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Reportaje:MOGADISCIO

Viaje a la capital del caos

Al aterrizar en Mogadiscio, el visitante debe rellenar un formulario. Nombre, nacionalidad, motivo de la visita y... ¡tipo de arma que lleva! Marca, calibre y número de serie. Si no traes ninguna, te miran con cara de extrañeza. Así se entra en Somalia. Un país que lleva 20 años hundido en la anarquía. Ahora sufre la peor crisis humanitaria en lo que llevamos de siglo. Hambrunas. Sequía. Balas. Casi dos millones de desplazados, dentro y fuera del país. Entramos en el territorio de los señores de la guerra en el Cuerno de África.

Bienvenidos a Mogadiscio", dice con voz metálica la azafata. Nadie sonríe en el avión. Casi todo el mundo suspira y mira por la ventanilla los restos de un gigantesco Ilhusin, un avión de carga alcanzado por un lanzagranadas hace unos años y que ahí sigue, varado al final de la pista, dando la bienvenida al viajero. Todos los pasajeros sabemos que esta ciudad no tiene nada de acogedora. Que no es ni amable ni hospitalaria, sino más bien todo lo contrario. Si Somalia es el paradigma de la anarquía, Mogadiscio es la capital del caos, porque aquí la vida no vale nada, y se mata por muy poco. Y porque aquí, mientras muchos se mueren de hambre, otros no paran de comprar balas.

"Poneros los chalecos antibalas y el casco, que salimos del aeropuerto", nos dice nuestro contacto. Se llama Bashir Yussuf, tiene 40 años, pero aparenta muchos menos. Viene con una escolta de 14 hombres armados hasta los dientes porque, según él, es la única forma de garantizar nuestra seguridad. Es la primera vez que acepto la lógica de la protección armada para poder trabajar. Estaremos siempre escoltados. Nuestros movimientos serán limitados. Nuestro contacto con la gente, escaso. No podremos parar cuando queramos, ni ir donde nos apetezca. Esas son las reglas. Bashir asegura que él no es un señor de la guerra, sino solo un hombre de negocios. Un tipo bien conectado que se dedica a meter periodistas y cooperantes en la ciudad más peligrosa del mundo y que ha hecho de ello su modo de vida: "No me voy a ir a limpiar váteres a Europa", me dice altanero.

El 25% de la ayuda humanitaria cae en manos de los señores de la guerra, que después trafican con ella

La fidelidad está aquí con el clan, no con el estado. El bucle violento ha funcionado durante siglos

Un guardia ha quitado el seguro de su 'kaláshnikov'. Puede que dispare. puede que no. lo mejor es largarse

La comunidad internacional se ha gastado en Somalia casi 40.000 millones de euros en 20 años. En ese tiempo ha habido 14 procesos de paz fallidos y 15 Ejecutivos interinos. Ahora, un nuevo Gobierno de transición apoyado por las Naciones Unidas y construido según un inestable acuerdo entre clanes, subclanes y sub-subclanes, intenta enderezar el país. O al menos Mogadiscio, que es el único territorio que controla realmente el Gobierno. Somalia sigue siendo, según Transparency International, el país más corrupto del mundo, un lugar en el que el 25% de la ayuda humanitaria cae en manos de los señores de la guerra, que después trafican con ella. En cualquier calle se pueden ver fardos de comida de las distintas cooperaciones que son revendidos a precios desorbitados. Sin embargo, el Gobierno sigue sin hacer nada al respecto. Siguen creyendo que la corrupción es un vicio moral y no un delito.

"Lo siento, las ventanillas subidas. Vuestro problema es la piel. No quiero que se vea que hay dos blancos en el coche. Cualquiera puede avisar por teléfono y nos montan una emboscada en cinco minutos", nos alecciona Bashir en el aparcamiento. Antes de salir del aeropuerto hay que esperar a que un soldado retire con una excavadora la enorme barrera de hormigón que impide la entrada de coches suicidas. Este lugar es uno de los objetivos preferidos de los islamistas de Al Shabab, la rama de Al Qaeda en el Cuerno de África. Y cuando salimos de ese recinto amurallado es cuando percibimos el Mogadiscio real: no hay ni un solo edificio que no haya sido alcanzado por las dentelladas de la guerra. Todo está destruido y diezmado. La ciudad transpira hostilidad. Nos movemos a velocidades de vértigo por unas calles que se convierten, de repente, en ratoneras. No hay un solo edificio que no haya sido reventado o esté lleno de muescas de metralla, pero a diferencia de Grozni, Sarajevo o Gaza, estas son resultado de 20 años seguidos de nihilismo.

