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Reportaje:HISTORIA

Cómo sobreviví a mi padre

Norman Ollestad fue un niño obligado a vivir al límite. Nos recibe en su casa de California para hablar de surf, aventuras y la complejidad de las relaciones paternofiliales.

Llamé a la puerta de Norman Ollestad en Venice Beach, California, pensando en mi padre. En lo difícil de nuestra relación y en cómo me hice jugador de rugby, pese a mis escasas condiciones naturales y mi inveterado miedo a que me hagan daño, solo para que se sintiera orgulloso de mí. Es lo que tiene leer a Norman Ollestad: es imposible hacerlo y no pensar en el padre de uno, y en todo lo que no le has dicho y en cuánto te ha marcado no solo por lo que has tratado de hacer para emularlo y conseguir su cariño, sino por lo que has hecho para evitar ser como él.

El extraordinario libro que ha convertido en una celebridad al escritor estadounidense, Pasión por el peligro (Salamandra), narra la historia de su propia relación con su progenitor. Claro que una historia mucho más tremenda que la de cualquiera de nosotros: su padre, deportista y aventurero, amante del riesgo y la adrenalina hasta la inconsciencia, y que forzaba a su hijo a practicar de manera extenuante el surf y el esquí, se mató en un accidente de avioneta del que Norman, que contaba 11 años, fue el único superviviente. El aparato, una Cessna 172, se estrelló el 19 de febrero de 1979 no muy lejos de aquí, de las playas californianas -aunque en la zona de Los Ángeles en realidad todo está lejos-, en las San Gabriel Mountains, unas agrestes montañas cubiertas de nieve en las que el joven Ollestad consiguió orientarse y sobrevivir tras el accidente. Lo hizo gracias a la preparación física a que le había sometido durante años su padre y a la autoexigencia y espíritu de superación y sacrificio que le inculcó.

Su obsesión por convertir a Norman, su hijo, en un gran deportista lo transformaba a veces en un padre temible

El piloto se metió en una tormenta. La avioneta daba bandazos. Nevaba. Se estrellaron en la ladera del pico Ontario

La época dorada de las playas de California estuvo llena de surf, marihuana, bohemia y cuerpos en libertad

"Ahora sobreprotegemos a los niños. Mi padre asumía riesgos, pero eran calculados y tenía confianza en mí"

Mi padre también me enseñó a convivir con el miedo y aceptarlo. Si huyes de él te encobtrará"

Norman Ollestad (Los Ángeles, 1967), que fue campeón de esquí y de surf, y sigue practicando ambos deportes, tenía una relación ambivalente con su padre: lo amaba como todos los niños y lo admiraba, pero mientras despertaba a la adolescencia, comenzaba a ver sus fisuras. Esa especie de Lermontov californiano y surfista que "iba en busca de huracanes y ventiscas para experimentar la dicha de cabalgar en olas formidables y esquiar sobre profundas laderas de nieve en polvo" (Crazy for the storms es el título original del libro) era un individuo de compleja personalidad. Además, su obsesión por convertirlo a él, a Norman, su hijo, en un gran deportista, por llevarlo hasta los límites mismos del peligro, lo transformaba a veces en un padre temible.

En su libro, un best seller en EE UU cuyos derechos ha adquirido Warner Bros para el cine, el escritor explica en paralelo la secuencia del accidente en el que se mataron no solo su padre, de 43 años, sino la novia de este y el piloto de la avioneta, y su vida antes y después de ese trágico episodio. Es una obra que radiografía de manera sobrecogedora la relación entre padres e hijos, llena de dureza y ternura, del afán de cariño y de la necesidad, a la vez, de escapar de él; un relato que contrapone la admiración y el ajuste de cuentas hasta llegar a ese equilibrio final hecho de aceptación que constituye el verdadero amor.

