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REPORTAJE

La otra tragedia griega

Acosados y con frecuencia agredidos por las huestes xenófobas de Amanecer Dorado, cientos de miles de inmigrantes malviven en Grecia.

Un limbo infernal, cargado de esperanzas, sueños y peligros.

Este es el retrato de la difícil convivencia entre helenos y refugiados.

Desde 2005, Grecia es el principal receptor de inmigrantes irregulares. Vienen desde Turquía, sobre todo. Antes cruzaban el río Evros (actualmente, blindado), ahora viajan a las islas. Ver fotogalería
Desde 2005, Grecia es el principal receptor de inmigrantes irregulares. Vienen desde Turquía, sobre todo. Antes cruzaban el río Evros (actualmente, blindado), ahora viajan a las islas.

Un afgano que huyó de su país porque se convirtió del islam al cristianismo y temía que lo fueran a linchar. Un sirio que abandonó su tierra cuando una bomba destrozó su casa. Un sudanés que cruzó la frontera a Libia después de que soldados mataran a su padre y violaran a sus hermanas. Los tres se han sumado a los ríos de refugiados que fluyen, como siempre desde comienzos de la historia humana, de los lugares más desdichados de la tierra, desem­­bocando hoy en Atenas, la capital más desdichada de Europa. Persiguen el sueño europeo, pero se encuentran atrapados en el pantano de la crisis griega: indocumentados, indeseados, despreciados, luchan día a día para sobrevivir y conviven con la amenaza permanente de volver a sufrir la violencia que creían haber dejado atrás en sus países de origen.

Los malos de esta historia son fáciles de identificar. El partido parlamentario de extrema derecha Amanecer Dorado (Chrysi Avgi en griego) utiliza a los migrantes extranjeros como los nazis utilizaban a los judíos: como los chivos expiatorios de las frustraciones y las desgracias que acosan a la sociedad. Amanecer Dorado gana adeptos alimentando la necesidad humana de desplazar a otros la responsabilidad por los problemas que uno tiene; señalan a los árabes, asiáticos y africanos (“subhumanos”, les llaman) que han entrado sin papeles legales en su país como los culpables de los males económicos de su pueblo. Acusándoles de infectar a los griegos con sus enfermedades y de convertir el centro de Atenas en una jungla criminal, jóvenes militantes de Amanecer Dorado van a la caza de los extranjeros en las calles, los mercados, los parques y los autobuses.

Los buenos de esta historia también son fáciles de identificar. Son trabajadores de ONG o voluntarios griegos que hacen lo posible para ayudar a los refugiados, muchos de ellos hambrientos, enfermos o sin techo. Pertenecen a esa reducida y heroica clase de personas que uno ve en todos los rincones de la tierra donde hay masas de gente pasándolo mal, pero en este caso su altruismo es especialmente sorprendente: ellos mismos padecen las consecuencias de la crisis económica que ha arrasado a su país, sabiendo que muchos de sus com­­patriotas compiten por comida con los refugiados en los basureros de Atenas. La misión de Médicos sin Fronteras (MSF), por ejemplo, consiste en ayudar a los refugiados (aunque muy pocos gozan del estatus oficial de “refugiado”), pero ellos, como otras ONG, oyen un clamor creciente de los propios griegos, el 30% de los cuales no tiene acceso hoy a la salud pública. Les preguntan: “¿Por qué no nos ayudáis a nosotros en vez de a ellos? ¿Quién les invitó?”.

Amanecer Dorado son los malos, pero no es difícil comprender por qué se han convertido en la tercera fuerza política del país, en vías de convertirse en la segunda. En tiempos de inseguridad, confusión e incertidumbre, los que salen ganando muchas veces son los que ofrecen salidas simplistas a problemas complejos. Vinculados a grupos neonazis en Alemania, han aprendido las lecciones populistas de la era Hitler. Magnifican el peligro que representan los refugiados y se postulan como los únicos y auténticos defensores del pueblo. No hay ningún griego que no se haya enterado de la existencia de un número de teléfono al que los pensionistas pueden llamar para que un par de gorilas del partido les acompañen a sus bancos, como protección contra los temidos “delincuentes” extranjeros, a recoger sus pagas mensuales. No está claro si es pura propaganda, pero llega a la gente. La última movida de Amanecer Dorado ha sido crear un organismo que llama “Médicos con Fronteras”. Cuenta, proclaman, con una red de médicos dispuestos a ofrecer consultas gratis solo para nativos.

