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Columna
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Guillotina

Nunca desde Franco había querido con tanta intensidad ser de Francia

Pueden encajar, sin que se les descuelgue un solo músculo facial, los desaires de los funcionarios, el furor de los mineros, la angustia de los pensionistas, de los enfermos, de los desahuciados; el temor de las familias de clase media que empiezan a tener que comer de lo poco ahorrado; el abandono del país por parte de los jóvenes en paro; el vagabundeo callejero de los inmigrantes. Por resumir: se quedan tan anchos ante las reclamaciones de los recortados y de los suprimidos. Sin embargo, se ven reducidos a la nada cuando quienes son dueños de la pasta —los únicos a quienes respetan— se ponen gallitos.

Al ministro Montoro se le descuajaringa el almidón de los puños de la camisa, y se le agudiza el trémolo, cuando los evasores de dineros, asesorados por sus expertos, se ofenden ante las súplicas de Hacienda para que devuelvan algo de lo que se llevaron por la cara. Busquen en este periódico —en digital es fácil: Montoro, Gobierno, defraudadores; vienen a ser lo mismo— y encontrarán la información acerca de la miel que, sobre las hojuelas, se dispone a ofrecerles nuestro melifluo de cabecera.

Nunca desde Franco había querido con tanta intensidad ser de Francia. No sólo por el anuncio de que van a gravar con impuestos a quienes más tienen —Hollande, mon homme—, sino porque ahora mismo se me hace la boca agua pensando en ese registro en el apartamento de Carla Bruni, con los gendarmes dando vueltas —a la manera de Irma la Dulce—, mientras abren y cierran los zapatos de Sarkozy, en busca de pruebas incriminatorias escondidas en sus tacones, o en las reservas de colágeno de la señora Bruni.

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