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COLUMNA

Los menores

Me preocupa enormemente que impere la mentalidad tramposa entre los adolescentes y que sean sus propios padres los que abanderen esa falta de ética

De la fatídica noche del Madrid Arena nos quedarán, además de cuatro vidas truncadas, la temeraria gestión municipal de los espacios públicos y la codicia insensata de empresarios que no miden las consecuencias de un acto multitudinario que incumple las ordenanzas. También recordaremos la nulidad de la alcaldesa Botella para enfrentarse a una crisis, no tanto por su escasa sensibilidad al abandonar la ciudad que representa cuando en ella acaba de ocurrir una desgracia, como por esa especie de fastidio que refleja su rostro cada vez que se ve en la tesitura de dar explicaciones. Y ¿para qué están nuestros representantes si no es para darlas?

El tiempo, esperemos que breve, nos hará saber si los últimos responsables de este disparate acaban pagando sus culpas, los políticos y los organizadores. Pero el hecho de que busquemos culpables legales no debiera distraernos de otro tipo de responsabilidades a las que somos poco aficionados y que nos suelen resultar incómodas. Estos días he venido leyendo, imagino que como ustedes, declaraciones de menores de edad que denunciaban la falta de control en las entradas del recinto: “éramos un grupo de menores de 18 y ni siquiera nos pidieron el carnet”. Algo así como decir, “cometí una travesura, pero la única responsabilidad la tiene el adulto que no la denunció, al fin y al cabo yo soy todavía un niño”. Me preocupa enormemente que impere esa mentalidad tramposa y que sean los propios padres de adolescentes de 16 o 17 años que vagabundean en la selva nocturna los que abanderen esa falta de ética.

De la misma forma que de la alcaldesa al empresario cada uno debe pagar por tan peligroso descontrol, los padres de menores también podrían plantearse el viejo asunto de los límites e inculcar a sus hijos la idea de que la mentira es un síntoma de inmadurez.

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