ESTADO COLAPSADO

Somalia tiene todos los epítetos que definen a un Estado fallido: es refugio de piratas, paraíso de yihadistas, paradigma de la corrupción, negocio para los traficantes de armas, ejemplo de desgobierno, modelo de guerra eterna... Si le sumamos la sequía y el hambre, Somalia es más bien un Estado colapsado. Llegar por fin al hotel es respirar tranquilo y preguntarse: ¿por qué le han puesto de nombre de hotel Paz? ¿Por qué considerarnos seguros aquí dentro? ¿Por las barricadas de arena que impiden la intrusión de un coche bomba? ¿Por las torretas de vigilancia que controlan a quien se acerca a menos de 50 metros? ¿Por las alambradas de espino que impiden los asaltos e intentos de secuestro? ¿Por qué le llaman Paz, cuando la dirección ofrece chalecos y cascos para los clientes que tienen que salir a hacer alguna gestión?

"Todo el mundo dice que Mogadiscio es el lugar más peligroso del mundo, pero me niego a creerlo", me insiste vehemente el alcalde Ahmed Nur Mohamed. "Si comparamos las estadísticas, Bagdad es más peligroso. Nuestra media de muertos diarios es mucho menor. Lo que pasa es que las grandes potencias tienen muchos intereses en Bagdad y en Kabul, pero nadie tiene interés en venir a Mogadiscio". El señor Nur, de mirada profunda y discurso directo, ha pasado casi toda su vida en Londres. Llegó a presentarse a concejal por el barrio de Camden con el partido laborista. No salió elegido y poco después le llamaron para ofrecerle la alcaldía. Desde entonces le han puesto una bomba en el coche y se ha librado de otro par de intentos de atentado. "Cuando acepté el puesto sabía que era un trabajo peligroso, porque me convertía en objetivo prioritario de los islamistas de Al Shabab, pero asumí el riesgo", me dice con tranquilidad. El primer edil de Mogadiscio no se preocupa por los baches en las calles o el alumbrado de las aceras. Todavía no. En una ciudad devastada y cantonalizada por clanes y milicias, Nur intenta poner un cierto orden y convencer a los paramilitares de que el Estado debe tener el monopolio de la fuerza. "Los señores de la guerra y todas esas milicias armadas son una bomba de relojería", avisa.

Cuando volvemos a los coches me fijo en nuestra escolta. ¿Por qué le llamo escolta? ¿No es también un pequeño ejército privado, una milicia? Me quedo mirándolos y pensando si no hemos entrado nosotros también en el negocio de los mercenarios, de los ejércitos de alquiler. De acuerdo, es la única manera de retratar Mogadiscio. Se muestran profesionales, hasta educados y no han amenazado a nadie, ¿pero no somos nosotros también parte del gran juego de la guerra?

LOS SEÑORES DE LA GUERRA

Dice un proverbio somalí: "Yo y mi clan contra el mundo. Yo y mi familia contra el clan. Yo y mi hermano contra mi familia. Yo contra mi hermano...". Este bucle violento ha funcionado aquí durante siglos. Antes con lanzas, ahora con Kaláshnikov. Desde que cayó el dictador Mohamed Siad Barre, en 1991, Somalia ha sido un país solo en los mapas. Se convirtió en el Estado hobbesiano perfecto devorado por señores de la guerra, milicias incontroladas, mercenarios sin escrúpulos y militantes de Al Qaeda.

