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Muere José Ángel Sánchez Asiaín, el primer banquero español moderno

José Ángel Sánchez Asiaín ha fallecido en Madrid a los 87 años

BBVA
José Ángel Sánchez Asiaín, en 2011, cuando presidía la Fundación Ayuda contra la Drogadicción (FAD), en un acto en Bilbao. EFE/LUIS TEJIDO

José Ángel Sánchez Asiaín, el primer banquero español moderno, el hombre que introdujo las tarjetas de crédito en España, la persona que revolucionó el sector con el lanzamiento de la primera opa cuando este vocablo era perfectamente desconocido, uno de los pioneros de los gabinetes de comunicación en las empresas, falleció el pasado 31 de diciembre en Madrid a los 87 años.

El ex presidente del BBVA nació en Baracaldo en una familia de comerciantes, y se licenció en Derecho en la Universidad de Deusto, donde comenzó como profesor al tiempo que empezaba a trabajar en el Banco de Bilbao. Luego obtuvo la cátedra de Hacienda Pública y Derecho Fiscal en la Universidad de Valladolid y se doctoró en Economía en la Universidad Central de Madrid. Trabajó también como secretario general técnico del Ministerio de Industria, que dejaría tras obtener la cátedra en la Universidad de Bilbao.

Asentado, de vuelta a casa, en la margen derecha del Nervión, aquel hombre no perdería el origen obrero de la margen izquierda de la que procedía mientras hacía una fulminante carrera bancaria en el viejo Banco de Bilbao. Entró en el servicio de estudios de la entidad en 1954, que luego potenciaría; pasó a director general y, rápidamente, a presidente tras ganarse el respeto de las familias de Neguri, dominantes del consejo de la entidad, entonces la cuarta de España.

Como máximo responsable de la entidad vasca, revolucionó el conservador consejo de administración de la entidad con la introducción de las tarjetas de crédito y de débito. Pocos entendían en aquel órgano, repleto de notables apellidos de la burguesía vizcaína, que pudiera pagar y hacer operaciones con aquellas fichas de plástico. “Usted está loco, Asiaín”, escuchó de alguno de sus miembros. Pero lo sacó adelante con su apoyo mayoritario y dejó a los incrédulos con dos palmos cuando se demostró que el plástico también tenía porvenir en España.

"Tenía visión de futuro"

“Tenía visión de futuro y las cualidades de los viejos administradores”, resume un antiguo colaborador, que recuerda que impulsó el primer gran servicio de estudios de un banco, en donde puso en marcha el anuario económico, y en encargar un edificio moderno para la sede madrileña del banco al arquitecto Sainz de Oiza en la ampliación de la capital en Azca. La inquietud por adelantarse al futuro le hizo ver antes que a los demás la deriva que tomaría el sector bancario. Ya en 1980 abogó ante la junta de accionistas del banco por la internacionalización de las economías y destacó “la escasa dimensión de la banca nacional para competir con organizaciones europeas que han procedido a procesos de asociación y de integración para aumentar su eficacia”.

Para Asiaín, que también resaltaba el elevado grado de bancarización de la economía española y el fuerte clima de competencia existente, la solución pasaba por la concentración. Y mantuvo el discurso varios años. El 27 de mayo de 1987, en su ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, manifestó que “los cambios profundos a los que se ve sometido el sistema financiero en la actualidad y el mantenimiento de esta tendencia para los próximos años darán lugar a una intensa reestructuración del sector, que se concretará en un proceso de fusiones y absorciones que darán paso a un sector mucho más concentrado e interdependiente que el actual".

No tardó mucho en hacerlo realidad. En noviembre de 1987 decidió lanzar una opa sobre Banesto, el mítico banco que se arrastraba regido por una trabada gerontocracia. La opa, la primera que popularizó este término hasta el punto de que ahora está admitido por la Real Academia de la Lengua, fue la impulsora del proceso de fusiones en el sistema financiero español. Pero fracasó sin remisión pese a contar con el apoyo del Gobierno socialista. La oferta de Asiaín se encontró con la recia oposición de un joven abogado del Estado llamado Mario Conde que había logrado encastillarse en la vieja fortaleza con el apoyo de los consejeros tradicionales.

