El poder económico atesora miles de obras de arte

Iberdrola, Santander, BBVA, Repsol, CaixaBank, Mapfre, Telefónica, Banco Sabadell, ICO y el Banco de España albergan un patrimonio de 30.500 piezas, pero desde la crisis financiera sus fondos apenas crecen

Las
colecciones
de arte

Del poder Económico

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Las maravillas del Museo del Prado solo existen porque España, hace cinco siglos, defendió las fronteras de un Imperio. Las colecciones de arte son una topografía de poder. Militar, económico, social, político. Poder. Al igual que la pinacoteca madrileña, los fondos del Louvre, el Hermitage (San Petersburgo) o el Kunsthistorisches Museum de Viena representan la voluntad de los soberanos del momento. Suponen, pese a sus miserias morales o políticas, la expresión de lo mejor de sí mismos.

En nuestro tiempo, los nuevos monarcas son las grandes corporaciones. Solo Iberdrola, Santander, BBVA, Repsol, La Caixa, Banco Sabadell, Mapfre, Telefónica, ICO y el Banco de España custodian unas 30.500 obras de arte. Por darle escala, el Prado alberga 27.500 y el MoMA (el mayor contenedor artístico contemporáneo del planeta) unas 200.000. Estas colecciones han tenido dos virtudes. Evitar la salida de piezas —España ha sido un país que ha sufrido históricamente un inmenso expolio— y atesorar obras de artistas contemporáneos con poca, o ninguna, presencia en los museos públicos. También ha contribuido la historia. Los ricos fondos, por ejemplo, de pintura antigua de Santander y BBVA serían impensables sin las decenas de integraciones financieras vividas o sin la diáspora que produjeron la guerra napoleónica y la desamortización eclesiástica, que inundaron de lienzos religiosos las colecciones decimonónicas para incredulidad de los viajeros extranjeros de la época.

Otro aliado inesperado fue el tiempo. Telefónica y, sobre todo, La Caixa (hoy CaixaBank) tuvieron la visión de comprar obras de artistas (Basquiat, Gerhard Richter, Anselm Kiefer, George Baselitz) que hace 30 años eran asequibles y que hoy solo pueden permitirse multimillonarios y oligarcas.

Este viaje exterior empezó, paradójicamente, mirando hacia dentro. Si pudiésemos comparar en un solo volumen los fondos de estas colecciones veríamos la gran presencia de los creadores españoles de la segunda mitad del siglo XX y la reivindicación de los artistas del exilio de la Guerra Civil. En los años 80 y 90, las empresas buscaron, sobre todo, proteger el relato del arte nacional. Fue su particular trinchera. Al fin y al cabo, tienen la gran libertad de no dar explicaciones. “Puedes crear colecciones diferentes porque son muy distintas las responsabilidades de La Caixa y la del Reina Sofía”, compara María de Corral, durante años directora de la colección de la antigua caja catalana y del museo público (1991-1994). Tampoco viven del arte. Las empresas no cobran, como a veces tienen que hacer los museos públicos, por prestar las piezas. A cambio son frágiles. Se comban como una rama de sauce a la menor racha de crisis. El crash financiero congeló las compras de bastantes corporaciones. Pocas están aún activas. La Caixa, Banco de España, Iberdrola. “Cuando una colección deja de comprar, se muere”, advierte María de Corral. Y critica. “Es lamentable, por ejemplo, que Telefónica [una empresa a la que asesoró en fotografía] ya no coleccione”. Es, pensarán algunos, el peaje del tiempo.

Banco de España

José de Toro-Zambrano (1756-1796) fue, además de director del Banco de San Carlos (actual Banco de España), miembro de la Inquisición. Goya lo pinta altivo, desafiando al maestro, contra un fondo oscuro, casaca roja de paño, chaleco a juego con botones dorados, peluca blanca empolvada y una piel cetrina que avanzan que el genio sabe pintar, incluso, el escaso tiempo que le queda a su retratado.

Yolanda Romero, conservadora jefe de la colección del Banco de España desde 2015, sostiene en su mano un tesoro. Un pequeño grupo de llaves, unidas a unas sencillas fichas de plástico azul, que descubren una colección de 4.500 obras de arte, escaleras de mármol de Carrara y algunas de las vidrieras art decó más importantes de Europa. Si en algún lugar el dinero exhala espiritualidad es dentro de este banco de bancos de 110.000 metros cuadrados creado en 1891 por los arquitectos Eduardo Adaro y Severiano Sainz de la Lastra en la calle Alcalá de Madrid.