El partido de extrema derecha ha creado “Médicos con Fronteras”, una red para atender solo a los nativos

Los griegos, muchos de ellos, odian a los refugiados. Los refugiados, muchos de ellos, odian a los griegos. Hablé con más de 20 personas, hombres y mujeres, procedentes de tres de los países más peligrosos de la tierra –Afganistán, Siria y Sudán–, y el consenso entre ellos era total: Grecia era un limbo infernal del que se querían ir lo antes posible, aunque con pocas posibilidades de hacerlo, ya que los países del norte donde pretenden perseguir sus sueños tampoco los quieren y presionan al Gobierno griego para impedir su salida.

Todos entran a Grecia vía Turquía, don­­de prácticamente cualquiera es libre de entrar sin visado. Hoy llegan en barco a las islas helenas desde Turquía, transportados por traficantes de personas a los que pagan prácticamente todo el dinero que han ahorrado a lo largo de sus vidas. Hasta finales del año pasado, la mayoría lo hacía atravesando un pequeño río en la frontera noreste de Grecia con el vecino país musulmán. Ya apenas pasan por ahí porque el mes pasado acabaron de construir un nuevo telón de acero en Europa, una serie de vallas metálicas similares a las que separan México de Estados Unidos.

Me encontré con gente que había entrado de ambas maneras, por río y mar, en las oscuras oficinas del Foro Griego para Refugiados, donde me invitaron a participar en una improvisada clase de inglés. Había 14 alumnos, hombres y mujeres, y un profesor que me hizo de traductor. Todos eran afganos. Cuando les pregunté qué significaba Grecia para ellos, me contestaron casi al unísono: “¡Una parada de autobús!”. Cuando interrogué a los 14, uno por uno, el mensaje quedó aún más claro: les horrorizaba la idea de que Grecia podría ser su destino final. Estaban aprendiendo inglés, precisamente, porque tenían toda la intención de irse al norte de Europa. Habían vivido todos arduas y peligrosas travesías, y quedarse en Grecia supondría rendirse. No se iban a rendir. Ni las más jóvenes o vulnerables. En el grupo había un par de hermanas de 14 y 24 años. Tras un mes de viaje por tierra –en autobús, en burro y a pie– se subieron a un barco en Turquía que partió hacia Grecia, pero tres veces casi se hundió y tres veces tuvo que regresar a puerto. Por fin tocaron tierra en una isla griega a mediados de diciembre. ¿Dónde pensaban ir? “España o Italia estarían bien porque hace buen tiempo, pero no hay trabajo”, dijo la mayor. “Mejor Noruega”. ¿Pero no hace demasiado frío allá? La hermana menor sonrió y contestó: “Mucho frío, sí. Pero como un helado”. Toda la clase se rio.

Llamaba la atención el buen humor de esta gente. Tenían todos pasados temibles, presentes difíciles y futuros tremendamente inciertos, pe­­ro mantenían todos la esperanza. O, más bien, la seguridad de que llegarían algún día a sus tierras prometidas, a Oslo, Estocolmo, Fráncfort, Londres. Los hombres me contaron que dormían junto a otros 20 en habitaciones poco más grandes que el cuarto en el que apenas cabíamos sentados 14. No muy agradable parada de autobús, les sugerí. “Ya”, contestó un chico animado de 20 años, “pero el autobús llegará. Sabemos que llegará”. Todos asintieron enérgicamente con la cabeza, todos volvieron a sonreír. Hasta que les pregunté a los hombres qué hacían durante el día, cómo era la calle ateniense, y el tono de la conversación cambió. Se acabaron las bromas y las risas.

