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EL ACENTO

Rituales degradantes

Las novatadas no deben tratarse como simpáticas bromas de bienvenida, sino como un humillante abuso de poder

Rituales degradantes

No son ritos de iniciación ni simpáticas bromas de bienvenida. La mayoría de las veces las novatadas son crueles imposiciones que nada tienen que ver con los principios de libertad, respeto e igualdad que deberían regir en las relaciones entre compañeros de estudios.

En realidad son una rémora del pasado propia de arcaicas instituciones de jerarquía autoritaria, que sin embargo ha demostrado tener una gran capacidad para perdurar. Y ahí radica el misterio: ¿cómo es posible que jóvenes que claman por la igualdad, que son capaces de levantarse y protestar ante el más mínimo gesto de abuso de autoridad o de poder, puedan participar ellos mismos en un ritual de maltrato, acoso y vejación hacia un compañero?

Seguramente la pervivencia de estas prácticas tiene que ver con el hecho de que remueven instintos muy primarios de poder y dominación. Porque eso es lo que hay cuando se utiliza la mano de un compañero como cenicero, se le hace ingerir comida de perro o tragar alcohol con un embudo hasta provocarle un coma etílico. En España no hay datos, pero una encuesta realizada en Estados Unidos con 11.000 estudiantes reveló que el 91% había participado en algún ritual de este tipo.

La esencia de la novatada es la humillación pública, que se espera sea bien aceptada por la víctima bajo la amenaza de quedar excluida de la comunidad a la que se quiere incorporar. La amenaza asegura el silencio, y este la impunidad. No es un problema menor porque las novatadas comportan a veces daños físicos que, de ser conocidos, entrarían bajo el dominio del Código Penal. Y en muchas ocasiones dejan secuelas psicológicas.

Por eso hay que saludar las iniciativas emprendidas para erradicarlas. Hace dos años, la asociación No Más Novatadas emprendió una campaña que ha culminado ahora con el acuerdo adoptado por 125 de los 160 colegios mayores que hay en España. Se han comprometido a aplicar una política de tolerancia cero frente a estas prácticas. Ese es el camino: no tratarlas como simples bromas porque la frontera de lo tolerable no depende del criterio del agresor, sino de la vulnerabilidad de la víctima. Y con eso no se debe jugar.

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