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EP Firmas BLOGS Coordinado por Daniel Leguina

Turismo, crecimiento y cohesión económica y social

El parón en la demanda de turismo causado por el Covid-19 no debe hacernos menospreciar la importante ventaja adquirida durante años

Dos viajeros con mascarillas esperan su vuelo en el aeropuerto de El Prat.  NACHO DOCE (REUTERS)
Dos viajeros con mascarillas esperan su vuelo en el aeropuerto de El Prat. / NACHO DOCE (REUTERS)

La crisis del coronavirus ha tenido uno de sus mayores impactos sobre la movilidad y, en consecuencia, sobre la demanda de bienes y servicios relacionados con el turismo. En la crisis anterior, el turismo tuvo un comportamiento comparativamente mejor que la mayoría de sectores de la economía española y contribuyó decisivamente a cambiar el signo de la balanza de bienes y servicios española, lo que da muestra de su elevada competitividad. Así pues, los análisis que parten de una relación causal simple suelen incorporar un sesgo prejuicioso que ni tan siquiera en regiones en las que una parte relevante del PIB procede del turismo, está justificado. He aquí una primera llamada a asumir la complejidad de estos procesos, sin hacer asociaciones precipitadas.

La segunda llamada de atención se refiere a valorar lo que constituye una fuente de rentas y empleo que no sólo consiste en un elemento fundamental para regiones que, por sus características, tienen pocas alternativas, sino que también es un factor clave en la diversificación para regiones más ricas, como sucede con el turismo urbano, de creciente importancia. Desde hace años, todas las regiones están deseando diversificar sus economías incorporando actividades relacionadas con el turismo. Y una tercera cuestión es que, para muchas regiones del mundo especializadas en turismo, no hay ni de lejos visos de “mal holandés”, puesto que el turismo no ha sustituido a otras actividades. Esto es especialmente cierto para los dos archipiélagos españoles, Baleares y Canarias.

Sin embargo, con diferente intensidad, algunos prejuicios sobre el turismo continúan operando en las mentes de una parte de los españoles desde hace tiempo. Y en estos momentos, en los que se ha paralizado la demanda de turismo, que creíamos tener segura, es especialmente importante centrarnos en lo que tenemos; en la ventaja, en parte absoluta y en parte comparativa, que hemos adquirido en la economía mundial. Así que, en primer término, sería conveniente valorar la contribución del turismo al crecimiento económico. Pero esta valoración no debe nublar una realidad evidente: llegado a un determinado nivel de desarrollo turístico, las regiones pierden niveles de convergencia en términos de PIB per cápita. Así que se propone diversificar las economías, pero no siempre es posible. Pensemos en las dificultades que tienen Baleares y Canarias para generar nuevas actividades económicas.

No sólo hay que atender al objetivo del crecimiento económico. Pasemos al empleo. Se dice con desprecio que este es un país de camareros. La expresión, desde luego difícil de calificar, resulta de una grosería insoportable. El caso es que una buena parte de la población ocupada en España se dedica a las actividades derivadas del turismo. Son actividades intensivas en empleo, por lo general. Así que en un país con una tradicional alta tasa de paro, de nuevo resulta conveniente valorar lo que tenemos. Pero no todo son virtudes. Existen segmentos del mercado de trabajo relativamente extensos de bajos salarios y alta rotación. Así que la elasticidad del empleo respecto al crecimiento económico es muy alta, por lo que se genera un alto nivel de desempleo cuando se producen problemas.

Además, el turismo ha contribuido al bienestar a través de su efecto sobre los ingresos públicos. Una buena parte de los ingresos de las corporaciones locales, autonómicas y del Estado proceden de estas actividades. Es cierto que con frecuencia —mucha más que la deseable— la presión del turismo ha contribuido a la corrupción y al desgobierno. No sólo el turismo es responsable, pero también, y en no poca medida. El binomio turismo-construcción ha derivado en algunos casos en la especulación urbanística e incluso en la corrupción. Y es cierto que la actividad turística ha generado impactos negativos sobre el uso de los recursos naturales (tanto en un notable incremento en la demanda de agua y energía como en la generación de residuos) y, más aún, sobre la creación de un paisaje notablemente deteriorado en ocasiones. Una parte del error hay que achacarlo a que se ha puesto mucha atención a los usos del suelo y casi ninguna a los proyectos que configuran el paisaje y, con el tiempo, el patrimonio.

