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EDITORIAL

Malas perspectivas

Las previsiones del FMI indican que España necesita más tiempo para sanear sus finanzas

El Fondo Monetario Internacional (FMI), como el conjunto de analistas e instituciones, ha revisado a la baja sus últimas previsiones de crecimiento de la economía mundial y de los principales países para 2013. Estados Unidos es una de las excepciones: el año que viene crecerá apenas una décima menos que el 2,2% previsto para el ejercicio en curso, según el Fondo. Pero el comportamiento del resto será menos favorable. La razón fundamental de las renovadas dificultades para asentar la recuperación global no es otra que la recesión de la eurozona, particularmente pronunciada en 2012 como consecuencia de las contradictorias políticas presupuestarias practicadas en todos los países de la moneda común y los riesgos de fragmentación que se perciben. En la eurozona, a la recesión de este año (-0,4%) le seguirá un crecimiento muy moderado el próximo, cifrado en el 0,2%.

La revisión a la baja de las previsiones del FMI afecta de forma muy significativa a España, país al que anticipa una tasa de paro superior al 25% para el próximo año. La economía española es el principal exponente de esa nefasta combinación de inestabilidad financiera y recesión. La contracción del PIB, lejos de concluir en este ejercicio, se prolongará y, probablemente, se agudizará el año próximo. El FMI prevé ahora una caída de hasta el 1,3% del PIB español en 2013, casi el triple de la incorporada por el Gobierno en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, recién remitido a las Cortes.

En esta diferencia tan significativa entre lo que anticipa el Gobierno español y el resto de instituciones radica parte de la erosión de credibilidad con la que nacen los presupuestos públicos. También pueden ser una fuente de frustración añadida en las familias y las empresas, al observar que las recortes adicionales de gasto público y los aumentos de impuestos previstos no van a ser suficientes para cumplir con los objetivos de saneamiento de las finanzas públicas. Y sin embargo, sí actuarán como un elemento depresivo de la actividad económica, con el consiguiente retraso en la ahora diferida recuperación.

Es necesario, por tanto, que desde Bruselas se aborde con la sensatez suficiente una distribución temporal de los esfuerzos de saneamiento presupuestario que, además de no perjudicar el crecimiento del PIB español, sea mucho más creíble. El realismo que pone de manifiesto el Fondo Monetario Internacional es solo una señal: a los mercados financieros, desde luego a los de bonos, les inquieta la falta de realismo en la formulación de las cuentas del Estado para el año próximo, tanto o más que la ausencia de propósitos de enmienda en la conducción de las finanzas públicas. Y a los españoles les importa que los sacrificios que se están asumiendo sirvan para asentar la recuperación de la inversión empresarial y del empleo.

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