—Es la imagen que utilizaremos para la portada del catálogo— revela, sonriendo, Yolanda Romero frente al retrato de José de Toro-Zambrano.

El arte se expande como un océano sin orilla. Desborda los corredores, la biblioteca e incluso, sin molestar, las salidas de emergencia. Cristina Lucas fotografía los lingotes de oro de su cámara acorazada, Sara Ramo reinterpreta con girones del Financial Times el crash financiero y en el despacho del gobernador, Pablo Hernández de Cos, cuelga Yuste II, un bosque entre niebla cacereña del fotógrafo alemán Axel Hütte.

Todo este tesoro sería imposible sin fondos. El órgano supervisor maneja un presupuesto —que no revela— con el que adquieren seis piezas al año. Compran por todos los caminos posibles. Subastas, galerías, herencias. Arte contemporáneo pero también antiguo. Aunque, en este último caso, siempre que esté relacionado con la historia de la institución. Un ejemplo. En 2018 se incorporó un retrato de Francisco de Cabarrús, fundador del Banco de España, de Agustín Esteve. Una tela que refleja un compromiso. “Una colección de arte es un organismo vivo que hay que seguir cuidando y alimentando, de lo contrario estaría abocada a su desaparición”, defiende Romero.

Ese es el problema de las colecciones corporativas de arte en España, su falta de constancia. Empiezan, pero son muy frágiles. Si la economía empeora o, simplemente, cambia el presidente, la colección corre el riesgo de congelarse. “Esto es algo que he vivido incluso con los patrocinadores cuando dirigía la Tate Modern. Muchas veces los perdía solo porque llegaba un director nuevo y quería hacer algo distinto al anterior”, critica Vicente Todolí, antiguo responsable de la institución artística londinense.

Telefónica

Telefónica dejó de comprar en 2004. Sin embargo, en este tiempo ha tejido varias colecciones (1.378 obras) que son estratigrafías de memoria y también la respuesta a una pregunta: ¿por qué coleccionar? “Hay un sentido de responsabilidad social en que la empresa adquiera obras de arte y recupere piezas que de otra manera estarían en manos de galerías, en muchos casos extranjeras”, apunta un portavoz de la operadora. La colección de la compañía procede de ese deseo de “rescate”. Lo cuenta su historia.

En 1983 el Gobierno de Felipe González acordó que en todos los contratos de obra pública que se firmaran en España al menos el 1% debería destinarse a un proyecto cultural. Luis Solana era entonces presidente de Telefónica y dudaba. ¿Qué hacer? Fue a ver a Jorge Semprún, ministro de Cultura. Estaba indignado, contaría Solana. Se quejó de que era una vergüenza que en España solo hubiera un cuadro de Juan Gris y ninguno de Luis Fernández, artista esencial de la vanguardia. Solana entendió el mensaje. Reunió 11 obras de Gris e incluso negoció personalmente con el magnate italiano Giovanni Agnelli la compra de 12 piezas de Luis Fernández pertenecientes a sus fondos. De esta forma se inicia en 1983 la colección de la operadora. Una cruzada por proteger el trabajo de artistas españoles forzados al exilio o el olvido como el propio Juan Gris, Picasso o Fernández. Pero también una reivindicación de los entonces emergentes Chillida y Tàpies. El propósito era “rescatar”. “Deseábamos mantener una parte [de su trabajo] en nuestro suelo”, escribe, en 1993, la comisaria Layla Ishi-Kawa en el catálogo La colección de arte Telefónica.