He recorrido medio mundo para que Ollestad me cuente su historia. El último tramo a pie. Desde Santa Mónica, donde acaba la Ruta 66 y el viejo muelle se adentra en el mar coronado por un nostálgico parque de atracciones digno de Ray Bradbury, he ido caminando por la playa hasta la pintoresca Venice, donde, por cierto, residió el autor de La feria de las tinieblas. Allí me he sentado para hacer tiempo junto a una caseta de salvamento salida de Los vigilantes de la playa y he observado a los surfistas cabalgando espuma bajo un cielo inmenso surcado por bandadas de pelícanos. Durante un rato he leído The wave, de Susan Casey, para ver si me ponía al día acerca de la mística de las olas, algo esencial cuando vas a entrevistar a un californiano que se pirra por el surf. El libro habla de las grandes olas, descritas como algo similar a que el entero océano Pacífico cayera sobre tu cabeza, y de los locos -los Delta Force de la plancha- que montan gigantes de agua de 30 metros de altura capaces de destripar un petrolero. Casi se me hace tarde y he tenido que correr a casa de Ollestad sorteando hippies viejísimos, pandilleros y patinadores, pasando por una surrealista rotonda adornada con una incongruente góndola azul.

El autor de Pasión por el peligro me espera con la puerta abierta. Viste pantalón corto y una camisa a rayas que difícilmente uno se pondría más allá de Malibú. Es un hombre de aspecto inacabado, como si parte de su niñez hubiera quedado congelada en su rostro y su cuerpo. Se mezclan en él juventud y la mirada de quien ha visto cosas que nadie debería ver. Es cordial y reservado. Chico Maravilla lo llamaba su padre, que de bebé ya lo llevaba colgado a las espaldas en un arnés cuando hacía surf. Accedemos a un pequeño jardín en el que se abre como una herida en la hierba una piscina alargada y en cuyo centro se alza una casita de madera. Me asomo, está vacía a excepción de un escritorio, una silla, un ordenador y cuatro libros. "Es donde escribo", dice Ollestad a mi espalda. Nos instalamos en una mesita en el jardín bajo un banano; a nuestros pies, un perro y un gato. Se respira un aire agradable con una nota de brisa marina. Pasa una avioneta y los dos nos quedamos mirándola.

Le interrogo acerca de cuánto hay de verdad en su libro. Cuando habla, gesticula de manera rara, como si hiciera taichi; tiene un fino vello rubio en el dorso de las manos. "El cien por ciento. No es una novela, pero, claro, es mi punto de vista y eso implica subjetividad". Explica que la estructura final surgió después de una primera versión en orden cronológico. "Quedé insatisfecho porque mi idea no era escribir sobre el accidente de aviación, sino acerca de la relación con mi padre. Aunque, por supuesto, el accidente es central. Quería mostrar lo que mi padre influyó en mí".

Pasión por el peligro se abre aquel aciago día de 1979 con el despegue del aeropuerto de Santa Mónica de la Cessna alquilada por el padre para viajar a las montañas Big Bear a fin de que su hijo recogiera un trofeo de esquí y entrenara. El chico, de metro y medio y 38 kilos, iba sentado junto al piloto; su padre, detrás, silbaba una melodía de Willie Nelson. El piloto se metió imprudentemente en una tormenta. La avioneta empezó a dar bandazos. Nevaba. Se estrellaron contra la ladera del pico Ontario a 2.650 metros de altitud. La avioneta se hizo pedazos. "El choque fue tremendo", rememora Ollestad. Le pregunto si la cicatriz de la barbilla es del accidente. "Sí", responde tocándose involuntariamente el mentón. "Le digo a mi hijo que me la hizo un tiburón del que me defendí con un cuchillo", bromea sin convicción. Parece que su padre trató de protegerlo en el momento final del impacto. "Eso creo. A veces me vuelve la imagen de que se echa sobre mí, como si tratara de cubrirme. No tengo una memoria clara del golpe. Luego él estaba así, caído hacia delante. No le vi la cara. No recuerdo. Estaba cerca, mirándolo. Pero no recuerdo sus heridas. Me dijeron que había muchas heridas".

