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OPINIÓN

La erosión de las clases medias

La crisis está cambiando las pautas de consumo hacia productos más asequibles

Una de las secuelas más graves que va a dejar la crisis actual en la mayoría de países desarrollados, y en particular, en aquellos que están sufriendo los ajustes que conllevan la condición de rescatados o en vías de serlo, es la lenta, pero inexorable, erosión del estatus económico de las clases medias. Se piensa en Grecia, Portugal o Irlanda cuando se trata de ejemplificar hasta qué punto esta erosión ha roto ya algunas de las líneas de soporte de sus sistemas de bienestar. También se empieza a pensar en países como España e Italia, en los que los recortes públicos amenazan con rebasar algunos de los umbrales incuestionables hasta hace bien poco. Cómo no dirigir la mirada hacia los parados estadounidenses, que afrontan dificultades raramente vistas en esa economía para volver al trabajo tras los escasos meses en los que disponen de una prestación por desempleo. O en los parados de muchas otras economías europeas apenas afectadas por la crisis soberana, pero integrantes de unos sistemas de bienestar que también están soportando una gran tensión. Cuando la crisis entre en su recta final, serán muy pocos los países que puedan exhibir el haber mantenido los estándares de vida que su población tenía antes de 2008.

Lejos quedan las visiones de empobrecimiento observadas en EE UU durante la Gran Depresión, a pesar de lo a menudo que se evocan paralelismos entre numerosos indicadores económicos actuales con los de entonces. Afortunadamente. Lo que sí resulta incuestionable es que la combinación de unos años, los próximos, de crecimiento reducido y desempleo elevado va a derivar en una alteración estructural de las pautas de comportamiento y gasto de los hogares.

Cuando se acerca la lupa a según qué países, segmentos de la población, profesiones o niveles educativos, no dejan de atisbarse, en el seno de un nivel general que logra sortear, no sin dificultades, la crisis, realidades preocupantes en un segmento cada vez mayor de hogares. Basta con leer los informes de las ONG volcadas en la atención a los menos favorecidos para confirmar que las tasas de carencia o desposesión material se han más que duplicado a lo largo de la crisis, aumentando, especialmente, entre los hogares que nutrieron las clases medias en la época de bonanza.

Occidente debe su prosperidad a muchos factores, y entre ellos, a la generalización de una clase media. La severidad con la que la crisis está golpeando a los segmentos más sensibles de la población no puede ser ignorada: todos los agentes económicos están resultando impactados. El sector público recauda menos impuestos y debe afrontar más casos de necesidad, y las empresas ven cómo su demanda se reduce y se producen cambios espectaculares en la reorientación de las pautas de consumo de los hogares hacia gamas de productos más asequibles y nuevos canales de distribución comercial.

Los patrones de consumo, movilidad laboral, relacionales, incluso, están en fase de cambio. Un fenómeno a seguir de cerca. Sus implicaciones sociales y económicas pueden ser abrumadoras y, bien entrado el siglo XXI, también pueden sorprendernos.

Sara Baliña y José A. Herce son profesores de la Escuela de Finanzas Aplicadas AFI.