A partir de esos cinco artistas la teleco forma un fondo de 93 obras. Es su primera capa. Luego añade estratos. Entre 1997 y 1999 crea una colección, con Juan Villalonga como presidente, de lo que llamará figuración renovadora. Carmen Laffón, Antonio López, Díaz Caneja, Ramón Gaya. Destina 250 millones de pesetas a 70 piezas. Además compran tres pinturas de Roberto Matta, Magritte y Paul Delvaux. Durante 2002 y 2005, ya bajo la presidencia de César Alierta, pensando en dar contexto a los fondos de Juan Gris, adquiere 28 obras de cubistas internacionales. Es su colección más importante. Torres-García, María Blanchard, André Lhote, George Braque. Casi al tiempo María de Corral pone en marcha una colección de fotografía contemporánea —procedente sobre todo de subastas y galerías— con nombres que habitan en el canon. Cindy Sherman, Thomas Struth, Jeff Wall, Andreas Gursky. “Llega un momento en el que la prioridad de la Fundación son los proyectos sociales y educativos. Tiene más sentido. No había ya esa necesidad de recuperar con la que nació en su día la colección”, justifica Pablo Gonzalo, responsable de Cultura Digital y Espacio Fundación Telefónica. Y añade. “El empeño ahora es difundirla, por eso viaja constantemente. Sólo el 1% de los fondos decora los despachos”.

Algo más tarde que Telefónica dejaron de coleccionar Coca-Cola y toda la diáspora de cajas de ahorro que desaparecerán con la crisis financiera. Una fisura enorme. Sólo Caixa Galicia y Caixanova habían almacenado 7.000 obras durante los años del boom inmobiliario. En medio de estas tensiones económicas están los artistas. Algunos han sufrido más por su ausencia; otros, menos. “Las compras corporativas apenas representan el 10% o 15% de las ventas totales de mi estudio”, zanja Daniel Canogar.

La Caixa

El arte es una historia de amor: demanda una atención profunda. Las colecciones no sobreviven por inercia. La rutina las mata. “Hoy muchas instituciones públicas tienen unos fondos muy pequeños, o ninguno en absoluto, para adquisiciones y cada vez dependen más de las aportaciones y los préstamos privados. En esta situación, las empresas también tienen la responsabilidad de apoyar a los artistas, la creatividad y la cultura en general”, observa Loa Haagen Pictet, presidenta del Iaccca, una organización que agrupa a 55 grandes colecciones corporativas, entre ellas seis españolas (Bergé, Inelcom, Sorigué, Fundación Banco Santander, Banco de España y La Caixa).

El título no hace rehenes. Se cuenta desde el hueso. Espacio de dolor. Es una habitación de casi tres metros de altura forrada de planchas de plomo con dos anillos de plata y una pequeña bombilla. La instalación de Joseph Beuys (1921-1986) remite al sufrimiento. El dolor es negro y duro como plomo y la Ilustración, en forma de pequeña luz, forcejea para no ser absorbida por el metal negro. Una obra compleja y fundacional. Fue la primera que adquirió la Colección La Caixa en 1985. Cuando todo era muy distinto.

A mediados de los ochenta, el coleccionismo en España atravesaba un paisaje de Pedro Páramo. No existía el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) ni el Museo Reina Sofía ni apenas había coleccionistas privados. Sobre este silencio, Josep Vilarasau, entonces responsable de La Caixa, defendió la idea de reunir la vanguardia de la creación contemporánea española e internacional. Dotó al proyecto de 100 millones de pesetas anuales (600.000 euros) y arrancó. Pronto llegaron trabajos de Agnes Martin, Bruce Nauman, Basquiat, Franz West, Carl Andre, Gerhard Richter o George Baselitz. Nombres imprescindibles en el relato del arte pero que en aquella España sonaban tan deshabitados como Comala.

Hoy es una de las colecciones corporativas de arte contemporáneo más sólidas de Europa. Alberga 1.011 piezas y un compromiso. “Nunca hemos parado de comprar”, refrenda Nimfa Bisbe, jefa de las colecciones de arte de La Caixa. La entidad tiene un presupuesto —que no revela— anual de adquisiciones. Y siguen activos. Un comité decide las nuevas obras. Llegan, sobre todo, de galerías. La última incorporación es una pieza (Kouros Descends Stairs, 2008) de la estadounidense Rachel Harrison. Con ella, el banco defiende el sentido de coleccionar. “El arte en una empresa aporta conocimiento y reflexión”, subraya Nimfa Bisbe. Un reflejo de esa idea fue la colección Testimoni. Estuvo activa entre 1987 y 2004 y sus fondos convivían con los empleados de la entonces caja de ahorros catalana. No continuó. Era lo que predicaba: una cápsula de tiempo.

BBVA

Precisamente la acumulación de los años es el origen de la colección de BBVA. Desde los Medici, las finanzas han sostenido a las artes. A veces por pasión y compromiso, a veces por estatus y especulación. Otras porque los artistas fueron sombras. Ludovico Sforza, duque de Milán, se enorgullecía por igual de Leonardo da Vinci y de su palafrenero español, que era capaz de detener un caballo al galope con la mano.