“No entiendo por qué nos dejan entrar si después nos tratan tan mal”, dijo el chico de 20 años, generando murmullos de asentimiento. “La gente nos insulta en la calle todo el tiempo”, dijo un hombre de unos 45 años”. Y lo peor es que también nos asaltan”. Él y otro hombre, de los ocho reunidos ahí, habían sido asaltados en los tres meses anteriores. “Salí del lugar donde vivo”, dijo el primero, “vi a un niño pequeño, le saludé, el niño se lo contó a su padre y al poco rato aparecieron cuatro hombres con palos. Me dejaron tirado en la calle, inconsciente, y durante una semana no pude caminar”. El segundo hombre, de 30 años, fue atacado en un parque a medianoche por tres hombres con palos. “Lo reporté a la policía, pero descubrí que ellos estaban del lado de mis asaltantes. No me hicieron caso”.

¿Quiénes fueron los agresores? Me miraron como si fuera la persona más ingenua del mundo. “Amanecer Dorado, por supuesto”.

El día después de mi encuentro con los afganos en la clase de inglés, un paquistaní fue asesinado a cuchillazos. La policía no suele intervenir en casos de asaltos a los extranjeros, ni siquiera si se encuentran en la escena del crimen cuando ocurren. Pero en este caso no tuvieron más remedio. Detuvieron a dos griegos jóvenes en cuyas casas descubrieron material impreso electoral de Amanecer Dorado.

Desde 2004, Grecia solo ha concedido asilo a seis de los 6.000 solicitantes, asegura el Foro de Refugiados

Yo no me enteré hasta que lo leí en los periódicos, pero ese mismo día del asesinato entrevisté a un sudanés llamado Hassan que también fue agredido por los hooligans de la extrema derecha griega, pero que se salvó de milagro. Tenía 32 años y era un tipo enorme; parecía un jugador de baloncesto de la NBA. Hablamos en un centro evangélico donde pastores estadounidenses ofrecen comida y duchas gratis a los refugiados, con la idea de que a cambio se sometan a clases de instrucción cristiana. Pocos su­­cumben, la mayoría sigue siendo musulmana, pero los pastores –de Oklahoma, de Carolina del Norte– no pierden la esperanza. Mantienen las puertas abiertas a todos. Teniendo en cuenta que la alternativa es deambular sin rumbo por Atenas, el lugar es acogedor. Tiene vistas que un hotel de cinco estrellas envidiaría. Mirando por un gran ventanal en un amplio espacio donde los refugiados comen, juegan al pimpón y en algunos casos rezan, se ve con claridad, montando guardia sobre la antigua ciudad, el Partenón. Pero a Hassan no pareció llamarle mucho la atención este recuerdo de las antiguas glorias griegas. Él lo que quería hacer era mostrarme sus cicatrices. Una en la frente, otra en un lateral de la cabeza y muchas más en su enorme espalda, como si un capitán del siglo XVIII le hubiera castigado con latigazos en un barco esclavo. O, en este caso, como si las tropas de asalto de Amanecer Dorado hubiesen querido marcar sus siglas, similares a la esvástica nazi, en sus musculadas carnes.

Hassan no sabía qué fue exactamente lo que pasó. Solo recordaba que caminaba por la calle a las once de la noche cuando le rodearon 12 hombres, todos montados en moto, todos gritando insultos racistas y pidiéndole que se volviera a “la mierda de su país”. “Se bajaron de las motos y me empezaron a pegar con palos en la cabeza. Me desmayé y cuando me desperté ya no estaban, pero tenía la cabeza y el cuerpo bañados de sangre. Solo puedo suponer que me cortaron la espalda con navajas”.

Dijo Hassan que a veces llegaba a pensar que Grecia era incluso más peligrosa que su país. Era mucho decir, ya que salió corriendo de su tierra en mayo de 2011, después de que soldados del ejército gubernamental irrumpieran en su pueblo, quemaran su casa, mataran a su padre y violaran a sus dos hermanas. Pero el caso fue que en Atenas, en la cuna de la democracia, volvió a vivir aquella pesadilla. Huyó de Sudán; quiere huir de Grecia. No puede porque no tiene dinero y porque Grecia no tiene frontera con ningún país Schengen; no hay posibilidad de moverse libremente por Europa sin salir primero de Grecia por aire o por mar.

