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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Laboratorio de austeridad

Las políticas de 'austeridad expansiva' han contribuido a desgastar la idea de Europa

Joaquín Estefanía

Grecia equivale a poco más del 2% de la economía europea. Escaso peso para explicar por qué la crisis padecida en el último lustro ha desgastado tanto, al mismo tiempo, la idea de Europa que tenían sus padres fundadores. Con motivo de las elecciones se han realizado los análisis pertinentes sobre el corto Gobierno de Alexis Tsipras —una anomalía en el bipartidismo histórico de ese país—, pero pocos sobre la actuación de la UE y el FMI, en sus dos formatos de troika y cuarteto.

Tres rescates después, por valor de más de 300.000 millones de euros, la situación es la siguiente: caída del PIB del 25% en cinco años, un paro que supera el 25% de la población activa y el 60% de los jóvenes; reducción media de las pensiones del 48% y del empleo del sector público del 30%; disminución del gasto familiar superior al 30% y una economía sumergida cercana al 35% del total; y una deuda pública del 180% del PIB, a la que el FMI pronostica un incremento de 20 puntos más a corto plazo. Este es el resumen de las políticas de “austeridad expansiva” implantadas desde Bruselas y hegemonizadas por la “ideología alemana”.

El desgaste del ideal europeo llega porque se ha fallado a los ciudadanos en los objetivos de crear prosperidad y empleo. Los helenos no responsabilizan de ello solo al actual Gobierno y a los anteriores, sino a la política económica impuesta desde las instituciones y los líderes comunitarios. Esos ciudadanos se han sentido cobayas del principal laboratorio europeo de la austeridad expansiva, ese atroz invento, desde 2010. Tales medidas no han frenado la decadencia sino todo lo contrario. Y han aumentado la deuda hasta extremos impagables, so pena de que se pretendan dedicar a su cumplimiento porcentajes superiores a los de capítulos presupuestarios como la educación y la sanidad pública.

Tsipras fue nombrado presidente en enero pasado para acabar con esa tendencia. Seis meses después fue confirmado en el referéndum que convocó para decir “no” a las condiciones impuestas por los acreedores. Sin embargo, se le obligó a aceptar unas condiciones más duras —corralito mediante— que aquellas a las que el 60% de los votantes se habían opuesto. Lo que está en juego en última instancia es cómo se gestiona la tensión entre una democracia nacional y la pertenencia a un club supranacional como es la eurozona, y la tremenda sospecha de que lo ocurrido corrobora la tesis de que da igual quien gobierne, dado que la política económica va a ser la misma. Por eso, la campaña electoral ha sido apática y descorazonadora.

El nuevo Gobierno deberá dejar de fingir que con el último rescate se ha resuelto el problema, aplicar inmediatamente una reforma de las pensiones y nuevas medidas de privatización, y evitar que la ciudadanía tenga la sensación de que cada vez que Europa se enfrenta a un problema serio (Grecia, Ucrania, Oriente Próximo, las emigraciones o los refugiados) da síntomas de manifiesta ineficacia.

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