"Yo ahora soy el consejero de Seguridad Nacional del presidente, así que no puedo ser un señor de la guerra. Los señores de la guerra se peleaban por controlar el mercado de Bakara, el aeropuerto o el puerto. Querían poder y dinero. Yo no soy así. No necesito poder porque ya estoy en el poder como líder espiritual. La gente me besa la mano, lo has visto. No me dan la mano, me la besan. ¿Qué más necesito?". Abdulkhadir Moallin Noor es conocido como El Califa y es el líder de la milicia Ahlu Sunna Wa' Jamma, la única que le ha podido plantar cara a los islamistas de Al Shabab. Alto, de buenos modales, educado en Londres, Abdulkhadir no responde al perfil clásico de un warlord. Ahora trabaja para el Gobierno de transición e intenta legitimarse ante la sociedad limpiando su historial sangriento con un nuevo perfil político. "En Pakistán y Afganistán tienen un nombre, talibanes. Aquí se hacen llamar Al Shabab, pero todos vienen del mismo sitio: Al Qaeda. Tienen diferentes nombres, pero la ideología es la misma", insiste El Califa.

Su ejército privado está formado por milicianos sufíes, una corriente del islam tolerante y pacifista. Los islamistas radicales, que los consideran una herejía, iniciaron una campaña de asesinatos y profanaciones de tumbas. Los sufíes, liderados por Abdulhadir, se armaron e hicieron frente con notable éxito a Al Shabab, conquistándoles incluso algunos territorios. ¿Dónde están ahora los milicianos de El Califa?: "Se los he transferido al Gobierno, que paga sus nóminas y les compra sus armas. Ya no reciben ordenes mías". Escuchando la rotundidad con la que habla Abdulkhadir y viéndole escribir mensajes en su iPad, es difícil no caer seducido por su discurso de la convivencia. Pero la realidad es que El Califa sigue controlando las lealtades de todos sus hombres, que a una orden suya se volverían contra el Gobierno. Como ha pasado siempre en Somalia, donde la fidelidad está con el clan y no con el Estado. El Califa sigue controlando a todos esos paramilitares y, como otros señores de la guerra, lucha por controlar su territorio, cobrar impuestos y redistribuir la ayuda humanitaria.

MUERTOS DE HAMBRE

Mogadiscio se ha convertido también en un inmenso campo de refugiados, a los que se les llama eufemísticamente desplazados internos. La sequía bíblica que asola el Cuerno de África y el auge de los precios de los alimentos básicos provocados por los especuladores internacionales han provocado el éxodo, dentro y fuera del país, de casi dos millones de somalíes. "¿Que si tenemos hambre? Todos los días. Ni siquiera puedo alimentar a mis niños. Esto es un infierno", me dice Farhiya Abdala, con 36 años y seis hijos. La guerra llamó a su puerta hace unas semanas, en su aldea a 15 kilómetros de Mogadiscio, y desde entonces malvive en el campo de refugiados de Sayidka. Un mortero cayó cerca de su casa y le dejó varias cicatrices en la muñeca y algunos trozos de metralla en la cabeza. Hace calor en su pequeña tienda de plástico. Huele a orín y a humo. Y todo está lleno de moscas. Farhiya tenía un pequeño negocio de tatuajes de henna en un puesto callejero. "Ahora soy una refugiada sin casa", se lamenta.

Pese a que la escolta armada no se separa de nosotros y ejerce una cierta intimidación a los que nos rodean, conseguimos dar un pequeño paseo por este mar de plástico. Hablamos con panaderos, lavanderas e ingenieros. La condición de refugiado altera cualquier orden social y despoja al que la adquiere de su identidad anterior. Te conviertes en un número, vives en una tienda y haces cola como todo el mundo. Da igual quién seas o el dinero que tuvieras. Solo tienes derecho a una ración. No hay muchos occidentales por aquí. Más bien ninguno. Las ONG que trabajan en la zona hace años que lo hacen con empleados locales supervisados desde Nairobi. La inseguridad es muy alta; el secuestro de cooperantes, un lucrativo negocio. Las autoridades suelen cribar los campos. Creen que aquí también se infiltran muchos islamistas que luego pueden atacar desde el mismo corazón de la ciudad. Estamos en un campamento de refugiados, pero Bashir nos recuerda que las reglas son las reglas: no quedarse quieto mucho rato en el mismo sitio, no hablar con cualquiera, evacuar rápido a la primera orden. Y los guardaespaldas nos sacan prácticamente a empellones cuando se percatan de que un guardia ha quitado el seguro de su Kaláshnikov para poner orden en una cola de refugiados. Puede que dispare, o puede que no, pero mejor irse.