Los fondos de BBVA proceden de la decantación de unas 150 operaciones financieras a lo largo de los 163 años de vida de la entidad. Banco Hipotecario, Banco Exterior, Argentaria, Banco de Bilbao, Banco de Vizcaya. Con cada fusión aumentaba el catálogo. Solo la incorporación de Argentaria aportó 428 obras. “Es una colección de colecciones. La absorción del Bilbao y el Vizcaya, por ejemplo, añadieron grandes artistas vascos del siglo XIX y XX”, describe María Luisa Barrios, responsable del departamento de Patrimonio Histórico Artístico de BBVA, que depende del área inmobiliaria. Unos fondos de aluvión pero con piezas maestras que han sedimentado por sí mismas. Existen dos bloques en los extremos de este tiempo. Un conjunto de obras españolas, flamencas e italianas de los siglos XV al XIX y un diálogo intenso de pintores y escultores de las últimas décadas del XX. “Esta última es la parte central”, puntualiza la conservadora. Guerrero, Oteiza, Chillida, Tàpies, Millares, Feito, Canogar, Martín Chirino, Campano. En total, la colección reúne 9.000 piezas. “Habrá unas 3.000” —aclara María Luisa Barrios— “con calidad de museo”.

Algunas son excepcionales, como el Retrato de Don Pantaleón Pérez de Nenin pintado en 1808 por Goya. El lienzo, que muestra al personaje de pie, melancólico, luciendo el uniforme de capitán de ayudante del regimiento de húsares de María Luisa, fue adquirido en 1961 por Argentaria a la familia del protagonista del óleo. Una joya. Hace tres años, se valoró en 15 millones de euros.

Pero lejos del genio también atesora papel, instalaciones, arte digital. Las piezas están repartidas entre las sedes de la entidad financiera, varios palacios del banco y las oficinas centrales en Las Tablas (Madrid). De hecho, en el edificio proyectado por Herzog & de Meuron los empleados conviven con 300 obras pertenecientes a creadores españoles de este siglo y el pasado. Todas llevan una cartela explicativa y un código QR. “El propósito es que sea una experiencia museística, que los trabajadores recorran una cartografía de la evolución del arte español”, incide María Luisa Barrios.

Desde sus almacenes y estancias, las obras viajan. Es una obsesión de BBVA. “Prestamos siempre, siempre que se den las condiciones de conservación adecuadas”, insiste la directora de la colección. Tienen 27 piezas cedidas a 17 instituciones y 26 depositadas en museos nacionales. Aunque ya no compran. “Por ahora, 9.000 obras nos parecen suficientes”.

Mapfre

Números, siempre números. El arte en nuestros días evidencia la obsesión de un agrimensor. Todo debe estar medido o cuantificado. La colección de la Fundación Mapfre está valorada (es la única entidad que aporta el dato) en 21,5 millones de euros. Una cifra modesta para el precio de una mano en esta partida. Solo la soberbia pintura de Richter (St. Bridget, 1988) con la que posa en este reportaje Isidre Fainé, presidente de la Fundación Bancaria La Caixa, costaría algo parecido en subasta. Pero la aseguradora ha optado por coleccionar, sobre todo, dibujo y fotografía. Soportes que el mercado valora —en general— menos que un lienzo. “El nuestro no es el discurso económico, es el de la divulgación. Tenemos más de 2.800 obras y queremos darlas a conocer a la sociedad”, apunta Nadia Arroyo, directora de cultura de la Fundación Mapfre. El grueso, paradójicamente, es el fino papel. Guardan 1.505 dibujos, grabados y litografías y 1.145 fotografías. Tienen solo 12 óleos. El resto son piezas de técnica mixta y escultura.

Antonio Huertas, presidente de Mapfre, contempla el cuerpo desnudo de Agnes. Agnes, July 2013 III y IV es el título de dos fotografías de gran formato del británico Richard Learoyd. Agnes tendrá en las imágenes 20 años. Frente a ellas, la mirada del ejecutivo transmite esa inquietud que a veces deja el arte contemporáneo y la desnudez.