La zona del accidente es el salvaje parque natural de Cucamonga. El niño Norman perdió el conocimiento después del accidente mientras pensaba confusamente: "Papá arreglará esto". Pero papá ya no estaba. Al recuperar la consciencia, vio la nariz cercenada del piloto en la nieve, cerca de su cara. Los sesos se desparramaban detrás del cráneo. La novia de su padre estaba aún viva, pero falleció poco después: el niño la cubrió con ramitas de pino dejando una abertura para los ojos. Sin dejarse llevar por el pánico, el dolor, la hipotermia y la pena, Norman Ollestad, con una mano rota, adoptó la actitud que le había enseñado su padre ante la adversidad -nunca hay que rendirse- y sus enseñanzas de supervivencia. "Me puse a buscar cosas que pudieran ayudarme entre los restos de la avioneta y me concentré en el terreno para ver cómo podía negociarlo, igual que al esquiar".

hablamos de la memoria. "Mi memoria geográfica es muy buena y dispara las otras, recordar los lugares me permite recordar lo que pasó". Apunto que en un deportista como él la memoria física también ayudará. "Probablemente". En 2006, con la idea del libro ya en mente, regresó al lugar del accidente. Encontró restos de la avioneta, sintió la presencia de su padre, lloró y besó el sitio donde había muerto.

En su libro, Ollestad rememora su infancia y al tiempo revive toda una época dorada de las playas californianas, de marihuana, surf, bohemia y cuerpos bellos en desatada libertad. "Desde que mis padres se separaron, vivía con mi madre y su novio, Nick, en Topanga Beach, la cala al sur de Malibú; era entonces la catedral del surf". El escritor dice que es cierto que Charles Manson paseaba por la playa cuando él era niño y ¡le cantaba serenatas a su tía mientras ella acunaba a Norman en brazos!

El padre de Norman, que se llamaba igual, era un hombre singular, carismático y aparentemente invulnerable. Todo un carácter. Trabajaba en el Departamento de Justicia a las órdenes de Robert Kennedy y había sido miembro del FBI a principios de los sesenta -aunque nadie lo diría viendo las fotos de su etapa hippy-. Se dio de baja y escribió un valiente libro sobre la oficina de investigación y contra Hoover (Inside the FBI). Además tocaba la guitarra. Presionaba a su hijo, pero a la vez le revelaba el secreto y la belleza del mundo. "Me miraba como si se contemplara en un espejo, estudiándome", rememora Norman. Marcaba a su hijo con rigor, incluso en su dieta. No le permitía tomar comida basura. Ni siquiera barritas de chocolate caramelizado.

En un momento de Pasión por el peligro, el padre se lleva a su hijo a una imprudente escapada a México, de Tijuana a Puerto Vallarta, para surfear. El episodio es alucinante, con ecos de Lowry: se saltan un control de la policía mexicana, que les dispara y les persigue. El automóvil queda atrapado en el barro. Encuentran refugio en una aldea de pescadores en la que vive una atractiva muchacha. Le pregunto a Ollestad si es consciente de la fuerte carga erótica del pasaje, en el que se intuye una corriente de embrionaria competencia sexual entre el niño y el padre. "Es interesante. Hubo mucho sexo en mi infancia. No solo porque vivíamos en la playa, aquí en California, sino por la época y el modo de vida alternativo de mis padres. Era un chico muy al tanto de todo. A mi padre lo atraía esa joven mexicana. Algo pasó, no sé qué". Le digo que el episodio mexicano es como una novela dentro de una novela. "Así es, algo encapsulado dentro de la historia general. Fue un tiempo maravilloso, una gran experiencia y una gran aventura". Y una gran irresponsabilidad la de su padre: les dispararon y varias balas impactaron en el coche. "Sí, y pasé mucho miedo; a él, en cambio, no se le notaba nada".

¿Ha tenido dudas morales por el uso de ese material íntimo que es la base de todo su libro? "Siempre supe que escribiría la historia del accidente algún día, una historia personal así es un regalo de la vida, una bendición para un escritor, o acaso una maldición, no lo sé, esa, en realidad, es la cuestión. En todo caso, es una historia única, no creo que tenga otro accidente de aviación. Y de tenerlo, ahora sería otra cosa. ¿Dudas morales? Quizá. Pero es mi padre. Eso pasó. Mi relación con la historia es la que es".

