Tribuna
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El profesorado no ha ninguneado el derecho a la educación

¿Sería posible que un reponedor de productos de un supermercado gestionara la reposición de forma teledirigida desde el comedor de su piso?

Escuela de educación infantil Vila-Roma de Palamós (Girona), el pasado lunes.
Escuela de educación infantil Vila-Roma de Palamós (Girona), el pasado lunes.©Toni Ferragut / EL PAÍS

Compartimos la tesis y los argumentos que el catedrático y buen amigo Xavier Bonal expone en su artículo del primero de junio. Así pues, no se entienda esta reacción como una crítica a sus planteamientos. Solo deseamos poner el foco en algunos aspectos que también forman parte de la realidad educativa que estamos viviendo, pero que en su discurso quedan en un segundo plano.

Como todos los colectivos profesionales, las maestras y los maestros han sufrido un choque profundo en el ejercicio de su profesión. La inseguridad e incertidumbre que ello les ha generado son tan legítimas como las de cualquier otro colectivo, como el de los profesionales de la medicina o el de los supermercados. Pero existe una diferencia: mientras que médicos y reponedores han seguido desarrollando la misma actividad profesional (con más presión, con mucha angustia, pero la misma actividad profesional), el profesorado ha tenido que reinventarse de forma improvisada, sin recursos ni apoyos suficientes, de hoy para mañana con algo tan complejo como la enseñanza, y dar una respuesta educativa de calidad a la diversidad de su numeroso alumnado desde sus domicilios.

Los más de 750.000 profesionales que se dedican a la educación en España han visto cómo se cerraban sus centros de trabajo, los hospitales y los supermercados han permanecido abiertos. ¿Imaginamos a una doctora que tiene que atender a sus pacientes encerrada desde su casa? ¿Sería posible que un reponedor de productos de un supermercado gestionara la reposición de forma teledirigida desde el comedor de su piso?

Creemos que detrás de la mayoría de las quejas del profesorado debemos leer un malestar fruto del golpe al cual maestras y maestros han tenido que hacer frente, y para el cual no se han sentido preparados. El profesorado no ha ninguneado el derecho a la educación, sino que su inquietud ha ido más allá. El interrogante durante todo este tiempo ha sido cómo garantizar el derecho a una educación… “de calidad”: ¿cómo proveer educación escolar sin escuela? ¿Cómo atender a veinticinco alumnos, o treinta, desde sus propias casas, sin su presencia? ¿Cómo mantener la calidad educativa en un escenario totalmente distinto? En definitiva, ¿cómo hacer posible lo imposible?

Una escuela no es solo un edificio, sino un contexto natural de relaciones humanas que proporciona las condiciones necesarias para que la educación sea posible. Y ese contexto natural ha desaparecido de la noche a la mañana. Usando ahora la analogía gastronómica, seguimos disponiendo de los ingredientes (profesorado, educadores, alumnado, familias, currículo, administraciones), pero nos hemos quedado sin cocina y, peor aún, sin receta para cocinarlos, todo bajo la enorme presión de seguir sirviendo platos cinco días a la semana con el restaurante cerrado. El malestar de la gran mayoría del profesorado debe interpretarse como una angustia resultado de la impotencia y la soledad ante una situación adversa.

Y puestos a decir, tampoco ha ayudado contemplar la lentitud exasperante de las administraciones educativas a la hora de apoyar al profesorado, en claro contraste con la rapidez con la cual dichas administraciones se han doblegado a la presión de las clases medias a favor de la reapertura inmediata de las escuelas. Que sea la presión de un sector de la ciudadanía a la Administración, y no el criterio del sector profesional competente, lo que acaba determinando una decisión política de tan amplio calado, no deja de profundizar en la herida. ¿Se imaginan que la apertura o cierre de plantas de un hospital fuese una decisión en manos de los pacientes? ¿O que la ampliación de un supermercado pudiese estar dictada por los clientes?

Gracias a Xavier Bonal por hablar nítido y fuerte. Su actitud y su sabiduría nos empujan a los demás a reflexionar y a seguir humildemente su ejemplo. De hablar nítido y fuerte, claro está, porque de retratar con rigor y exactitud la educación española, nuestro querido amigo no tiene igual.

Miquel Àngel Essomba es director de la cátedra de Educación Comunitaria de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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