Wahid, el converso cristiano afgano, se encuentra igualmente atrapado. Entró en Grecia a finales de 2011 por la frontera terrestre, tras cruzar el río, con su mujer y su hija pequeña. Se esperaba otra cosa.

“La policía nos llevó a un centro de detención”, recordó Wahid, de 34 años. “La primera sorpresa fue el trato violento; después, la cantidad de gente concentrada en un reducido espacio, el mal olor, la suciedad, los baños todos rotos. Mi niña, de 10 años, estaba enferma y con hambre, pero nadie le quiso dar de comer. Esperaba encontrarme con gente que respetase a las mujeres y a los niños, al menos, ya que la Unión Europea siempre habla de los derechos humanos en Afganistán”.

Esperaba demasiado. Todos los refugiados con los que hablé denunciaron las pésimas condiciones en los centros de detención como al que llevaron a Wahid, donde hay decenas de miles de extranjeros encarcelados. La propia Comisión Europea se ha sumado a las protestas, declarando que la gente está detenida en centros “superpoblados” y “muy por debajo de los estándares internacionales”. Wahid se sorprendió con lo que se encontró a su llegada, pero tras 15 meses en Grecia ha aprendido a reducir drásticamente sus expectativas. “La Administración pública es un desastre en todo, entonces, ¿cómo no lo va a ser a la hora de atender a los refugiados? Pedir asilo aquí es una pérdida de tiempo”. Lo es. Según Yunus Mohammadi, que preside el Foro Griego para Refugiados, donde participé en la clase de inglés, de las 6.000 solicitudes de asilo hechas desde 2004, solo seis han sido concedidas, el porcentaje más bajo de toda Europa. La mayoría de los refugiados no se molestan siquiera en iniciar las gestiones, me dijo Mohammadi, porque saben que tendrán que esperar “para siempre”.

Lo que le molesta a Wahid, un hombre menudo que habla bien el inglés, es que aparentemente no exista ningún funcionario público al que le interese saber por qué huyó de Afganistán. “Migrar no es una acción criminal. Quizá verían que tenemos buenos motivos para hacerlo, si solo nos preguntaran…”.

Tras alcanzar Grecia, los extranjeros quedan atrapados: el país carece de frontera terrestre con el espacio  Schengen

La historia de Wahid es inusual. Se fue a Irán con su familia en 1997 después de que los talibanes cerraran los colegios y las universidades de su país. Volvió a Afganistán en 2004 cuando las fuerzas de la OTAN ya habían expulsado a los talibanes del poder; aprendió inglés y periodismo, él solo; trabajó de periodista y después de traductor con el ejército estadounidense, acompañando a las tropas en sus misiones en tierra enemiga. Volvió al periodismo después de 14 meses, conoció a un predicador protestante americano y se convirtió al cristianismo. ¿Por qué?, le pregunté. “Por el mensaje de paz”. ¿No es el islam una religión que proclama la paz? “Puedes proclamar que tienes buen corazón, pero tus acciones revelarán la verdad”. ¿Según su experiencia, el islam no es pacífico? “No en mi experiencia, en la del mundo”.

Si Wahid delata amargura cuando habla de la religión de sus padres es porque tiene sus razones. “Ser cristiano abiertamente en Afganistán, aún con los americanos ahí, es como pertenecer a Al Qaeda en Europa. Imposible hacerlo abiertamente. Celebrábamos servicios religiosos en secreto, y un día, en 2010, la policía nos pilló. Solo que yo no estaba ese día. Se llevaron a cuatro compañeros a una celda, y si no hubiera sido por la intervención del embajador americano, una turba los habría linchado”. La hija de Wahid iba a un colegio donde, inevitablemente, le enseñaban el Corán. “Yo hablaba de amor y perdón en casa, ella volvía de las clases y nos decía que, según su profesora, teníamos que odiar a los infieles cristianos y que irían todos al infierno”. Aterrado de que su hija lo delatara sin querer en el colegio, Wahid decidió marcharse de Afganistán.

