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Vuelve la inflación

Cuando es volátil, aumenta la incertidumbre de las empresas y contiene la inversión y la creación de empleo

Fachada del Banco Central Europeo, en Fráncfort (Alemania), el 8 de julio.
Fachada del Banco Central Europeo, en Fráncfort (Alemania), el 8 de julio.Ralph Orlowski / Reuters

Desde la década de los años noventa los economistas hablábamos de la Gran Moderación. Los bancos centrales habían conseguido contener la inflación de bienes y la economía mundial crecía a tasas elevadas. En 2008 la quiebra de Lehman Brothers nos despertó de nuestra ensoñación con la Gran Recesión. Minusvaloramos la inflación de activos y que todo el crecimiento anterior se había financiado con deuda. Los inversores se asustaron ante lo desconocido, los mercados financieros colapsaron y la economía real se deshacía como un terrón de azúcar en el café.

La crisis fue una lección de humildad para los economistas por nuestro desconocimiento del fenómeno financiero. Ben Bernanke, siguió el consejo de Irving Fisher y decidió reflotar la deuda. Compró activos financieros para inflar sus precios y consiguió que los balances financieros fueran de nuevo estables. El riesgo fue evitar la deflación y los precios se mantuvieron contenidos durante la siguiente década.

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La pandemia provocó una crisis global igual de violenta pero de distinta naturaleza. Los bancos centrales aplicaron la misma receta de éxito en 2008. La ciencia ha permitido reducir la pandemia a la mitad de tiempo gracias a las vacunas. Y las políticas económicas ultraexpansivas han provocado una recuperación mucho más intensa que en 2008. Las exportaciones mundiales cayeron menos en la crisis anterior y tardaron 33 meses en recuperar el nivel previo a la crisis. En 2020 se desplomaron en marzo y en abril, pero en abril de 2021 ya estaban un 10% por encima de los niveles anteriores a la pandemia.

La demanda va más rápida que la producción y la inflación ha vuelto. La más evidente en los precios de las materias primas, especialmente excluyendo el petróleo que hoy tienen sustitutivos más baratos con el sol, el aire y el gas que no eran competitivos en la crisis inflacionista de los años setenta. Los escolásticos de mi querida universidad de Alcalá ya nos advirtieron de los peligros de la inflación hace 500 años. Cuando es volátil, aumenta la incertidumbre de las empresas y contiene la inversión y la creación de empleo. Pero sobre todo la inflación es el impuesto más injusto que ha inventado el ser humano que afecta especialmente a los más pobres. Los mismos que piden que los bancos centrales sigan comprando deuda como si no hubiera mañana, piden sistemas de planificación soviética de los precios de la luz o la vivienda. Pero todo en la vida no puede ser.

La dinámica de inflación es incipiente y estamos lejos aún del riesgo de inflación galopante, especialmente en España con la mayor tasa de desempleo juvenil del mundo. Tampoco en Europa, con una población envejecida, como Japón. Pero los datos de EE UU ya empiezan a ser preocupantes. El contagio ya ha llegado a la inflación subyacente que en los dos últimos meses ha crecido a su tasa más alta en décadas.

El mercado de trabajo aún tiene margen con la tasa de paro al 6% y la tasa de actividad más baja que en 2008. Por eso el aumento de salarios de los últimos meses ha aumentado la población activa. Pero el Presidente Biden ya le ha dicho a los sindicatos que es la hora de subir los salarios. Y tras diez años congelados estarán muy motivados en hacerlo.

Antes de empezar a subir los tipos de interés, toca decir cuándo y cómo va a empezar la Reserva Federal a reducir sus compras de deuda. Ya lo hizo en 2014 y provocó una crisis financiera que les obligó a rectificar. El miedo de los bancos centrales a los mercados es mucho mayor que el que muestran por la inflación. El problema es que la deuda y la inflación de activos es mucho mayor que en 2008 y la reacción de los inversores es igual de impredecible que los huracanes.

España es uno de los países con mayor deuda pública del mundo y necesitamos emitir el 25% del PIB en deuda pública cada año para pagar las pensiones y el sueldo de los funcionarios. Esta es nuestra gran vulnerabilidad, muy superior a la de 2012 cuando tuvimos que pedir un rescate internacional. Y ningún partido político, ni los sindicatos ni la patronal parece recordarlo. Veremos.

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