Desde 2014, las dos Agnes pertenecen a la colección de la aseguradora. Pero ya no compran. “La política de adquisiciones se frenó con la crisis y solo incorporamos obra de forma excepcional”, aclara Nadia Arroyo. Sin embargo, la colección, conservada en parte en Madrid, sigue latiendo. Viaja y se presta todo lo que los criterios de conservación permiten a unas obras de este tipo. Los dibujos, por ejemplo, solo pueden exponerse a la luz durante tres meses seguidos a lo largo de un año. Luego descansan. Esa fragilidad es parte de su sentido.

La colección de la Fundación Mapfre también es una adición de capas. Comenzó por las pinturas de José Gutiérrez Solana y Daniel Vázquez Díaz. Una década después adquieren, en ferias y galerías, papeles de Sonia Delaunay, Egon Schiele, Klimt, Picabia. Después se escucha un fuerte clic. Durante 2007 arranca la colección de fotografía. “Nace con vocación internacional. Nos centramos en las ausencias de las colecciones españolas”, relata Nadia Arroyo. Su listado de ese vacío recorre los paisajes estadounidenses, físicos y mentales, de Walker Evans (atesora dos fotos, que son las más caras de la colección), Diane Arbus, Lee Friedlander, Harry Callahan o Helen Levitt.

ICO

Picasso no necesita rellenar ningún espacio, él solo ocupa un siglo de la historia del arte. Pero sufre. La Suite Vollard (1930-1937), de la colección ICO, es un diario íntimo de pasión y dolor. El genio se está divorciando de su primera esposa, la bailarina rusa Olga Khokhlova, y vive la ilusión y el desgaste de su relación con Marie-Thérèse Walker, la madre de su hija Maya, a quien conoce con 17 años. La Suite está formada por 100 grabados y solo siete instituciones en el mundo tienen la colección completa. La carpeta se compró en una galería de Nueva York en 1990 y está considerada la obra cumbre del grabado del siglo XX. Vale lo que cuesta. En 2016 se subastó en Sotheby’s otra edición por 2,5 millones de dólares. “Es la pieza central de nuestra colección”, sostiene Lucinio Muñoz, director de la Fundación ICO. Su presencia encaja en el deseo de modernización del Instituto de Crédito Oficial impulsado por Miguel Muñiz (1986-1996) cuando era presidente de la organización.

Poco a poco, el almacén creció. En los ochenta se incorpora una colección de pintura contemporánea (Gordillo, Alcolea, Barceló, Sicilia) y entre 1991 y 1996 surge otra de escultura española moderna y dibujo. Susana Solano, Dalí, Miró, Granell. Este empeño de coleccionar terminó en 1996. “Básicamente porque cambiaron las circunstancias económicas”, admite Lucinio Muñoz. Una vez tamizado el tiempo y sus vicisitudes quedan 620 obras. Son generosos. Los dibujos se prestan una vez que han pasado la cuarentena de luz y en el Museo Reina Sofía tienen depositadas siete obras en comodato (préstamos a largo plazo, sin contraprestación económica).

¿Y qué fue de Picasso? Es un Minotauro ciego guiado por una niña en la noche. El maestro dibuja en esta aguatinta de la Suite Vollard el final de su relación con su amante. Se representa como un monstruo mitológico, abandonado por el deseo sexual, viejo, ciego y conducido por una cría rubia: Marie-Thérèse.

Santander

Esa gran dama del arte que es Soledad Lorenzo (Santander, 1937) jamás utilizó ordenador. Todo su mundo estaba apuntado en una agenda marrón, con dos cinchas horizontales, anillas y un ajuste dorado que cerraba la cubierta y la contraportada. Por fuera no parecía muy valiosa pero era una cosmogonía del arte y su mercado. Con una letra redonda y clara, y tinta azul, se apretaban nombres y teléfonos de decenas de coleccionistas nacionales e internacionales. Tenía dos copias. Una la guardaba ella; otra, a buen recaudo. Esas páginas desprendían polvo de oro al pasarlas. Allí estaba, por ejemplo, el contacto de Ana Patricia Botín, presidenta de Santander, una de las mujeres más poderosas del mundo y cliente de la galerista cántabra. Entre otros artistas de su galería seguía a Robert Longo, Tony Oursler o Juan Uslé. Porque los Botín aprendieron de niños economía pero también arte. Tiene sentido.

