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Draghi cambia el paso de la política europea

El plan combina reformas en París y Roma con estímulos en Fráncfort, Bruselas y Berlín. Los expertos creen que es imprescindible un pacto político para que funcione

El presidente del BCE, Mario Draghi, tras la reunión del Consejo de la institución.
El presidente del BCE, Mario Draghi, tras la reunión del Consejo de la institución. REUTERS

La vigente etapa de la crisis es una variante del drama anterior: las repercusiones del huracán financiero y la crisis del euro resuenan hoy con nuevos ecos en Europa. Cuatro años después de enterrar a Keynes y activar una especie de experimento económico, político y social basado en la “consolidación fiscal expansiva” y las “reformas favorables al crecimiento” —en palabras del ministro alemán Wolfgang Schäuble—, la expansión y el crecimiento siguen desaparecidos. La salida de la crisis que se vislumbraba hace meses era una ilusión. Europa sigue empachada de deudas pese a los recortes, la banca arrastra los pies a pesar de haberse tragado millones de euros, y la eurozona se enfrenta a una década perdida a la japonesa (en el mejor de los casos) con una tercera recesión en ciernes, la deflación al acecho, el paro en niveles insoportables y el hartazgo social, en fin, en cotas himalayescas. Nunca hubo un solo mea culpa por el diagnóstico equivocado (la madre de todos los problemas era la indisciplina fiscal, según el relato moral de las élites). Ni por la posterior sucesión de errores. Pero muchos indicadores están igual o peor que cuando arrancó la crisis, empezando por la renta per cápita, el desempleo y la deuda. Y en esas llegó Mario Draghi: el hombre mejor informado acerca de lo que viene a continuación en la eurozona es la primera gran figura que dice que hay que cambiar el paso.

El presidente del BCE cree que el problema ahora es la débil demanda

El jefe del BCE pronunció un discurso audaz hace unos días en EE UU, y ha pasado a la acción esta semana con las compras de activos privados. Ese es un indicio de lo mal que están las cosas. Pero también de que el viento cambia: el BCE tiene un plan. Hay un guion, un proyecto, una idea distinta germinando. Una nueva orientación que, según las fuentes consultadas en las instituciones y entre un destacado ramillete de expertos, puede funcionar.

Frente a las políticas de oferta ensayadas desde 2010 —reformas estructurales más austeridad—, Draghi admite ahora que Europa se enfrenta a un problema de demanda. Sigue reclamando reformas, pero avisa de que la política monetaria puede hacer más (y solo le queda una bala, la compra masiva de deuda) y exige que vuelvan la política fiscal y las inversiones: Keynes redivivo, con un toque de posmodernidad. Hay muchas formas de calificar lo que sucede en Europa: los expertos hablan de una trampa de liquidez, de una recesión de balance, de una deflación de deuda, de un estancamiento secular. El Nobel Joe Stiglitz lo dice más claro: “Una depresión”. El economista Brad DeLong es aún más osado: “Una Gran Depresión”. Draghi desoía esas trompetas de Jericó y llevaba meses hablando de recuperación, a la que iba calificando en función del viento. “De enero a marzo era una reactivación lenta. En junio era más débil de lo previsto. Moderada y desigual en agosto. Y en septiembre hemos visto lo que hay: crecimiento cero, inflación cero. Y una multitud de dogmáticos en todo ese tiempo clamando por políticas de oferta cuando estamos ante un problema de enorme de demanda. Draghi ha sido un irresponsable, pero al menos ahora reconoce su error: esperemos que no sea demasiado tarde”, apunta Paul de Grauwe, de la London School.

Ken Rogoff, de Harvard, asegura que el activismo del BCE “es necesario”, pero aun así la política monetaria ya no es más que “un puente que debe permitir llegar a algo más ambicioso”. “Francia, Italia y en general Europa siguen necesitando reformas para mejorar su potencial. A la corta eso supone recesión y paro: Alemania debe moverse y permitir una expansión fiscal e inversiones. Si los líderes nacionales y europeos fallan y no siguen el Plan Draghi al pie de la letra se enfrentan a un futuro a la japonesa, o a un regreso a 2010: una crisis económica y política de difícil solución”, afirma. Barry Eichengreen, de Berkeley, añade que el problema es que lo que necesita imperiosamente Europa “difiere siempre de lo que la política alemana es capaz de aceptar”. “Los planes de Draghi van bien dirigidos, pero requieren un amplio acuerdo político. Y Europa aún tiene que demostrar que es capaz de lograrlo”.