Norman Ollestad está enfrascado en la escritura de su nuevo libro, en el que explicará la segunda parte de su vida. Su madurez, sus viajes por medio mundo, a parajes remotos de Indonesia o Fiji en busca de las mejores olas para el surf. Su derrumbe emocional y su vuelta a salir a flote. Lleva ocho meses escribiendo. Intuyo un cierto bloqueo tras el enorme éxito de Pasión por el peligro y haber agotado la gran historia de su vida. "Es muy intimidador", reconoce. "No tengo otra historia que esta".

¿qué siente cuando mira la foto de la portada de su libro, esa de 1968 en la que su padre surfea llevándole a él de bebé cargado a la espalda? "Esa foto ha estado conmigo toda mi vida. Sí, era una locura, hoy quizá me habrían alejado de él, pero ahora sobreprotegemos a los niños. Él tomaba riesgos, pero eran calculados, y tenía confianza en mí. El hecho es que estuvimos en situaciones fuertes y nunca ocurrió un accidente. Bueno, nunca por su culpa".

Le digo que su libro inicialmente parece una venganza y luego no lo es en absoluto. "No, no lo es", subraya, y sonríe. La sonrisa se disuelve en un gesto de tristeza. "Siento, lamento, me reprocho no haber hablado nunca de verdad con él. No era suficientemente mayor para entenderlo. La historia va hacia ese lado". Su padre, preparándolo sin saberlo para aquella ordalía final en la montaña, forzándolo siempre hasta el límite, le salvó la vida. "Así es, esa es la clave". Vuelve a sonreír. "Todo lo que me hizo pasar me salvó la vida. Me hizo aprender de mis errores. Era cercano, estaba ahí cada momento". ¿Era realmente así como lo describe, con esas ansias de vivir? "Lo era, larger than life, no creo que esté inventando nada ni convirtiéndolo en un personaje legendario. Tuvo una juventud difícil, su padre bebía. Cuando se separó de mi madre, regresaba y era perturbador para ella. Pero yo creo que haría lo mismo, trataría de ayudar a mi hijo como él lo hizo".

Le pregunto si no le resulta incómodo hablar de todo esto. "¿En el libro?". No, ahora. "Verás, en cierta manera no soy yo, sino yo como escritor. Hay un espacio abierto entre ambas personas. No, no me importa. Pero cuando escribí el libro, fue muy cansado, tuve fiebre y dolor de cuello, dos años de sufrimiento muy intenso como si mi cuerpo luchara conmigo. Algo psicosomático, claro". Pero habrá resultado liberador, catártico. "El proceso lo fue, sí, pero también muy doloroso. La relación entre padre e hijo es de lo más emotivo que tenemos los seres humanos". Comento que la admiración hacia el progenitor a veces se tiñe de vergüenza en la adolescencia; él mismo experimenta eso en el libro. "Sí, es común, ves la imperfección del padre, la grieta en la fachada, descubres su verdadera naturaleza más allá de la idealización de la infancia. Descubres su debilidad y su falibilidad. Descubres al ser humano".

¿Cómo lo lleva con su propio hijo? "Hace esquí y surf. Tomó su primera ola a los cinco años, en Italia, muy sorprendente para un surfer de California. Pero mi actitud hacia él es muy diferente de la que tuvo hacia mí mi padre: negocio, dejo más libertad. A veces surfeamos juntos, pero lo hace más con sus amigos". ¿Observa cosas de su padre en su hijo? Ollestad reflexiona. "Sí, las veo. Una forma de hacer, algo en el lenguaje corporal. Una apertura hacia el mundo que no proviene de mí. Es como un flas, me hace volver atrás. Es el pasado vivo".

