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Crítica:68ª edición de la Mostra de Venecia

'Eva', de Kike Maíllo, o el encanto del robot humano

Eva, la única película española que exhibe la Mostra, lo hace fuera de concurso, en virtud de esos criterios selectivos que frecuentemente me resultan extraños, ya que en bastantes ocasiones las secciones paralelas de los festivales tienen más interés que esa sección oficial que estás obligado a ver y cuyos horarios impiden que puedas descubrir otras películas que merecen la pena.

Eva es el primer largometraje que ha dirigido Kike Maíllo y desprende una agradecible solidez, la sensación de que el autor tiene muy claro lo que pretende contar y la forma de hacerlo. No hay balbuceos, ni exhibicionismo, ni la pretensión de demostrar que eras el más listo y transgresor de la clase, sino que utiliza un lenguaje muy clásico que comunica con el espectador, que le implica en las venturas y desventuras de los personajes. Tiene un mérito suplementario, ya que en ese universo conviven los seres humanos con los robots. Recuerdo con especial ternura algunos robots que ha inventado el cine, como el perdido y acorralado crío de Inteligencia artificial, aquel tan redicho que acompañaba a los héroes de La guerra de las galaxias y esa criatura maravillosa del cine de animación llamada Wall-E. Y memorizo con terror a alguno especialmente malvado como el del primer e insuperable Alien.

Esta película desprende solidez, no hay balbuceos ni exhibicionismo

A partir de Eva puedo añadir a mi galería otro tan inteligente como conmovedor y que no voy a ser tan imprudente para revelar su personalidad, ya que el guion de esta película juega con ese misterio hasta el sorprendente y emotivo final. Narra el retorno de un hombre especializado en huidas sentimentales y en la creación de robots a la universidad donde comenzó sus experimentos. Lo hace con la intención de crear un robot niño. Pero será algo especial porque este dispondrá de inteligencia emocional, gracia y relativa libertad en sus actos. El encuentro con la mujer que abandonó y que en el pasado también colaboraba en sus experimentos, y que actualmente es la esposa de su hermano, da lugar a una tragedia bastante cálida, a una película bonita y triste en la que te afecta tanto el desasosiego y la incertidumbre de los humanos como la de los robots. Ayuda a esa empatía la vulnerabilidad que desprenden Daniel Brühl y Marta Etura. Pero el descubrimiento para mí más grato es la niña Clàudia Vega, en un personaje que te hace recordar a la maravillosa Natalie Portman de Beautiful girls.

En la sección oficial se ha exhibido Quando la notte, dirigida por Cristina Comencini, hija del gran Luigi Comencini, pero que en esta ocasión no ofrece demasiadas huellas de haber heredado su talento. Describe inicialmente los torturantes y enloquecedores efectos que puede tener en una madre sola el llanto permanente de su insomne bebé. No solo es angustioso para ella, sino también para el espectador. Esta mujer, que pasa sus vacaciones en un precioso pueblo de los Alpes, comparte casa con el dueño de ella, un fulano introvertido y hosco al que su mujer y sus hijos han abandonado, aquejado de un trauma insuperable porque en su infancia su madre también desertó del marido y de los hijos. El arranque es inquietante, pero esa sensación se difumina pronto. El progresivo conocimiento entre estas dos personas de sus fantasmas, terrores y llagas internas y la consecuente historia de amor resulta forzada, se apoya en diálogos y situaciones con nula credibilidad y está horrorosamente interpretada por Filippo Timi.

A mitad del certamen, la Mostra siempre se empeña en regalarnos una película sorpresa, cuando tu normalmente agotado ánimo lo último que desea es sorpresitas de Marco Müller. Y esa sorpresa jamás la protagoniza Martin Scorsese o Woody Allen, sino que casi siempre es una soporífera película oriental, con especial debilidad hacia el cine chino. Y cómo no, china es Renshan ren hai, que cuenta la venganza de un tipo sombrío cuyo hermano ha sido asesinado. A los 50 minutos de proyección aparece una secuencia completamente ajena a la trama que estamos viendo, en la que el protagonista viola a una mujer en presencia de su hijo. Y notas que hay una desbandada generalizada del público en la parte izquierda de la sala. Por un momento piensas que la brusca salida de tantos espectadores se debe a que lo que están viendo en la pantalla ha sido alterado, a aquello tan antiguo de que el proyeccionista se ha equivocado al cambiar los rollos. Pero alguien comenta en la oscuridad que huele a humo, lo que motiva la estampida general, aunque eso sí, muy civilizada. Al parecer, se ha quemado un proyector. Encienden las luces y anuncian por los altavoces que cuando arreglen el desaguisado continuará la proyección. A los 10 minutos de espera en el exterior decido que se me ha acabado la paciencia para saber si el vengador consuma su plan. La sorpresa de este año ha sido inolvidable y de lo más alarmante al inducirte a pensar en eso tan temible de que hay amenaza de bomba o que ha comenzado un incendio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de septiembre de 2011