Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Balas sobre Woody

Nueva York es un gran teatro, y Woody Allen decidió interpretar el papel de neurótico

La ciudad se rindió a él. Incluso aceptó su agria ruptura con Mia Farrow y su boda con la hija adoptiva de la actriz. Hasta que ella le acusó de abusar de su hija de siete años

El caso se sobreseyó por falta de pruebas. Pero ahora, 20 años después, resucita. Y no en boca, esta vez, de una mujer despechada, sino en el sobrecogedor relato de la propia supuesta víctima

El cineasta Woody Allen sostiene en brazos a Dylan Farrow en 1987, entonces una niña de dos años. Ampliar foto
El cineasta Woody Allen sostiene en brazos a Dylan Farrow en 1987, entonces una niña de dos años.

Upstate Films es el cine de arte y ensayo de Woodstock, Nueva York; el pueblo en que decidieron quedarse a vivir Bob Dylan, David Bowie, Van Morrison y tantos otros después del mítico concierto de 1969. “No me puedo creer que pongas películas de ese señor, Steve. ¡Qué vergüenza!”, le suelta al dueño una mujer que aún muestra en su melena gris trazas de su época hippy. Ese señor es Woody Allen, y la película en cartel, Blue Jasmine. Veinte años después de su escabrosa ruptura con Mia Farrow, le han vuelto a lanzar al cineasta la peor de las acusaciones: haber abusado sexualmente de su hija. Y esta vez no es el testimonio de una madre despechada, sino el relato sobrecogedor de la supuesta víctima en una carta al New York Times. Unas declaraciones que él tildó enseguida de “falsas y vergonzosas”. “Yo programo a Woody Allen porque como director es un genio, no por lo que haga o deje de hacer en su vida privada”, se defiende Steve Lieber junto al cartel de Cate Blanchett. Pero no convence a su interlocutora. Inocente o culpable, el daño está ya hecho.

Mientras tanto, Woody Allen sigue siendo Woody Allen. Gesticula dando manotazos al aire. Se acerca al Madison Square Garden a ver un partido de baloncesto. Corrige unas líneas de su nuevo guion en su vieja máquina de escribir. Y no es consciente de lo que se hierve en Twitter porque vive sin conexión a Internet.

Si Nueva York fuese solo una ciudad, Woody Allen no hubiera existido. Pero Nueva York es un escenario de teatro gigantesco en el que cada habitante decide al levantarse el papel que quiere representar ese día. Y siempre, por muy chocante que pueda parecerle al resto del planeta, el personaje que uno elija puede encontrar miles de almas dispuestas a seguirle el rollo de forma entusiasta. Como en la programación del Apollo, hay espectáculos para todo tipo de públicos. Nadie se asusta de nada. Se acepta a todo el mundo. Y si la caracterización es creíble, la ciudad es toda tuya y el único límite es la raya del cielo.

Mia Farrow juega en el parque con su hija adoptiva Dylan en 1990. ampliar foto
Mia Farrow juega en el parque con su hija adoptiva Dylan en 1990.

Allen decidió ser un neurótico y a la gente le pareció bien. En sus primeras actuaciones le daba tanto pavor el público que se tapaba los oídos con las manos cuando le aplaudían sus ocurrencias. Pero Nueva York le aceptó con agrado. Quizá porque en la declaración abierta de sus fobias reflejaba las ansiedades ocultas que todos llevamos dentro, pero él se atrevía a revelar su inseguridad. A reconocerla ante las cámaras, mostrándose como un ser humano desprotegido. Tan frágil que muchos al verle en persona reconocen sorprenderse de su altura (un metro sesenta y cinco) porque se lo imaginaban aún mucho más bajito.

Woody también decidió incorporar a su interpretación su realidad judía y elevar a la quinta potencia la persecución histórica de su pueblo en forma de un catastrofismo que le consume. Un sin vivir con la eterna sospecha de que alguien pretende ponerle una zancadilla y la permanente desconfianza en la divinidad. “Si Dios quisiera al menos mandarme una señal; como, por ejemplo, depositar un pastón a mi nombre en una cuenta en Suiza…”.

Eso sí, los lunes, como todo actor de reparto, Allen decidió consagrarlos al descanso. Esos días no hay función y los dedica a tocar el clarinete en el Cafe Carlyle. En la 76 con la Quinta. Puntual. A las 20.45 y en compañía de la banda de jazz de Eddy Davis. Cualquiera lo puede comprobar por 200 dólares con cena incluida.

Pero Woody solo es Woody en Nueva York. Fuera de su ciudad el personaje no cuadra. No funciona. Siente mareos solo de pensar que tiene que abandonar Manhattan. Y es normal, porque en otros lugares de la Unión el público no le seguiría la farsa. Su personaje se entiende en las grandes ciudades, y especialmente en las que cuentan con numerosos pobladores judíos como Los Ángeles o Miami. Pero el resto de EE UU, rural y protestante, no le tiene especial devoción a un neurótico de pelo lacio. No le pilla el punto. Lo cual no significa que no le conozcan. Pero cómo no le van a conocer… ¡si lleva 42 películas!