Algunos afganos huyen del peligro, como él. Otros emigran por razones económicas. No duda, me dijo, de que vendrán muchos más, por ambos motivos, cuando las tropas de combate estadounidenses dejen Afganistán en 2014. “Habrá anarquía, habrá terror, habrá una avalancha de refugiados hacia Europa”.

Hoy, en este preciso momento, la avalancha amenaza con venir de Siria, donde se está librando quizá la guerra más despiadada del mundo. Hablé con un hombre de allá en el centro evangélico de los pastores estadounidenses, con el épico Partenón una vez más de fondo. Se llamaba Gharib, tenía 52 años y el presente le pesaba demasiado como para dejarle tiempo para reflexionar sobre el significado histórico de esa famosa mole en cuyos alrededores los primeros filósofos inventaron la democracia. Para Gharib, un hombre de aspecto culto que si se pusiera traje y corbata parecería el gerente de un banco, Grecia es un país bárbaro. No tanto como el suyo hoy, pero sí comparado con lo que se había esperado de Europa.

Esa misma mañana, me contó, la policía le había echado de una casa abandonada, sin luz y agua, donde había estado viviendo con otros cuatro compatriotas sirios. No tenía dinero y, me dijo, no sabía dónde iba a dormir esa noche. Hablando como en trance –parte en inglés, parte en francés– me dijo que había llegado a Grecia a mediados del año pasado.

“Mi casa en Siria fue destruida por una bomba, y mis cuatro hijas y mi hijo y mi mujer están en la calle esperando a que les dé buenas noticias, pero no puedo ayudarles, pido perdón. No tenía dinero para traerlos a todos y me fui andando durante diez días a la frontera turca, y mi idea era venir a Europa y mandarles dinero y pagarles el viaje, pero me tuvieron tres meses en la cárcel y no he podido, pido perdón. En mi ciudad, mis hijos duermen en la calle con bombas, y yo duermo en la calle aquí sin bombas. Pido perdón”.

Gharib habla alemán. Su plan, imposible hoy por falta de fondos para pagar a los traficantes (que, según él, se encargan de que uno viaje en avión sin documentos legales), es irse a Austria o a Alemania. “Todas las noches rezo para poder irme de este país. Grecia es un burro; Alemania, un coche. Le pido a Dios que me deje subirme al coche”.

“No fue un error dejar mi país. Un día saldré de aquí a una vida mejor”, confía Hassan, víctima de una agresión

El problema es que la mayor parte de la población griega también quisiera subirse a un coche, quisiera ver señales de una mejora de vida, quisiera tener las seguridad de saber que mañana habrá comida sobre la mesa y un techo encima. Y no quieren tener que competir por estas necesidades básicas con gente cuya llegada a su país no podría haber sido menos providencial. Tuve una conversación en un contexto muy diferente al refugio de los evangélicos norteamericanos, en la planta noble de un edificio a pocos pasos del Parlamento griego, con el presidente de la Cámara de Comercio de la ciudad. Constantine Michalos me explicó la visión general que tienen los griegos de los extranjeros no invitados, que, en sus palabras, han “invadido” su capital. “Hay una bomba de relojería de criminalidad en el centro de Atenas”, me dijo. “He hablado con el jefe de policía y su mayor temor es que un día de estos explote. Esta gente que viene de fuera es muy violenta, y hay más de un millón de ellos”.

Quizá haya más de un millón, si se incluye a aquellos que están legalmente dentro del país; pero, según cifras aportadas por MSF, el número real de extranjeros sin papeles en Grecia se acerca más al medio millón, probablemente la mitad de ellos en Atenas. Aunque nadie sabe con seguridad los números verdaderos. La exactitud estadística no es un don de la Grecia moderna, y mucho menos de Amanecer Dorado, cuyo interés reside en agrandar los números para inflamar los sentimientos xenófobos. Michalos, un empresario privilegiado, educado en los mejores colegios ingleses, dice que aborrece el racismo de la extrema derecha de su país y que también lo aborrecen “tres cuartos” de los griegos que votan por ella. Pero aunque esto fuera verdad, lo que no está en duda es que un creciente porcentaje de la población ve un valor en su presencia callejera. Tampoco ven con malos ojos las atroces condiciones de vida en los centros de detención de los refugiados. Porque lo último que necesita el país más dañado por la crisis y con menos esperanza de salir de ella, según Michalos, es más personas a las que haya que dar de comer. “Los centros de detención mandan un mensaje: que Grecia no es la puerta del paraíso”, dice Michalos. “Y en cuanto a Amanecer Dorado, a través de ellos, por más abominables que sean, también se lanza un mensaje disuasorio. La realidad es que ellos hacen el trabajo sucio del Gobierno. Sé, porque tengo buenos conocidos en el Parlamento, que los políticos de centro-derecha que hoy gobiernan no critican tanto a Amanecer Dorado en privado como en público”.

