El precio récord de la gasolina hace mella en el bolsillo: “Ir en coche ya no me compensa”

Los usuarios se dividen entre quienes optan por sustituir el vehículo privado por el transporte público o desplazarse a pie y quienes recortan otros gastos para compensar el encarecimiento de los carburantes

Un hombre reposta en una gasolinera de Madrid.
Un hombre reposta en una gasolinera de Madrid.Aitor Sol

El precio desbocado de los carburantes empieza a hacer mella en el bolsillo de los conductores españoles. La gasolina ha vuelto a batir este jueves su récord histórico, por segunda semana consecutiva, y el diésel está a solo un paso de alcanzar esa cota, que probablemente pulverizará en siete días, cuando la Comisión Europea haga pública la próxima edición de su boletín petrolero. La traslación de la fría estadística a la calle deja poco margen para la duda: si hace apenas unos meses 50 euros alcanzaban para llenar prácticamente por completo el depósito, hoy aún queda varias muescas por debajo de su tope.

A Francisca Ramírez, empleada del hogar de 48 años, la escalada de la gasolina se le hace insostenible. Se desplaza todos los días a varios pisos de Arturo Soria, un barrio acomodado del norte de Madrid, y si antes se movía en automóvil por comodidad, ahora lo hace casi siempre a pie. “Aunque tenga que caminar una hora, lo hago, porque ir en coche no me compensa. Con todas las veces que tendría que venir a repostar...”, desliza. Ese gasto del día a día no es el único al que ha tenido que echar el freno para frenar la escalada de precios. “Antes de la pandemia visitaba otros pueblos de la Comunidad con mi familia, pero ahora ya nos quedamos más en la ciudad”.

También ha recortado gastos Piñero Isado, jubilado de 71 años y uno de los muchos españoles que ha optado por un establecimiento de bajo coste para tratar de amortiguar la subida. Habla mientras reposta, una operación que repite un par de veces al mes, y admite que utiliza el coche menos que antes. Sin embargo, hay usos imprescindibles, como acompañar a su nieto a Paracuellos del Jarama, a unos 25 kilómetros de la capital, unas cuatro veces por semana. “Con lo que está subiendo todo, voy a tener que pedir a la Seguridad Social un suplemento de la pensión. A ver si me lo dan”, desliza con sorna. A José María Martín, de 55 años, también le agobia la escalada: “Al final el sueldo mensual se lo come casi todo el coche. Cuando me muevo por el centro de Madrid intento usar el transporte público para restringir el uso del coche a lo imprescindible. Y el viernes son un par de cervezas menos”.

“El aumento me rompe totalmente el bolsillo”, dice Daniel, de 21 años y estudiante y repartidor de comida en un Burger King. “Cada gasto pesa”, añade en una definición de calle perfecta de lo que supone la subida de la inflación más allá de las hojas de cálculo y las previsiones de los organismos económicos. “Le echo unos 20 euros cada dos semanas. Si repostas poco a poco cada vez, la subida se percibe menos. Pero aun así, intento utilizar el coche lo menos posible”, dice resignado. Jesús Martín, de 32 años, enumera dificultades similares. Recorre todos los días 56 kilómetros para trasladarse a Sevilla desde su pueblo, El Viso del Alcor, por trabajo. “Mi media de gasto a la semana era de 25 euros. Ahora tengo que repostar 15 euros más para hacer el mismo trayecto”, lamenta. La escalada sinfín de la gasolina le está llevando bien a pedir un aumento de sueldo bien a buscar otro empleo donde le paguen más.

Un hachazo para transportistas y sector primario

Con la gasolina y el diésel por las nubes —la primera superó su récord histórico la semana pasada y lo ha reeditado hoy; la segunda está a menos de un céntimo de hacer cumbre—, los sectores más intensivos en carburante tienen las de perder. Entre los grandes, las aerolíneas y las empresas de transporte de viajeros por carretera han visto empeorado su panorama en cuestión de meses cuando la demanda aún no ha recuperado, ni de lejos, los niveles prepandemia. Entre los pequeños, los transportistas de mercancías y los agricultores, ganaderos y pescadores se llevan la peor parte.

Pendientes aún de que el Gobierno plasme a final de mes en un decreto ley el acuerdo que permitió desconvocar la huelga con la que amenazaron para antes de Navidad —y que mejorará las condiciones en las que repercuten el alza energética—, los transportistas ven con desazón la escalada en las gasolineras. Razones tienen: para un camionero autónomo, el combustible supone casi la tercera parte de sus gastos totales. La preocupación se extiende también a las compañías de menor tamaño.

Juan Ordoñez, de 62 años, es gerente de una pequeña empresa en Granada que cuenta con cinco camiones. Hace muchos viajes a Países Bajos e Inglaterra, en los que cada vehículo quema unos 1.800 litros de gasóleo entre ida y vuelta. “Un encarecimiento solo de 30 céntimos es una barbaridad: nos produce unas pérdidas de 500 euros por viaje por cada camión. Si se cumple lo acordado con el Gobierno para revisar los precios, a algunos trabajadores se les soltarán hasta las lágrimas”, asegura.

Basilio Otero, presidente de la Federación Nacional de Cofradías de Pescadores, condensa en sus palabras el descontento del sector primario. Todo aumento en el precio de los carburantes reducen aún más sus ya de por sí maltrechos márgenes. “Siempre pasa igual: cuando el petróleo baja, no baja tanto; cuando sube, sube más”, lamenta. “Tenemos una ventaja: a diferencia de hace 10 años [septiembre de 2012: de cuando databa el último máximo], ahora las cuotas, aun siendo escasas, no nos ahogan tanto. Pero si el gasóleo no baja pronto, vamos a tener un problema pronto”.

En las artes menores —la pesca artesanal—, dice, el gasóleo puede suponer, como mucho, el 15% de los costes. En arrastre, sin embargo, esa cifra se dispara hasta el 30% o 40%. “Ahí sí, el golpe es enorme”, cierra. En el caso del mar, la subida es especialmente abultada: si en el gasóleo de automoción y la gasolina ronda el 30% en el último año, aquí el precio va camino de duplicarse. El porqué: la reducida carga fiscal, que amplifica la escalada del petróleo.

El golpe es igualmente relevante para los taxistas. Al lado de la parada de metro de Ópera, en el centro de Madrid, un grupo de ellos se pone al día durante los tiempos muertos. El carburante —en su caso, el GLP, un gas derivado del crudo— es la comidilla del día. “Antes pagábamos casi la mitad de lo que pagamos ahora: por menos de 30 pavos no llenas un depósito de gas”, dice Fernando, que prefiere no revelar su apellido. “Tenemos que parar mucho más. No puedes andar por andar. Si te pones en marcha, gastas más. Si no vas cogiendo clientes, no tienes dinero para pagar el combustible”, añade un compañero. Es la única estrategia posible para tratar de rebajar la factura.

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