Hay muchas organizaciones caritativas musulmanas de países limítrofes trabajando en la zona. La proximidad religiosa y el hecho de no ser occidentales les facilita el acceso. El doctor Mohamed Abdurrahman es miembro de la ONG sudanesa Fondo de Ayuda al Paciente: "La mayoría de estos niños están hambrientos, y todos los casos que tenemos aquí padecen malnutrición agravada con diarrea, que provoca deshidratación...". Estamos en la zona de pediatría del hospital Banaadir, el mayor de Mogadiscio. Aquí, en esta sala, uno cruza la invisible línea entre la realidad y lo intolerable. Una treintena de niños famélicos se debaten entre la vida y la muerte. El llanto del hambre es un sollozo constante y lánguido que te deja devastado. Es un gimoteo suplicante que taladra la conciencia. El lloro final de críos que han tenido la mala suerte de nacer, y a los que la vida se les escapa sin vivirla. Apenas un pellejo recubre sus huesos. La falta de tejido graso debajo de la piel les provoca hipotermias. Otros tienen hipoglucemia porque el hambre, qué paradoja, al final les quita las fuerzas y el apetito. "Todos los días se nos muere un niño. A veces, dos. Otros días, tres o cuatro. La mayoría vienen del interior del país y llegan demasiado tarde para salvarlos", me cuenta Abdurrahman mientras coloca una vía a una cría que le mira desde sus ojos vacíos.

La mayoría de estas familias provienen de territorios controlados por Al Shabab. Durante años, los islamistas prohibieron las vacunaciones porque aseguraban que eran parte de un complot occidental para matar a los críos somalíes. El resultado es que ahora, con la hambruna y la bajada de defensas, estos niños se mueren de hambre, de cólera, de sarampión o de diarrea... Un reciente informe de la ONG Enough Project asegura que el papel de Al Shabab con la hambruna va a ser recordado en el mundo musulmán como el de los Jemeres Rojos en Camboya. Su interpretación retorcida del islam y su negación de la crisis humanitaria han llevado a la muerte en masa de miles de personas, la mayoría niños. Somalia tiene la mayor tasa de mortalidad infantil del mundo en niños menores de cinco años. Se mueren 200 de cada 1.000.

SE BUSCA HOMBRE BOMBA

Hay en Mogadiscio una tremenda banalización de la violencia. Generaciones enteras de jóvenes han crecido y se han hecho mayores con un Kaláshnikov como juguete. Para ellos, términos como justicia o estado de derecho son conceptos abstractos. Viven en un estado de guerra permanente de todos contra todos... Y es en la vieja catedral de Mogadiscio donde se pueden percibir todas esas malas vibraciones de este nuevo barbarismo. La que en su día fue una de las joyas arquitectónicas de la ciudad es hoy una escombrera llena de cascotes y excrementos. Aquí fue asesinado de un tiro en la cabeza, en el mismo claustro, el obispo de Mogadiscio, el italiano Salvatore Colombo. Durante los años del caos, su cuerpo fue desenterrado y profanado para robarle los empastes de oro. No queda ni una sola estatua o figura en el vía crucis. El retablo ha sido fusilado a conciencia, hasta que la figura de Cristo quedó destrozada.