Desde un punto de vista totalmente diferente, Yunus Mohammadi, presidente del Foro Griego para Refugiados, también detecta una conexión entre la extrema derecha y la agenda gubernamental. “El primer ministro ha dicho que hay que reocu­­par las ciudades, y en eso están”, dijo Mohammadi. “Antes de 2010, la sociedad estaba en contra de los ataques a los extranjeros, que ya ocurrían, pero en mucho menor volumen. Desde 2010, todo ha cambiado. Hay muchísimos más asaltos, y la gente normal se queda mirando, incluso riéndose. A mí me atacaron, sangré, se lo reporté a la policía y me dijeron que si me seguía quejando me meterían dos días en la cárcel, y eso que yo hablo griego. Los demás están aún más indefensos. El gravísimo problema ahora es que la sociedad acepta esta violencia; se ha convertido en violencia democrática. Es decir, Amanecer Dorado está ahora en el Parlamento, así que ahora su violencia está democráticamente justificada”. El concepto, según Yunus, está internalizado en buena parte de la sociedad griega.

Pero no en toda, como me señaló con admirable generosidad el gigante Hassan. Pese a lo que había sufrido en Grecia, dijo estar dispuesto a aceptar que no toda la sociedad griega es mala. “La verdad”, agregó, “es que no se puede decir de ningún pueblo que todos son malos”. Christos Christou le agradecería el gesto.

Christou, actual presidente de Médicos sin Fronteras en Grecia, es un cirujano especializado en trasplantes de riñón que ha estado sin trabajo desde hace más de seis meses. Podría trabajar fuera, pero no piensa abandonar su país. Se va a quedar, dice, para ayudar en la salud pública y para participar en la lucha política que su país tiene por delante. Participa y no se calla, y por ello hace unas semanas él mismo se salvó por poco en el portal de su casa de una paliza de los militantes de Amanecer Dorado. “Si no hubiera intervenido un vecino que simpatizaba con ellos, no sé lo que me habría pasado”. Habiendo vivido el peligro en carne propia, entiende muy bien el terror al que se ven sometidos los extranjeros a los que MSF ayuda. “Desde que Amanecer Dorado prometió ‘seguridad y limpieza’, los migrantes se esconden, están asustados y la policía mira para el otro lado”, dijo Christou. “También atacan a los homosexuales, por cierto. Pronto estarán quemando libros. Los líderes son nazis, son hooligans convertidos en políticos”. Reconoce que la naturaleza humana es tal, que el mensaje simplista de Amanecer Dorado inevitablemente va a encontrar eco en la sociedad griega. El concepto del chivo expiatorio fue un invento del antiguo teatro griego que todas las sociedades, a su manera, replican. En el caso de la Grecia moderna, explica Christou, los refugiados cumplen esta necesidad, sirven para expiar culpas y evitar enfrentarse a la indignidad en la que un pueblo orgulloso de su historia ha caído. Lo de los “Médicos con Fronteras” lo ve como una broma pesada, pero comprende la lógica populista de la idea. MSF, como otras ONG, recibe más y más solicitudes de sectores necesitados de la población griega. “Los migrantes siguen siendo la gente más abandonada, pero nuestros vecinos griegos buscan comida en las basuras, y la gente está enferma, y hay más griegos sin hogares que migrantes, y cada día la situación empeora. La gente no puede pagar sus alquileres. Muy rápidamente lo pierden todo y se encuentran en la calle”.