Woody solo es Woody en Nueva York. Fuera de la ciudad, en un país protestante y rural, no cuadra el personaje

En las primeras te partías de risa. Después retrató una Nueva York con la que soñamos todos los espectadores. Las siguientes pasaron sin pena ni gloria. Se le acusó de vagancia. De repetirse. De retratarse una y otra vez haciendo del mismo escritor fracasado y seguidor de unos Knicks que llevaban siglos sin meter una canasta. Y en esto llegó la agria ruptura con Mia Farrow y el sorprendente casamiento con la hija adoptiva de la actriz. Se habló del final de su carrera. No porque Estados Unidos no tolere las familias disfuncionales y las múltiples bodas. Qué va. Hay cantidad de casos más complejos. Los cinco hijos del presidente Roosevelt, por ejemplo, suman entre ellos 19 bodas. Lo que ocurre es que en 1993 Mia acusó a Woody de haber abusado sexualmente de la hija de ambos: una niña de siete años. Palabras mayores. Pero la investigación no encontró pruebas convincentes y se sobreseyó el caso.

Allen siguió su ritmo de producción: una película al año. Demostrando su arrebatador talento. Logrando, como decía Juan Ramón Jiménez en referencia a los libros, obras que, sin ser redondas, contenían capítulos de una brillantez sublime. Y así fue vadeando los tiempos; remontando poquito a poco hasta que el productor Jaume Roures le ofreció la oportunidad de rodar en Europa. Woody le presentó un guion, Vicky, Cristina, Barcelona, tan lleno de topicazos que parecía escrito para salir del paso y firmar el contrato. Roures le pidió que por lo menos cambiase la profesión de Bardem, al que había puesto de torero, y Woody accedió a convertirle en pintor. Pero poco más. Fue un éxito. Costó 16 millones de dólares y recaudó 77. El mérito lo tuvo Penélope Cruz, que cobró menos por su actuación que el presupuesto de unos muebles de cocina —porque esa es otra: como tiene cola de actores que quieren trabajar con él, Woody paga un salario mínimo—, pero consiguió el Oscar para ella y para toda España.

Dylan, en una fotografía de su blog.
Dylan, en una fotografía de su blog.

Después vino Midnight in Paris (costó 30 millones de dólares y recaudó 155), que le devolvió un reconocimiento profesional del que no disfrutaba desde los tiempos de Hannah y sus hermanas. Luego el homenaje a su carrera en los Globos de Oro. La nominación de Blue Jasmine, película de madurez en la que ya nadie en pantalla lleva su voz… Y de repente, ¡otra vez el escándalo!

Hoy, como en el cuento de Las manzanas del señor Peabody que escribió Madonna, la sombra de la duda se extiende por EE UU igual que las plumas de una almohada destripada al viento. Y luego, aunque la acusación volviera a probarse infundada… ponte tú a recoger plumas, una por una, y a meterlas de nuevo a la funda.

Verdad o mentira, el daño está ya hecho. “Para acusar de algo tan grave a un padre hay que tener mucho coraje. ¿Qué mujer pasaría por ese trago si no fuera cierto?”, se pregunta escéptica una estudiante de NYU. El musical basado en Balas sobre Broadway se estrena el 11 de marzo. Las entradas están a la venta y los productores, entre ellos la hermana de Allen, Letty Aronson, están preocupados, según publica el Daily News. El 18 de abril se estrena Fading Gigolo, comedia negra dirigida y escrita por John Turturro que coprotagoniza con Allen. El pelirrojo de las gafas de pasta es la mitad del cartel, y la otra mitad debe de estar comiéndose las uñas.

Interiores

  • La relación. Woody Allen y Mia Farrow se conocen en 1979 y tiene una relación hasta 1992. Nunca se casan ni viven juntos.
  • Los hijos de Mia. En total son 14. Con su segundo marido, Andre Previn, director de orquesta, tiene tres y adopta otros tres, incluida Soon Yi (en 1978 con 5 o 7 años; su nacimiento en Corea no está documentado). Ya con Allen, adoptan a Moses y a Dylan (tras los supuestos abusos se rebautiza Malone). En 1987 tienen un hijo biológico: Satchel (luego Ronan), aunque en 2013 la actriz cuenta que el padre es “posiblemente” Frank Sinatra, su primer marido. Tras romper con Allen, Farrow adopta otros cinco niños, a uno le pone el nombre del juez que le dio la custodia de los de Allen.
  • Soon Yi. En 1992 Farrow descubre que su hija, con 19 o 21 años, tiene una relación con su novio de 56. Allen y Soon Yi siguen juntos y tienen dos hijas adoptivas.
  • El abuso. Durante el juicio por la custodia de los niños, Mia denuncia a Woody por abusar de Dylan (7 años). No se hallan pruebas para incriminar al director.
  • ¿Con papá o con mamá? Ronan apoya a su madre y hermana; Moses, a su padre.