Francia e Italia piden suavizar las metas fiscales y elevar la inversión

Francia e Italia reclaman que se suavicen las metas fiscales y que se active un plan de inversión europeo para hacer las reformas. Alemania quiere que la secuencia se invierta: primero las reformas —el palo— y luego la zanahoria. “Es lógico que Berlín desconfíe de París y Roma por sus promesas mil veces incumplidas, pero también que Roma y París recelen: hubo reformas en España, Irlanda o Grecia y seguimos sin ver la zanahoria. El problema más grave es esa gran desconfianza, que se manifiesta en la fractura Norte-Sur”, explican fuentes europeas.

No hay mucho espacio para el optimismo en Europa. “La situación está peor que en 2007”, brama Charles Wyplosz, del Graduate Institute. “Las deudas son más altas, los bancos igual de débiles, el paro más crónico, la fe en la resistencia de la UE es menor”, admite un exconsejero del BCE. “El tono lóbrego de los datos es deprimente, pero lógico porque esa combinación de tipos de interés en el 0% y austeridad impide la recuperación. Tras un lustro de miserias, ahora Draghi hace ese descubrimiento de que falta demanda. Espero que con eso se acaben los dogmas”, critica Wyplosz.

Los expertos coinciden en que es urgente un pacto político de altos vuelos para ayudar a Draghi. André Sapir, de Bruegel, insiste en que “hay que aprobar reformas en París y Roma, porque eso suavizará a Berlín, y hay que convencer a Berlín de la necesidad de estímulos inmediatos, porque eso hará más fácil de tragar la píldora más allá del Rin”. Wolfgang Münchau, director de Eurointelligence, dice que el giro de Draghi “es lo más importante que ha sucedido en Europa en mucho tiempo”. “El BCE está a un paso de las compras de activos a la americana (el denominado QE) y por primera vez dice que hacen falta estímulos además de reformas. El escenario más factible es un pequeño plan de inversión europeo, una flexibilización suave de los objetivos de déficit —en los confines de los tratados, no más allá— y un QE limitado, además de las reformas, posibles en Italia y más difíciles en Francia”. “La cuestión es cuánto tiempo aceptarán los europeos errores políticos tan monumentales como hasta ahora”.

El BCE empezará a inyectar liquidez en la banca en unos días, y en octubre pondrá en marcha las compras de bonos privados; es posible que el QE llegue en 2015 si la economía sigue marchitándose. En noviembre se conocerán los exámenes a la banca (“deben ser mucho más duros de lo que espera el mercado: si las entidades logran levantar capital el crédito mejorará”, según Rogoff). Y en la arena política, Draghi juega a tres bandas: París y Roma deben convertir sus promesas en reformas, “o de lo contrario dejarán al BCE solo ante Berlín”, añade Tito Boeri, de Bocconi. Los Veintiocho tienen previsto celebrar una cumbre sobre crecimiento y empleo en octubre; la Comisión dará a conocer ahí su plan de inversiones. Y en medio de todo ese tinglado, “seguirá una lluvia fina de datos que en el mejor de los casos confirmarán el estancamiento de una economía que renquea”, pronostica Alfredo Pastor, del Iese.

La política europea es el resultado de todo ese jaleo, pero también una tenaz batalla de ideas. Una parte del espectro ideológico va ganando desde 2010 con recetas que hablan alemán. La otra se rearma ahora por los pésimos resultados, que afectan incluso a Alemania, con la inesperada ayuda de Draghi. Europa debe encontrar un punto de encuentro entre esas dos concepciones. Y el lenguaje puede ofrecer alguna pista: el vocablo alemán para “deuda” posee la misma raíz que la voz que se usa para expresar “culpa” (schuld), pero el término italiano que indica la idea de “creencia” o confianza constituye a su vez la raíz del sustantivo “crédito” (credere). Curiosamente, un italiano que vive en Fráncfort es quien puede armonizar las dos visiones. Su nombre es Mario Draghi.

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