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PALOS DE CIEGO COLUMNA i

¿Por qué fracasó Artur Mas?

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Pasadas ya algunas semanas desde el fracaso de Artur Mas en las elecciones catalanas, todos nos hemos preguntado a qué se debió esa derrota descomunal. Hay varias respuestas a la pregunta, pero una de ellas no la he visto formulada, o no con la suficiente claridad, quizá porque es demasiado evidente. Como a veces no hay nada menos evidente que lo evidente, intento formularla a continuación.

Después de la manifestación del 11 de septiembre, en la que una enorme multitud de catalanes salió a la calle detrás de una pancarta que reclamaba un nuevo Estado para Cataluña, por estos pagos se creó un clima político que la historiadora Rosa Congost definió con un término acuñado por Pierre Vilar: “unanimismo”; es decir: una ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia. Vilar describía con esa palabra el clima que facilitó el ascenso de los fascismos, aunque el fenómeno se ha dado en muchos momentos distintos de muchas sociedades distintas; nosotros, sin embargo, no lo habíamos vivido nunca –yo no, como mínimo–, así que no era tan fácil reconocerlo. Lo cierto es que, de un día para otro, en Cataluña todo el mundo pareció haberse vuelto independentista o al menos soberanista, empezando por los medios de comunicación y terminando por los intelectuales y los curas, que no paraban de predicar la buena nueva desde sus tribunas y púlpitos (o como mucho callaban, para no significarse). Es cierto que no todos predicaban porque estuviesen convencidos, sino por deseos de colocarse en la nueva situación o por miedo a quedar fuera de juego o a ser estigmatizados. Hubo momentos gloriosos: todas las encuestas daban un incremento de escaños a Mas, varias le concedían la mayoría absoluta y una de ellas, publicada por El Periódico de Catalunya, aseguraba que el 10% de los votantes del PP también era independentista. ¡Virgen Santísima: 10% de los votantes del PP! Pero a nadie le resultaba raro todo esto, y solo dos o tres tontos del bote no terminábamos de ver clara la jugada, o más bien nos atrevíamos a decirlo en voz alta. ¿Cuál fue entonces el error de Artur Mas? Confundir el unanimismo con la unanimidad; es decir, carecer de la virtud fundamental de un político, que es el sentido de la realidad, entendido como lo entiende Isaiah Berlin: como un don transitorio que no se aprende en las universidades ni en los libros y que supone una cierta familiaridad con los hechos relevantes que permite a ciertos políticos y en ciertos momentos saber “qué encaja con qué, qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida”. Exacto: Mas –un hombre que apenas ha pisado la calle y no conoce el país ni a su gente porque apenas ha salido de los salones y los despachos del poder– creyó que Cataluña había cambiado de golpe; pensó con alivio que la gente ya no le hacía responsable de sus males a él, sino a España; que todo el mundo se había creído la pamema de que, siendo independientes, seríamos ricos y felices, y que él podía ponerse al frente de la manifestación. Por eso convocó las elecciones. Y por eso –porque desconocía los hechos relevantes y no sabía qué encajaba con qué, qué podía hacer y qué no, y con qué métodos– las perdió.

No ha dimitido y ahora intenta salvar su pellejo con una huida hacia delante”

Es verdad: lo mejor que podía haber hecho Mas, después de demostrar que carece de la principal virtud de un político, es dimitir. No lo ha hecho, y ahora intenta salvar su pellejo con una huida hacia delante, igual que un pollo decapitado. Por suerte para él, sus adversarios no paran de cometer errores, así que es posible que se salve. No sé. Pero se me ocurre que, si en La Moncloa mandara un político auténtico –un político valiente y con sentido de la realidad; sin ir más lejos: el Adolfo Suárez que cambió en menos de un año una dictadura por una democracia–, quizá propondría mañana mismo una reforma constitucional y un referéndum inmediato en Cataluña, lo que descolocaría por completo a los independentistas y los enfrentaría a un vértigo insoportable, resolviendo este falso problema durante varias décadas (si en un referéndum celebrado el año que viene hay más de un 35% de votos en favor de la independencia, prometo vestir para siempre de lagarterana). O quizá hacer eso suponga correr un riesgo excesivo. Quién sabe.

elpaissemanal@elpais.es