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TRIBUNA i

Una emergente "clase creativa" ocupa los espacios urbanos sin uso

El fenómeno, institucionalizado en países como Holanda, irrumpe con

fuerza en Madrid

Campo de la Cebada (Madrid).
Campo de la Cebada (Madrid).

La crisis ha dejado en nuestras ciudades verdaderos “agujeros”, lugares para los que inversiones y proyectos ambiciosos han quedado en suspenso, o directamente olvidados en un cajón. Estos vacíos se han convertido en el campo de pruebas ideal para que una emergente “clase creativa” ensaye nuevos modos de producir cultura y ciudad. Algo que no es sorprendente, pero sí debe ser motivo de reflexión. Precisamente ese fue el objeto del debate que con el título “Holanda en Madrid: arte y regeneración urbana” se celebró el pasado dos de octubre en Madrid.

El evento, organizado por el grupo de investigación NuTAC de la UPM con el apoyo de la Embajada de los Países Bajos y Medialab-Prado, ofreció algunas conclusiones relevantes. Entre otras, que lo que en Madrid es novedad y frescura, en Holanda es tradición ya en gran parte institucionalizada.

Así lo confirman ejemplos como el muelle NDSM de Ámsterdam, gran vacío ocupado desde los años 90 por artistas y creadores de diversas disciplinas que, guiados por la filosofía del “háztelo tú mismo” y con una gran capacidad de organización, han aceptado el interés de las administraciones por capitalizar el proceso, impulsando planes que consolidan el lugar como polo de creación cultural.

En Róterdam, las antiguas zonas portuarias abandonadas se convirtieron ya desde los años 70 en campo de cultivo para una industria cultural que hoy se considera estratégica para el despegue económico de la ciudad, como relata Patrizia van Ulzen en su libro Imagine a Metropolis. Los rebeldes de entonces ocupan hoy sillones de dirección en empresas y departamentos municipales, son el nuevo establishment.

El potencial de los vacíos en Holanda parece inagotable, y su uso más o menos temporal por parte de la industria creativa se ha convertido en una cuestión de estado. La instalación Vacant NL en el pabellón holandés de la Bienal de Venecia de 2010 fue una muestra significativa de ello: los edificios públicos en desuso se reclamaban precisamente por ese potencial para generar nuevos valores, no sólo económicos.

La comisaria del proyecto y actual directora artística del Bureau Europa de Maastricht, Saskia van Stein, presentó en Madrid un panorama en el que artistas, arquitectos y emprendedores culturales trabajan casi desde el inicio en el entramado institucional, o en el que las propias instituciones adoptan modelos inspirados en el trabajo participativo y en la ocupación temporal de vacíos urbanos, como en el llamado Sphinxpark de Maastricht.

Frente al proverbial pragmatismo de los holandeses y a su capacidad para hacer que el sistema digiera cualquier acto de rebeldía, Madrid presenta un escenario de aparente polarización. La división del enorme edificio de la antigua Tabacalera, en el que un espacio expositivo institucional y un centro cultural autogestionado funcionan de modo completamente separado, ignorándose mutuamente, representa perfectamente esta dicotomía.

El gran contenedor, transformado desde 2009, cuando se aparcó el ambicioso proyecto original para el Centro Nacional de Artes Visuales, admite esta y otras compartimentaciones, pero desde la perspectiva holandesa no deja de ser llamativa la falta de convergencia entre iniciativas institucionales y ciudadanas.

Mayor cercanía al sistema manifiesta el caso del multipremiado Campo de Cebada, el “agujero” más literal dejado por la crisis en el centro de la ciudad. Allí se proyectan gran parte de las esperanzas de una joven élite cultural urbana, con los colectivos de arquitectos en primera fila: participación ciudadana, pluralismo asambleario, reciclaje y estética low cost definen una ocupación temporal que se reclama como germen de un urbanismo alternativo, en el que las transformaciones se promueven “desde abajo”.

Las instituciones son admitidas como una pieza más, pero su papel es como poco secundario, marcado por la expectativa de atraer las inversiones necesarias para ejecutar el gran centro comercial proyectado para el lugar. El mismo aroma de experimento en tiempo de crisis se encuentra en La Neomudéjar, la nave en las cercanías de Atocha propiedad de Adif, ocupada y transformada en un nuevo centro de arte por sus propios gestores-artistas.

Estos y otros casos confirman que en Madrid las instituciones no pasan de un distanciado “dejar hacer” en los espacios y edificios sin uso, probablemente a la espera del regreso de las grandes inversiones. Entender que estos lugares en transformación pueden ser los semilleros de la futura industria creativa madrileña, generadores de valores sociales, culturales y económicos a largo plazo, permitiría a nuestras instituciones públicas -las únicas que legítimamente representan el interés general- trazar una estrategia que nos acercase a la tan anhelada “sociedad del conocimiento”, objetivo en el que compite entre otras con las ciudades holandesas.

Nuestros pequeños fragmentos de Holanda en Madrid podrían así constituirse en motores de un giro más general, asimilados como modelos extrapolables a otros lugares. A cambio acusarían la consabida pérdida de intensidad y frescura que afecta a toda rebeldía domesticada, digamos, a la holandesa. La alternativa, por lo demás, es clara: seguir considerándolos una simple excepción es probablemente el primer paso para que estos ensayos sean barridos por una nueva ola de crecimiento económico que, por lo demás, parece aún lejana en el horizonte.

Sergio Martín Blas es doctor arquitecto, profesor de la ETSA de la Universidad Politécnica de Madrid y miembro el grupo de investigación NuTAC.

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