La medida del pozo en el que se ha hundido Grecia la da precisamente el hecho de que MSF, inicialmente concebida para ayudar a extranjeros necesitados, está debatiendo seriamente la posibilidad de extender sus servicios a la población nativa.

Exactamente en la misma tesitura se encuentra Nikos Gionakis, que preside un centro de salud mental llamado Babel, destinado hasta ahora a ayudar solo a extranjeros. El problema es que cuanto más se recortan los fondos para la salud pública, más necesidad hay de ayuda entre la población griega. El propio Gionakis necesita ayuda. Ni él ni ninguno de los que trabajan con él –psicólogos y psiquiatras, además de personal administrativo– han sido pagados desde junio del año pasado. No han pagado la luz ni el alquiler de sus oficinas desde septiembre. Mientras tanto, la potencial clientela de Babel está en plena expansión. “Mi temor”, die Gionakis, “es que el mes que viene vendrán niños con problemas severos y no podré ayudarles”. Pero ¿cómo se ayuda a sí mismo?, ¿cómo vive él? “Pues como los demás, gracias a la familia”, contesta. “Mi mujer trabaja. Mis padres nos compran la comida. Esto es Grecia hoy. Mientras tanto, esperamos”. Esperan, entre otras cosas, amenazas de Amanecer Dorado. O más amenazas, porque ya han recibido varias debido a la ayuda que prestan a los refugiados. Aun en tales condiciones, dice Gionakis, se ha dado un fenómeno alentador. Se están presentando cada vez más voluntarios en su centro a ofrecer ayuda gratis, entre ellos psicoanalistas de alto nivel. Incluso hay gente que ofrece dinero. “Cada acción genera su reacción”, explica Gionakis. “Al mismo tiempo que crece el sentimiento antiinmigrante también crece la solidaridad”.

Es la diferencia entre gente que piensa con fronteras y sin fronteras. Los problemas cotidianos de los griegos, dice Gionakis, son casi idénticos a los de los refugiados. “Ellos no confían en el Estado griego; los griegos tampoco confiamos en el Estado griego. Por eso, todos debemos ayudarnos como podamos”. Pero hay algo que divide a los refugiados de los griegos, independientemente de su orientación política. Los refugiados sienten más esperanza; confían en un futuro mejor. Sus condiciones de vida son más precarias, más insalubres, más peligrosas. Pero son personas más acostumbradas que los griegos a existir en condiciones de extrema vulnerabilidad. Hoy, los griegos luchan por sobrevivir; los refugiados, la mayoría de ellos, han luchado por sobrevivir desde el día en que nacieron. Y hoy, incluso más que los que se aferran a la ilusoria bandera neonazi, son gente con un proyecto, un sueño y un convencimiento de que, habiendo llegado tan lejos, nada les impedirá alcanzar su destino.

“No lamento haber dejado mi país”, dijo Hassan, víc­­tima de aquel ataque de los motociclistas de Amanecer Dorado. “No fue un error. Un día saldré de aquí a una vida mejor”. “Llegaré a Austria o a Alemania y conseguiré trabajo y traeré a mi familia. Confío en que Dios me ayudará”, confió Gharib, el sirio. “Grecia es mejor que Afganistán”, dijo Wahid, el cristiano converso, “aunque peor que el resto de la Unión Europea. Quizá pasen años, pero nos iremos de aquí y mi hija crecerá y vivirá en un país en paz”.

En la clase de inglés en el Foro Griego para Refugiados, esos 14 afganos y su profesor eran, a primera vista, los más desafortunados de la tierra. Pero tenían un plan, tenían una misión. Quizá una misión imposible, pero ellos no se daban por vencidos. El frío del Norte, como dijo la niña afgana de 14 años, no era un frío insoportable, era un apetecible helado. Lo que para otros podría parecer un limbo aterrador, para ellos era una parada de autobús. Por más tiempo que tuvieran que esperar, el autobús llegaría. Su sueño se cumpliría. A diferencia de muchos griegos y de muchos otros europeos, les arrastra la fuerza de la fe.

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