas, emerge una pequeña figura cubierta por un burka marrón-verdoso. Es el color de burka más frecuente, el que menos me gusta, porque produce un efecto óptico por el cual la mujer que lo lleva se camufla con el paisaje que nos rodea.

El burka apenas deja entrever otra cosa que no sean sus tobillos mojados de sangre, pero Palwasha se niega a quitarse la ropa. Por fin la convencemos para que se tumbe en una camilla. Primero aparece parte de su menudo cuerpecillo, aún enfundado en la prenda típica que se lleva debajo del burka: una especie de pantalones y camisola que le cubren hasta las rodillas. Y finalmente, su carita de niña adolescente. Tiene los ojos rojos de tanto llorar, por el miedo que le invade pero, sobre todo, por el pudor que le supone el tener que desnudarse.

‘Shhh, shhh, no pasa nada’, le sisean las matronas mientras le pasan la mano por la mejilla a modo de consuelo. Le preguntan a su madre qué ha pasado. Si levantan la voz mas allá del susurro, Palwasha se echa a llorar histéricamente, así que hablan bajito mientras van dando órdenes para quitar ropa, coger vías y tomar constantes vitales.

Redacto su historial: "está sangrando mucho desde hace tres días, no sabe si está embarazada. Sólo ha tenido tres reglas en su vida y enseguida la casaron. De eso hace cuatro meses".

Área de urgencias del hospital de MSF en Pakistán.
Área de urgencias del hospital de MSF en Pakistán.

Apenas nos deja tocarla, pero basta ver las braguitas empapadas en sangre y los pantalones goteando para comprender la gravedad del asunto. Las matronas aciertan a diagnosticarla de un embarazo molar en cuanto ponen la sonda del ecógrafo sobre su tripa. Es una rara variedad de aborto que se parece a un cáncer de placenta y en el que no hay embrión. Tiene el útero enorme, como si en realidad estuviera embarazada de 6 meses. Y cuando un útero está así de grande, si comienza a sangrar, ya no hay quien lo pare.

Palwasha necesita una intervención quirúrgica urgente para cortar la hemorragia, pero es casi de noche y las cosas se han puesto complicadas. Una intervención de este tipo no sería un problema en otro sitio, y estoy segura de que otro día cualquiera tampoco lo habría sido aquí, pero hace un rato empezamos a escuchar disparos y nos acaban de informar de que se ha establecido un toque de queda en toda la ciudad. Hay controles en todas las carreteras y seguramente Palwasha sea la última paciente que llegue al hospital en las próximas horas.

Ha pasado una hora. Os escribo ahora desde la casa donde se aloja el personal extranjero de MSF. Por motivos de seguridad tuvimos que dejar el hospital cuando estaba terminando de escribir las líneas que preceden a este párrafo. Y por mucho que tanto yo como el anestesista seamos indispensables para llevar a cabo la operación que necesita Palwasha, somos conscientes de que cuando nuestra seguridad se encuentra seriamente amenazada no hay nada que rechistar. Tenemos que acatar las órdenes y retirarnos del hospital.

La frustración que sientes en un momento así es enorme, pero para mi compañero y para mí, al igual que para toda la población que seguramente necesitará asistencia médica de urgencia en las próximas horas, no existe posibilidad alguna de llegar al hospital... Estamos a apenas cinco minutos en coche, pero no podemos ir.

Las matronas locales se han quedado con Palwasha. Mientras, nosotros seguimos en comunicación constante con ellas a través del teléfono. Hace unos minutos me llamaron para avisarme de que Palwasha había perdido el conocimiento. Ahora, mientras escribo, sé que están corriendo hacia el banco de sangre para hacerle una transfusión de urgencia. Imagino cómo van y vienen corriendo una y otra vez de la maternidad al banco de sangre (hay que atravesar medio hospital para esto), mientras se aplastan el teléfono contra la oreja. Esto no pinta bien.

Ya han pasado 4 horas desde que Palwasha ingresara en el hospital. Durante este tiempo, el equipo de matronas la han trasladado al quirófano para poder tenerla más controlada. Han conseguido estabilizarla, pero su situación sigue siendo muy complicada. Nuestro equipo de quirófano lleva horas colgado al teléfono, hablando alternativamente conmigo y con el anestesista. Tengo que quitarme la idea de la cabeza, pero daría lo que fuera por estar allí.