Le pido, ya que estamos, que trate de explicarme esa metafísica del surf en California. "Amo el surf, esa energía que surge del agua, y en el surf no tocas el suelo, es como volar sin una máquina. La sensación de estar dentro de esa energía gigantesca es inenarrable. Por un momento percibes que estás en el centro del universo. Felicidad pura. Una puerta al cielo. Mi padre decía: 'Un sitio más allá de todas las gilipolleces'. Existen el yoga, el zen, que hablan de experiencias similares. Pero no es eso. Es la ola. Estás ahí. No podría describírtelo. Es adictivo. Como todo, el surf se erosiona y degenera, pero hay lugares que inspiran una reverencia casi sagrada".

Hablamos del miedo. Tras una experiencia como la suya... "Lo tengo, sí, pero sé manejarlo. También me enseñó a ello mi padre. Me mostró cómo convivir con el miedo, a aceptarlo en vez de huir. Si huyes, te encontrará". ¿Alguna fobia? "A las alturas, tal vez, no me zambullo desde los acantilados como antes. Una vez se me pusieron a temblar las piernas como si fuera Elvis". Al menos no tendrá miedo a los aviones, estadísticamente... El escritor ríe. "Pero siempre puedo morir en una avalancha en las pistas". ¿Tiene miedo a la muerte? "No, pero no me gustaría morir de una enfermedad larga, quisiera que fuera algo rápido".

Norman Ollestad tiene ahora 44 años. "Soy más viejo que mi padre cuando murió. Se me hace extraño. Él había hecho muchas cosas a mi edad, FBI, abogado, todo el mundo lo admiraba". ¿Se siente menos? "Para ser honestos, no he hecho, no he alcanzado tanto como él".

¿Cree que pudo haber una mano oscura detrás del accidente de la avioneta por las conexiones de su padre con el FBI? Se ha especulado con eso. "La posibilidad existe, pero probablemente la culpa fue del piloto, que estaría necesitado de dinero y decidió volar con unas previsiones meteorológicas que lo desaconsejaban". Ollestad ha leído ¡Viven!, la tragedia de los Andes. "Entiendo el sentimiento de culpabilidad por estar vivo cuando otros han muerto a tu alrededor, pero nunca lo he sentido así. Mi padre murió, no puedo sentirme afortunado. Pero no fue el destino, sino una casualidad".

su padre, la montaña, el accidente, la muerte. ¿No le vuelve eso continuamente a la cabeza? "Tuve pesadillas, ya no". Su padre allá arriba -arriesgo-, al leer la descripción en su libro, no está claro... "Entiendo lo que quieres preguntar. Creo que no estaba muerto. No del todo. La autopsia reveló un fuerte golpe frontal en la cabeza, y me dijeron que había muerto en el acto. No lo creo. Hace unos años tuve una caída, relacionada con un desengaño amoroso; sufrí un fuerte impacto en la barbilla y perdí el conocimiento. Recordé por primera vez un sueño recurrente, unas imágenes del accidente. Y mi padre estaba vivo". Bueno, no podía usted hacer nada, le señalo. Un hombre corpulento, usted un niño, en lo alto de una montaña, de noche, con nieve. "Pero siento la pena de haber abandonado a mi padre". Su propia supervivencia ya fue milagrosa, le recuerdo. "Es cierto, era imposible hacer lo que hice, incluso con crampones. Yo descendí esa montaña helada, una pendiente de esquí extremo, con zapatillas de tenis. No entiendo cómo lo hice".

Acabamos la entrevista. Le pregunto antes de irme cuál ha sido su mejor ola. "Honestamente, la que vi surfear a mi hijo, cualquiera de las que coja mi hijo". Chico Maravilla...

Hay un momento muy conmovedor al final de su libro en el que Norman Ollestad, convertido en un adolescente rebelde e irascible que no acepta que su padre le haya dejado y se culpa por ello, encuentra la paz entre lágrimas asomado al ojo rugiente de una ola. Al salir de la casa del escritor, regresé a la orilla de Venice Beach. Bajo las nubes enrojecidas de la tarde, en la arena desierta, me remangué los pantalones y me adentré un poco en las cálidas aguas californianas pensando en mi padre, mientras un solitario surfista se recortaba sobre la espuma y el sol se hundía en el mar con un último estallido de salvaje fulgor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de octubre de 2011