Pero en estos meses hemos tenido que pasar a una política de turismo cero para preservar un bien superior. Así que ahora ni crecimiento económico, ni empleo, ni ingresos públicos y, en el medio plazo, deterioro de las infraestructuras dedicadas al turismo si no hacemos lo que debemos rápido y sin prejuicios. Durante años, la sostenibilidad —entendida como conjunto de criterios armonizadores del crecimiento económico, el empleo y el bienestar— no ha terminado de pasar del discurso al plano de las decisiones privadas y públicas. Conviene pues poner toda la atención en ella, eliminando prejuicios, porque el asunto es delicado.

Poner toda la atención significa distinguir lo urgente del corto plazo. No es una errata; dejemos el medio plazo para otro momento y mucho más el largo plazo. Urgente es inyectar liquidez en las empresas para que no se pierda el capital humano y la inversión acumulada. Mantener el tono de la red de relaciones económicas es vital. Debemos arriesgar porque las ayudas ahora no tienen nada que ver con posibles sesgos de la competencia puesto que el coma ha sido provocado.

Nos encontramos en un momento clave que permite repensar la actividad turística y reencontrarla con el entorno socio-cultural

Dar un buen empujón en estos meses a la modernización de la oferta alojativa es una oportunidad para generar empleo y colocar la oferta con ventaja. La inversión pública puede enfocarse en reforzar las infraestructuras, lo que conformaría, junto a la modernización, un avance en el paisaje renovado. Lo mismo ocurre con la dedicación a la formación general y específica. La tarea puede ser tan ambiciosa que la colaboración público-privada resulta esencial.

La ambición aludida se puede contemplar como un problema de volumen de inversión. La extraordinaria diversidad de oferta alcanzada en España y el volumen de cada segmento de turismo hace que la financiación tenga que estar a la altura de los espacios señalados: modernización, infraestructuras y formación. Los requerimientos de financiación son potentes porque una de las cuestiones claves para entender el turismo es asumir su diversidad: en España hay un alto volumen de oferta en todos los segmentos, sea turismo de playa o de nieve, urbano, rural; y en cada segmento puede escogerse el nivel de precios. Así que convienen acuerdos sobre líneas de interés común público-privadas.

Además, la oferta de turismo se ha ido desplazando hacia los bienes de nuevo lujo. El lujo tradicional consistía en el acceso a bienes y servicios excepcionales y exclusivos. Pero el nuevo lujo consiste en el acceso a bienes y servicios excepcionales y no exclusivos, entre otros, el lujo sin precio o con el único precio del coste del viaje. Pensemos en la excepcionalidad del clima o de los bienes culturales heredados de generaciones anteriores, así como en los parajes naturales que tenemos.

Esta apuesta por el nuevo lujo coincide con las preferencias de los turistas. Podríamos decir que el turista actual distribuye su presupuesto entre preferencias críticas, lúdicas, prácticas y utópicas. Organiza el tiempo de ocio combinando preferencias. De esta forma, los lugares se conforman como espacios en los que es posible tal combinación. Así contemplado, la pauta de consumo admite combinaciones múltiples dado un presupuesto familiar. Los lugares de destino deben poder ofrecer, en la medida de sus posibilidades, todas estas opciones.

Esas combinaciones acaban teniendo una característica trasversal: el desarrollo del turismo en el entorno socio-ambiental. Desde hace algún tiempo, los operadores preguntan en los destinos qué elementos de sostenibilidad ofrecen a los turistas. Es cierto que la tentación de vender humo está siempre al alcance de la mano. Pero esto nos lleva a la importancia de la reputación. Los tiempos en los que el pícaro caía gracioso han pasado. La reputación es un valor al alza y, en los tiempos que corren, parte se juega en el terreno de la seguridad. Se puede elegir crítico, lúdico, utópico o práctico, pero siempre seguro; incluso cuando la elección implica un riesgo, este debe ser estrictamente calculado.

Debemos ser positivos. Nos encontramos en un momento clave que permite repensar la actividad turística y reencontrarla con el entorno socio-cultural. Si eliminamos prejuicios en relación con el turismo y avanzamos rápido en la renovación del paisaje —entendido éste en términos del Convenio Europeo del Paisaje—, así como si integramos la actividad y la política turística en el marco más amplio y ambicioso del Pacto Verde Europeo y las políticas de acción en materia de economía circular, con un aprovechamiento respetuoso de los recursos, es posible que estemos haciendo una contribución decisiva a la complementariedad de actividades en el seno de la Unión Europea, al tiempo que se recuperan rentas y empleos en España.

* Jesús Hernández es profesor titular de Geografía de la Universidad de La Laguna; Serafín Corral Quintana es profesor titular de Economía Aplicada de la Universidad de La Laguna; José Luis Rivero Ceballos es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Laguna. Los tres son colaboradores de la Fundación Alternativas

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