Desde la cocina de la casa vamos dando instrucciones sobre los medicamentos que han de utilizar y las bolsas de sangre que deben poner a Palwasha, al tiempo que ellos nos dan información sobre sus signos vitales. El anestesista y yo los analizamos y los intercambiamos por palabras de ánimo para nuestros compañeros. Nos vamos pasando el teléfono el uno al otro. Mientras uno habla, el otro prepara otro café o fuma un cigarrillo. No logramos permanecer mucho tiempo quietos en un mismo lugar. Doy vueltas llena de rabia y angustia. El anestesista se muerde compulsivamente las uñas y se mesa los cabellos sumido en la desesperación. A la par que nosotros, el coordinador de terreno y el logista tampoco se separan de su teléfono, intentando recibir información de cuándo podremos ir de nuevo al hospital. Entran y salen de la cocina, pero hace ya un rato que dejaron de preguntar cómo van las cosas. Tan sólo nos miran los semblantes para tratar de averiguar si la paciente sigue viva.

En la facultad te enseñan muchas cosas, y a lo largo del ejercicio diario como médico aprendes muchas más, pero ¿dónde demonios se aprende cómo sobrellevar una situación de este tipo?, ¿quién te enseña a soportar esta impotencia cuando sabes lo fácil que sería salvar la vida de nuestra paciente si pudiéramos estar ahí? ¿Cómo puedes tratar de pensar en otra cosa cuando sabes que la diferencia entre la vida y la muerte de Palwasha está ahí mismo, a la distancia que marcaría un sólo un golpe de bisturí?

Palwasha sigue recibiendo bolsas de sangre para reemplazar la que se le va entre las piernas. Y mientras tanto, las noticias no mejoran: nos informan de que el acceso al hospital seguirá cortado hasta el amanecer.

Anwar, Khalid y Salim, todos hombres, son los tres enfermeros que forman el equipo de quirófano. Ellos no pueden hacer nada para cortar el sangrado, pero han decidido que no van a dejar sola a Palwasha. También está allí la asistente de matrona, la pequeña Amina, que con ojos desorbitados, me cuentan, se pregunta qué será de nuestra paciente sin anestesista ni cirujano. Ninguno de ellos supera por mucho la veintena de años. Hace unos meses, y por primera vez en su vida, tuvieron que aprender la experiencia de trabajar con una cirujana mujer, algo que jamás habrían imaginado que pudiera llegar a ocurrirles. Hoy no tienen cirujana ni cirujano, se encuentran solos ante un nuevo reto, y con la vida de la exangüe Palwasha pendiendo de un hilo.

Son las tres de la mañana. Ya han pasado 2 horas más. Seguimos conectados por este dichoso aparatito al que ya hemos tenido que cambiarle dos veces la batería. Ellos escuchando nuestras vanas indicaciones de lo que ya saben que tienen que hacer y nosotros intentando escuchar por encima de sus voces los bip del monitor que nos transmiten las constantes vitales de Palwasha.

Su dedicación, junto con la de todo el personal de quirófano y maternidad, me quita todos los días el derecho y las ganas de quejarme de nada. Son un ejemplo de humanidad y me demuestran cada día que las cosas siempre pueden cambiar a mejor, que hay esperanza. Me enseñan lo que significa el compromiso a través de cientos de noches en vela, con su buen humor e inagotable energía, con esos donuts que un día descubrieron que me chiflan y que compran en cada ocasión que tenemos un maratón de cirugías. Me lo enseñan incluso con la fiera cotidianeidad con la que se adaptaron a trabajar con mujeres. Hoy, más que nunca, ejemplifican una entrega que sé que nunca podré olvidar.

Sólo dos horas más y será de día. Para entonces ya podremos movernos. Ahora mismo sólo nos sale un vago "aguantad, aguantadla, no dejéis el teléfono, seguimos ahí con vosotros". Salim me contesta: “estamos en ello, Palwasha está luchando. Está muy débil, pero creo que podremos conseguirlo”. Y mientras todos esperan la llegada de las dos únicas personas que en este momento podemos salvarle la vida, ellos siguen luchando por esa niña sin identidad como si fuera la suya propia.

Nota: A las 6 de la mañana por fin se levantó el toque de queda y el equipo médico internacional pudo desplazarse al hospital. Palwasha fue sometida a una cirugía muy delicada a causa de la pérdida masiva de sangre y de la gravedad de su estado. Sobrevivió, aunque desgraciadamente no podrá tener nunca hijos.

Un año después, la doctora Patricia dice no haber logrado aprender aún cómo sobrellevar el hecho de que, en ocasiones, y aún sabiendo lo fácil que sería aliviar el dolor y salvar vidas, existan circunstancias que te impidan hacerlo. Este año su San Valentín será de nuevo como otro día cualquiera. Esta vez en Sudán, el destino desde en el que continúa su particular lucha por la vida desde hace seis meses.