La historia de Banco Santander es la historia del arte que alberga. Más de 1.000 piezas de los siglos XVIII al XXI. “Unas 200 de calidad museística”, precisa Borja Baselga, director gerente de la Fundación Banco Santander, y un buen puñado de obras maestras. Muchas proceden de la integración en el Santander Central Hispano (SCH) de la antigua colección del Urquijo. Fue el primer banco español que entendió que el arte iba más allá de la decoración de estancias o del capricho de sus ejecutivos. Sabía mirar. Compró, por ejemplo, por solo dos millones de pesetas el lienzo Busto de caballero III (1967), de Picasso. Y Sotheby’s valoró en 1988 —como narró Ángeles García en EL PAÍS— en más de 6.000 millones de pesetas su colección. De ahí llegaron joyas. La Anunciación y un Cristo agonizante, ambos de El Greco, una Inmaculada de Vicente Macip, el retrato de Michel Ophovius de Rubens, el Desembarco de la Infanta Mariana de Austria, de Mico Spadaro o el retrato del marqués de Leganés firmado por Anton van Dyck. Un juego de matrioskas de arte y finanzas que recorre 160 años de banca y coleccionismo. Donde cualquier operación sumaba. El Banco de Granada aportó la Virgen niña dormida de Zurbarán y del Banco de Jerez llegó una extensa colección de 2.218 monedas de todas las épocas.

Con este pasado, es lógico que la pintura sea la base de la colección. Rubens, El Greco, Van Dyck, Picasso, Zurbarán, Sorolla, Miró. También José Gutiérrez Solana. El gran pintor de la España arcaica, de quien custodia, según la propia entidad, “la mayor y mejor colección privada del mundo”. Dos dibujos y 29 lienzos. Una cinta métrica de toda la trayectoria del artista. Pero junto a las telas se expone el hierro y la madera. Esculturas de, Richard Serra, Juan Muñoz, Cristina Iglesias, Martín Chirino, Gregorio Fernández, Juan Pascual de Mena.

Todo bajo un contabilidad clara. La colección es propiedad del banco, no de la Fundación. Las obras están en su balance. De esta forma, la gestión de las piezas, pese a pasar por un comité, es más ágil. “Cada cierto tiempo limpiamos un poco los fondos para hacer más coherente la colección. Es un ejercicio bastante sano. Hay autores que sabes positivamente que no van a despegar y nosotros no queremos tener nada que no sea de primer nivel”, apunta Borja Baselga. Pero ya no compran. “El banco tiene otras prioridades”, comenta. La última obra que adquirieron fue una tela (Sutlej-Indo) de 2018 de Juan Uslé perteneciente a su serie Soñé que revelabas. Un título premonitorio para una colección que se revelará en otra ciudad. En principio —todavía no hay una fecha precisa— el grueso de esta colección privada dejará la Sala de Arte de la Ciudad Financiera que la entidad tiene en la localidad de Boadilla del Monte (Madrid) y viajará hasta Santander. Se repartirá entre el histórico edificio del Paseo de Pereda (cuya remodelación prepara el arquitecto David Chipperfield) y el de la calle Hernán Cortés, a cargo de Cruz y Ortiz. Si se trazase una línea dibujarían, junto al Centro Botín, un triángulo artístico producto de una legendaria saga de banqueros y de una pasión transversal: el arte.

Este es el significado del arte, un relato de la vida y de la dificultad de viajar por ella. Repsol lo cuenta a través de las 41 obras que tiene prestadas en el Macba compradas entre 2001 y 2013, Banco Sabadell aporta al relato 6.000 obras expuestas en sus oficinas y despachos y el Museo Patio Herreriano de Valladolid propone una lectura nueva de la que quizá sea la gran colección corporativa secreta de España. Desde 1987 cerca de una quincena de grandes empresas (Inditex, Accenture, Vega Sicilia, ACS…) han cedido 1.137 obras de sus colecciones particulares a la institución vallisoletana. Están reunidas en la Asociación Colección Arte Contemporáneo. “Son unos fondos fantásticos para contar otras narrativas de la historia del arte en España, lejos del canon”, comenta Javier Hontoria, director del Patio Herreriano. La llegada de obras se paró en 2013. Pero queda, por ejemplo, una excelente colección de las vanguardias (1916-1956) españolas. Quedan 30.500 obras para contar la historia de un país que una vez atesoró con la ambición de un Imperio.

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