Pese al fiasco de la opa, Asiaín quedó como el primero en ver el cambio de los tiempos y en intentar adaptarse a ellos, lo que sin duda le elevaba a la categoría de los heterodoxos españoles, en este caso del sector financiero, alineado en general con el conservadurismo más rancio. Aquella opa, junto a la guerra del pasivo que lanzó Emilio Botín (hijo) poco después, convulsionó el sistema financiero y abrió el camino a la modernización y al proceso de concentración que predicaba el banquero vasco.

La fusión con el Vizcaya

Asiaín se vio obligado a fijarse en la acera de enfrente de la Gran Vía bilbaína, donde se ubicaba el Banco de Vizcaya, el vecino banco rival en cuyo consejo se sentaban representantes de las mismas familias que en el Bilbao y hacia donde hacía tiempo le hubiera gustado mirar y que le miraran. La enemistad manifiesta y prendida durante años impedía una fusión que se veía lógica en el Banco de España. Asiaín y Pedro Toledo, presidente del Vizcaya, echaron pelillos a la ría y no tardaron en ponerse de acuerdo.

Aquella operación sustitutiva dio lugar al BBV y supuso una batalla campal entre bilbaos y vizcayas, que ganaron los primeros. El propio Asiaín, que compartió durante un tiempo la presidencia con Toledo, se retiró discretamente en 1990, dejando el cargo a Emilio Ybarra, perteneciente a las familias y hasta entonces su segundo.

Luego ya vendrían otras integraciones de la gran banca, incluida la del BBV con Argentaria en 1999, que también acabó en enfrentamiento entre las dos culturas que se habían aliado y acusaciones a los antiguos consejeros del BBV de tener pólizas en paraísos fiscales. El BBVA había comunicado al juez Garzón los resultados de una auditoría interna en Canal Trust Company, en Jersey, que determinó que hubo otra estructura de sociedades que manejaba fondos secretos procedentes del Banco de Bilbao. Aquello acabó con la salida de Ybarra de la copresidencia, que quedó solo para Francisco González.

Asiaín sufrió esta historia con dolor como presidente de honor de la entidad. Tanto él como Gervasio Collar (vicepresidente e hijo del que fuera presidente del mismo nombre) renunciaron en favor del banco a las pólizas por jubilación que tenían suscritas desde hacía años y que “tenía totalmente olvidadas”. Cuando a Asiaín se le preguntaba por González guardaba un elocuente silencio.

Desde que dejó el oficio de banquero, se dedicó al estudio, la investigación y la promoción de la I+D+i en la empresa desde la presidencia de la Fundación Cotec (la presidió de 1990 a 2012), además de otras funciones filantrópicas, como la lucha contra la drogadicción. Presidió la Fundación del Museo del Prado (1990-1993) y el Colegio Libre de Eméritos, que promovió para alargar la actividad y la remuneración de catedráticos ilustres. Fue presidente de honor de la Fundación BBVA y miembro de cuatro (Historia, Bellas Artes, Ciencias Morales y Ciencias Económico-Financieras) de las ocho de las reales academias existentes en España.

La financiación de la Guerra Civil

Devoto de Alicia en el país de las maravillas, del que coleccionó las primeras ediciones en todos los idiomas a que se tradujo, dedicó muchas horas a realizar una gran obra editorial, La financiación de la Guerra Civil española (Crítica), por la que recibió el Premio Nacional de Historia de España. El libro, resultado de 20 años de estudios y de más de 1.000 páginas, es “una sólida obra de investigación, bien estructurada, que abre nuevas líneas de estudio, aportando documentación inédita y que es producto de muchos años de trabajo”.

El libro es un espléndido relato en el que se detiene en los aspectos más importantes de las finanzas de ambos bandos en ese periodo, con capítulos que podrían ser libros independientes por sí mismos, como el que dedica al financiero balear Juan March. La obra ofrece una amplia y detallada visión de conjunto, que abarca desde los inicios del conflicto, la preparación de la sublevación y las primeras ayudas financieras y sus protagonistas hasta las finanzas de las dos zonas.

Poseedor, asimismo de varios reconocimientos (gran cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, la del infante Don Enrique de Portugal, orden del mérito de la república italiana, la de la estrella polar de Suecia, entre otras), el rey Juan Carlos, con el que mantenía una estrecha relación, le concedió el título de marqués de Asiaín en 2010 y el Gobierno vasco el Lan Onari, distinción que reconoce a los vascos que se hayan distinguido de modo extraordinario por alguna actividad.

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