Para llegar a la catedral, nuestro chófer ha tenido que conducir de manera temeraria, evitando atascos o embotellamientos. Mogadiscio transmite una perturbadora sensación de peligro constante e invisible. De que nada es lo que parece. De que cualquier coche, cualquier furgoneta, puede ser lo último que veas en tu vida. Cien personas murieron recientemente en la principal rotonda de la ciudad por el estallido de un camión cargado de explosivos. En las entradas de los edificios oficiales hay carteles con fotos de militantes de Al Shabab que dicen: "Se busca a este hombre bomba". Por eso me quedo de piedra cuando entro en el despacho del ministro de Defensa de Somalia: "Te aseguro que Mogadiscio está al cien por cien bajo nuestro control. Puedes ir con libertad a cualquier lado. Disfrutar de sus vistas, de su gente, ir a nadar a la playa". Hussein Arab Isse vivía en Los Ángeles hasta hace unos meses. Allí tiene varios negocios y ha dejado, por el momento, a su familia. Le comento que ese no es el Mogadiscio que yo he percibido y le invito a que hagamos la entrevista en la calle. El ministro acepta, pero no pasa del aparcamiento del ministerio. Eso es para él la calle.

Hussein no tiene ni experiencia militar ni política, pero ha aceptado la cartera de defensa en un país que lleva 20 años en guerra y que se enfrenta a una poderosa milicia islamista. Sus soldados, mal pagados, mal formados, desertan a menudo, venden sus armas en el mercado negro o pasan información al enemigo. Muchos son antiguos milicianos cuya lealtad sigue estando con su señor de la guerra, y no con el Estado somalí. Algunos de esos warlords, autores de auténticos desmanes que cualquiera calificaría de crímenes de guerra, han sido nombrados comandantes o generales del nuevo ejército nacional. "Vale, tenemos a algunos antiguos señores de la guerra (...), pero hubo mucha gente que luchó por la liberación de Mogadiscio y que sacrificó mucho. Y esa gente merece ser escuchada". Antes de despedirnos le pedimos permiso para acudir al frente.

BOMBA EN EL HOTEL PAZ

El general Dhagabadam es el segundo jefe de Estado Mayor del Ejército. "Los hemos expulsado, los hemos echado de aquí", me dice con cierto triunfalismo de los milicianos de Al Shabab. Lo cierto es que si estamos aquí, en los arrabales de Mogadiscio, es porque los islamistas han decidido retirarse del centro de la capital, no porque este general, educado en Cuba en los setenta, haya conquistado la zona. La mayor parte de las tropas que vemos son de Burundi y de Uganda, dos países de la Unión Africana que llevan años poniendo soldados sobre el terreno en esta guerra externalizada por Occidente. La comunidad internacional teme que Somalia se convierta en el nuevo refugio de Al Qaeda, pero, después de Irak y Afganistán, prefieren subcontratar la guerra a países de la zona para que ellos pongan los muertos.

"Los de Al Shabab están a unos 200 metros de nosotros, y como se les ocurra atacar, los freímos... Ahí enfrente no tendrán más de 150 hombres". El coronel Mohamed Saney es el comandante de la zona. Habla inglés porque recibió formación militar en Estados Unidos. Estamos en la última posición del frente controlada por el Gobierno de Mogadiscio. Unas empalizadas de tierra y hormigón nos separan de los islamistas. Me asomo por una de las troneras. Al otro lado, solo silencio y una extraña quietud. No hay movimiento. Tampoco se percibe vida. No se les ve, pero se les presiente. Las estimaciones más serias creen que Al Shabab tiene unos 10.000 efectivos, con los que controla prácticamente todo el país. Le digo al coronel que solo en Nueva York hay casi 40.000 policías. Y me dice: "Poco a poco".

Nos volvemos al hotel Paz para hacer las maletas. Mientras almorzamos, una poderosa explosión nos levanta de la silla y succiona el aire a nuestro alrededor. Un coche explota delante de la recepción. Un hombre muerto en el asiento del conductor. Metralla en el jardín. Vuelta al caos. Mogadiscio nos despide a su manera, con una bomba en el hotel. Pasados los primeros momentos de pánico, después de grabar la escena y percibir de nuevo, esta vez más cerca, esa presencia invisible y volátil del peligro de esta ciudad, el cocinero nos dice que la comida se va a enfriar. Que nos volvamos a sentar. Y nos sentamos. Y comemos. Y me acuerdo de los versos del poeta somalí Gamuute: "Nos movemos entre lo malo y lo peor".

El documental 'Los señores de la guerra' se emite en Canal + el próximo 17 de noviembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 2011